Me encanta la Navidad. A la americana. Con su derroche de lucecitas, papanoeles con renos por doquier, su extra de dulces y sus besos de año nuevo bajo el dintel de una puerta que se abre. Claro que también adoro que la fiesta se acabe... quitarme los palitos que me permiten mantener los ojos abiertos y empezar de nuevo esa rutina que sobrelleva la semana a base de horarios, meigas fritas, macarrones con carne, leche con galletas y breves lecturas antes de dormir. Con la Navidad me ocurre como con aquellos (viejos) viajes con amigos. Eran tan estupendos que parte de su encanto residía en llegar a casa para recordar los mejores momentos bien encogida dentro del arrullo de la manta, en el sofá del salón. Je t'aime... moi non plus, dice Gainsbourg. El placer, qué paradoja. El salón es la estancia favorita de mi hija. Su grito que abre el día cada mañana es un Saloooooon, pronunciado de este modo, un poco a la americana, como una Scarlett Johansson cantando a Tom Waits. Esta noche, al acostarla, le he contado varios de los cuentos que le han traído los Reyes. Al hilo de un relato se me ocurrió preguntarle: ¿Sabes dónde te llevaba mamá antes de nacer, cuando eras pequeñita como una rana? Ella se quitó el chupete de cuajo y dijo con los ojos chispeantes: ¿Al saloooooon? No sé de qué me extraño, cuando toda yo arrastro a esta estancia día a día mis zapatillas de oso, mi pelo en greñas, el sabor de algún sueño o el desconcierto de no saber qué hacer si... También me traigo aquí mis libros, los últimos que se han venido conmigo de regalo. Estoy rodeada de mujeres apasionantes. Me congelo con Mary Cholmondeley (dice "la falsa alegría del verano la rodeaba"), me intereso por Siri Hustvedt y su verano sin hombres, me río y me estremezco con Diane Keaton en sus memorias, que se quitan el sombrero ante una madre, y lloro con Marilyn, tocando suavemente la foto de portad;amor. La evolución del caso es inquietante. Curiosamente, esta lectura, de gran suspense psicológico, ejerce un efecto sedante en una cabeza como la mía, siempre con miedo a equivocar el camino, a cruzar en rojo o a perder del todo el control de los pies. A veces me siento un poco extrema, dividida, en tensión, como si el equipo rojo de mis hormonas me tirase de la coleta hacia un lado y el equipo azul de mis razones justo hacia el contrario. Soy plenamente consciente de que no sé lo que puede pasar, no porque la naturaleza y el azar sean imprevisibles, sino por la volubilidad y el misterio que habitan en uno. El grano fue que ayer, con la música casi inaudible de Mishima, amanecí de pronto en el día siguiente, sin saber bien si había pensado, soñado o simplemente dormido. Con el día de estreno, el sonido gana volumen. Vestí a mi hija cantando la de Chuggington. Salí a correr diez minutos con Katy Perry. Compré bacalao para comer con arroz. Y me entregué al placer efímero de ir con Sandra a probar vestidos de franela, lamé, punto o licra, sobre unas botas no para caminar, sino para morir en el intento de guardar el equilibrio. Casi siempre nos caemos de un lado. En esa maratoniana sesión de freak models sonó de nuevo la música. No la de Puccini. Sino el Edge of glory de Lady Gaga. «I'm in the edge, the edge, the edge, the edge...». Hasta que la erosión del día cambió de dial.
Hay hogares en los que, en vez de recibirte con besos, abre la puerta un reproche («¿Qué, estas son horas?», «¿Quién se ha comido mi yogur de frutas del bosque?») o incluso un táper con lentejas mustias que se había acomodado al fondo de la nevera. Para qué perder el tiempo con la poesía que edulcora la vida, dicen algunos, si hay tanta cosa práctica que aclarar y resolver. No es que defienda yo la lectura diaria de Quevedo, Byron, e. e. cummings (con minúscula a su gusto), Kavafis, Bukowski o esa tal Ajo que arrasa en el arte del micropoema. Poetas hay muchos, tantos o más que poemas, y no siempre de pequeño auditorio de almas aladas. Lo que no entiendo es cómo se puede vivir sin poesía, cómo puede uno no haber escrito nunca una carta de amor (o un e-mail) que no llegó a mandar, por ejemplo. Cómo no apreciar una sonrisa sin causa. Cómo no temblar de emoción ante una mirada de ojos que mojan. Cómo no sentir la mayoría de las cosas que nos pasan o simplemente vemos, y cómo no tener curiosidad por conocer su nombre. Es ahí donde interviene la poesía, con su mundo sin tiempo que raramente transcurre al otro lado del espejo. Leve es la parte de la vida que rescatan los poetas, escribe Cernuda. Y sin embargo bien podría esa levedad ser el meollo de una biografía. Creo que fue Virginia Woolf, poeta radical, quien advirtió del fraude de las biografías que acostumbran editarse. ¿Realmente es alguien como parece y como lo cuenta o como lo ven y cuentan los otros? ¿Qué hay de lo que no se ve y no se cuenta? ¿De los calcetos que nos ponemos para dormir a solas? ¿De nuestro gusto por revolver en la basura con vanidad y desconfianza para encontrar los desechos de otro? ¿De ese jactarnos de herir a sabiendas los sentimientos de alguien que se desnuda? ¿De nuestro miedo al maquillar las carencias y correr sin llevar la vista atrás? Ahí están, junto a Welles, velados por el humo de un puro, Kane y Rosebud. Kane, un hombre poderoso, de influencia sin par. Un campeador a lomos del recuerdo de un trineo que pudo reinventar el mundo y quedó para siempre encerrado en su dolor de niño. Empeñado, dice un verso, en no abrir jamás la puerta.
Una Leo con enormes bolsas bajo los ojos y una Offiuco-Sagitario con ganas de despertar al mundo entero compartimos desayuno a las siete de la mañana. Es un desayuno frugal, a base de leche, risas colgantes, episodios de Caillou e inolvidables canciones. Con razón ponía mi padre como ejemplo a Mocedades cuando se decía poseedor de una buena colección de discos. Qué gran interpretación la del tema de cabecera de La vuelta al mundo (a coro: "Son ochenta días son, ochenta nada más, para dar la vuelta al mundo. Ven, ven, con nosotros ven, looooooooo pasaremos bien"). Pero a mi hija la que más le gusta, que es lo mismo que decir lo que la mantiene sentada a la escucha al menos dos o tres minutos, es la canción de cabecera de Fraggle Rock, con su denuedo de locura despeinada y sus palmas rápidas. A veces, solo a veces, me recuerda tanto a mí... (me refiero a mi hija) que mi yo se convierte en una prima segunda. Ese maravilloso lugar del universo excavado en piedra en el que se trabaja y se disfruta sin descanso llamado Fraggle Rock es un refugio para seres peculiares, semejantes entre ellos como ovillos de colores en el cesto de las lanas. Todos somos cabezas de alfiler vistos desde el aire, pero bajo el mar de nubes aún se distinguen los verdes de los grises y los marrones y amarillos. Ya no recuerdo si en verdad los Fraggles eran o no tan felices y dicharacheros como indica la canción. Me temo que no. Pero qué bonito espectáculo roquero que a Leo y a Offiuco les aúpa la mañana.
Le estoy cogiendo el gusto a salir a correr por la noche, poco antes de que el día se cierre del todo en su secreto. Ese es, junto a la primera hora de luz, el momento idóneo para calzarse las zapatillas con amortiguación, subirse la cremallera hasta el cuello y echarse a la calle tras la intuición de los pies. Lo más es empezar calentando motores sobre una pulida pista de asfalto, sorteando paseantes distraídos que miran a un lado y de pronto se mueven hacia el contrario, como títeres sin mano. Y después, cuando las piernas han cogido ya velocidad de crucero (7 km por hora), bajar a la arena. La playa se rompe bajo los pies a puñados de galletas crujientes, como esas con pepitas de choco que hacían Shannon y Stacey en Mission Viejo cuando yo las conocí. A veces siento ese olor a dulce entre hermanas cuando abro el horno de mi hogar. Hogar, ¡esto es septiembre!, me digo con una felicidad a las finas hierbas. Me gusta septiembre, con sus pulseras de cuero mojado, su pelo castaño y sus mechas trigueñas como discretos toques de luz. Esa inclinación que tiene a recogerse temprano. Octubre ya es otra cosa, va en serio, diría Gil de Biedma. Schopenhauer empezará entonces a aparcar su trineo en zona de residentes y será inevitable toparse con él. Sigamos tendidos bajo el sol. Ayer, tras la carrera en la playa a la par de las olas, me engulló a la brava la memoria de elefante de Lobo Antunes, con su complejo de exmarido lamentón. En la novela tiene una imagen maravillosa de una trenza que los enrosca a él, su mujer y sus hijas. Ellas duermen con la puerta de la habitación abierta, compartiendo la tibieza de su sueño. La trenza es el bucle de un instante eterno que se deshará a mechones. Nada puede durar, pero nos resistimos, cerramos los ojos, pataleamos, cogemos una mano, escribimos desoladas cartas de amor. Lobo es un animal salvaje encerrado en un costurero gigante. Al pasar hojas, la escritura desprende un aire viciado a saudade y cloroformo... "Haa de My Story, como si con ello pudiese reparar el daño que le hicieron o darle consuelo. Jacqueline Kennedy se mantiene gélida en su casa blanca de muñecas de ojos fijos, fuerte en la frivolidad convertida en way of life. No soportaba que hablasen de su peinado, pero sabía que su deber era ocuparse de que no se le moviese un solo pelo. Ahora un libro de conversaciones saca a la luz parte de su vida con JFK. Dice lo esperado, del modo esperado. Hay que saber saborear a los cínicos, sobre todo cuando ya no recuerdan la verdad. Jackie Kennedy no tiene nada que ver con el palpitante ser de la Monroe, con su dolor salvaje y la agresiva belleza de sus formas de mujer. Pero ambas, Jackie y Marilyn, tuvieron una madre atípica y un padre a modo de ídolo de pega. Ambas decían sentirse solas. Ambas sufrían insomnio. Me pregunto si, a fin de cuentas, sería por la misma razón. Felices sueños, reinas sin cuento. Érase una vez una niña que dormía junto al fuego en un salón.
Hoy, al fin, me he decidido a cortarme el pelo, o más bien, he ido a que me lo corten, porque lo que llaman capacidad de decisión apenas entra en juego en la configuración de mi carácter. Me expreso en estos términos porque he ido al cine a ver Eva y una de las cosas que más me han gustado de la película, con un espléndido Daniel Bruhl y una dirección impecable, son los efectos especiales que comprimen virtualmente todo el mecanismo de la personalidad en un árbol de bolas en las que se ve y se oye el pasado. Cuando acabó la peli, me sorprendió el comentario que una pareja se hizo en la fila de atrás: «Psche..., normalita». Seguro que Tintín en motion-capture con palomitas les habría dejado mejor. Cada vez tengo más claro que nosotros, todos nosotros, somos tan iguales como rabiosamente distintos y que nada debería darse por sentado. Volvamos al crespo asunto de mi pelo. Teníais que haber visto la cara de espanto de la peluquera al coger un manojo de mis puntas deshechas para hacerme reparar en ellas. Dije a modo lerdo de disculpa: «Últimamente tengo el pelo fatal, se me cae muchísimo. No puedo ni darle forma». Ella rebanó: «Es que si con estas puntas puedes darte forma... [hizo con la mano un gesto de torero que brinda su arte a la plaza] vente a trabajar con nosotras». Pensaré en ello, claro. Curiosamente hace solo unos días me encontré a alguien que tocó delicadamente mi cabello y me hizo saber lo bonito que lo veía. Quizá fue un acto reflejo, digo... eso de improvisar un comentario amistoso para no azorarse al ser pillado reparando con detalle en una tara. Creo que solo la gente rara dice siempre la verdad, o al menos la verdad tal como esta se le manifiesta a bote pronto, sin darse tiempo a merodear por los jardines de la elocuencia, donde sentarse en un banco o mirar el fondo del estanque son dos actitudes de lo más provechosas. Olvídate, just do it, dice este Concorde averiado de vida. Ve a correr para llegar de nuevo aquí... y luego ¡ponte a doblar ropita! Hoy no lo haré, es de noche, he comprado huesitos de santo y manzanas rojas, y André Maurois me espera en un otoño entumecido por los celos. Esto acabará mal. Maurois, aquí a mi lado, dice: «Un hombre enamorado es un detonante extremadamente sensible para los sentimientos de la mujer a la que ama». ¿Son hombres y mujeres diferentes a la hora de sentir? Los sentimientos van siempre a su bola. Se detonan y explotan casi siempre al azar, por azar, o por una necesidad ignota que está en el nudo de nuestra esencia, y se resiste al trucaje de los pensamientos aprendidos. Pensaba en la cara de mi hija el otro día, al salir de la guardería de la mano de su padre. Ella iba dentro de un anorak de cuadros de colores, mirando alrededor como si estuviese perdida o buscase a alguien. Sus ojos dieron con los míos y sonrió, como no he visto sonreír a nadie. Como diciendo: «¡Qué bien, eres tú!». Sentí muchas ganas de llorar. Me aparté el pelo de la cara y sonreí.
Llevaba días queriendo escribir un post; queriendo escribir, más allá o más acá de lo que impone el teclado seco del día a día, en el que octubre parece haberse colado por las ranuras que separan las letras, como las migas de galleta que saltan de cada mordisco. ¿Dónde está octubre?, ¿bajo el cruel mes de abril? Dicen que hay ciertas cosas que se aprenden una vez y no se olvidan, como nadar o montar en bicicleta o saber correr a un ritmo decente sin arrastrar los pies como salchichas. Quizá es cierto. Mis zapatillas con cámara amortiguadora llevan largos días mal aparcadas en un armario y los libros de mi vida parecen osos perezosos agrupados al tuntún. Desconozco si la escritura debe cultivarse a diario para no perder el tono muscular, y si el escritor para serlo ha de tener un talento natural o todo es cuestión de técnica y ensayo. Mientras pienso en esta clase de cosas voy pasando las páginas de la última novela de Marta Rivera de la Cruz, La vida después. Es una escritora a la que apenas conozco pero cuya lectura me han recomendado un par de mentores en este bosque dispar de la literatura. No me está gustando mucho la novela, no soy capaz de sentir empatía hacia ninguno de sus personajes, en ocasiones tengo la impresión de que no se muestran nunca con franqueza, como si permaneciesen encajados en los renglones de un cuaderno de COU o en palabras que apenas se esfuerzan por salir. Hace un par de semanas, dije una palabra a alguien, y luego rectifiqué, vacilé, sonreí. Ese alguien preguntó algo como: ¿Por qué tienes miedo de llamar a las cosas por su nombre? Porque es difícil saber el nombre de las cosas. Porque a menudo las palabras se equivocan. Mi hija saldrá mañana de casa con un disfraz de brujita buena, de color negro y fucsia, con tules de ensueño en la falda y un sombrero picudo en la cabeza. Hoy se lo probó tan contenta, movía los tules en un dulce baile de buñuelo de viento. Hay que celebrar el Halloween. Eso hacemos cuando usamos las palabras sin pensarlas. Bailar disfrazados frente al espejo.
Tengo algunos vicios inconfesables... que en realidad suelo acabar confesando en cuanto alguien se lanza en plancha al mar rabioso de mis ojos. Esta forma de mirar es una forma de sentir, se parece a las olas que hoy están rugiendo en la playa, como toros que son bravos para nada, para morirse antes de alcalzar el descanso templado de la orilla. Al hablar de toros siempre me acuerdo de Rafael Morales y su soledad tendida a lo vasto del campo de Talavera. Me gustaría ir al campo, pero soy de ciudad. Y a 16 de octubre, día de la Abuela, sigue siendo verano en el extremo norte de mi pequeño mundo. Al menos lo parece, aunque la arena está fría y la luz luce ese amarillo enfermo de las yemas de unos dedos que han fumado mucho. Uno de mis vicios incoy cuerpos que nunca más alcanzarán el mar", dice Valente. Aún es septiembre, octubre puede esperar.
Cuatro dientes de leche nos permiten ir 40.000 años atrás, cuando en Pinilla del Valle los toros eran uros, y los hombres y mujeres, robustos neandertales que se bañaban en los ríos sucesivos del cauce de la vida. Esos dientes impecables pertenecen a Lozoya, una niña pelirroja que se amamantaba quizá como ese otro pequeño que hoy está dando la vuelta al mundo por beber de la teta de una de las vacas de su abuelo. ¿Qué diría sobre esto Carlos González? No me cuesta imaginarne así a mis pequeña leona, con su instinto cógelotodo y sus paletas de leche claqueteando como pinzas de langosta tras el olor a alimento fresco. Por el momento no conoce más vaca que la pequeña bóvida de peluche que compré hace años para hacer un regalo que se perdió en el limbo de la falta de ocasión. Pero le gusta un montón la leche, en este caso de brik; "Cheche sííííí", dice con los ojos llenos de colores, extendiendo las manos para agarrar su platito con un dinosaurio en el centro. Suele darme un manotazo si le tiendo una cuchara y llevarse el plato a los morros para sorber como un gato lambón. Mientras, me mira con las pupilas dilatadas, son los ojos del jaguar que acompaña a Dora y el mono Botas en sus campañas de exploración. Cada vez tengo más claro que mi hija es de una especie felina. El color de su pelo al arrancar en hebras de la frente, el dibujo y la miel en lenta cascada de sus ojos, su sonido al respirar y su destreza elegante al atrapar gusanos de maíz. Ella parece estar hecha de avidez para la caza, por sus brazos, y de ritmo, por la delicadeza confiada de sus piernas, como dos mazorcas pulidas y flexibles. En el Manhattan Transfer de John Dos Passos, una niña baila sobre papeles de periódico, pisando noticias. Su madre le dice "No hagas eso, Ellen, querida". Su padre argumenta: "Hacer este periódico cuesta dinero, mucha gente ha trabajado en él". Qué considerado el señor Thatcher. Todo en Dos Passos tiene olor y aspecto preciso. Ocurre de verdad. Escribe: "El sol le goteaba en la cara a través de su sombrero de paja". Dos Passos fríe soles como huevos en planchas de restaurantes ahumados. Descubre las selenitas que crecen en el corazón cansado de los hombres. La poesía cae como el agua en calderos. Y suena la música. Música de cañerías para los gatos que orillean los ríos residuales y bailan al andar.
Según un estudio, una de cada dos personas tiene miedo a volar. Yo soy una, y mi lógico esposo, la otra. Recuerdo como si fuese ayer (curiosa mecánica del tiempo) la primera vez que me subí a un avión. Era entonces una niña de cinco años con melena y lazo a un lado, a la que ya le gustaban los collares de colores y los zapatos de pulsera. Tenía unas bailarinas preciosas, de color blanco, que se ataban a la altura del tobillo y llevaban dos flores grandes en la parte de delante. Las luzco en algunas fotos, junto con un vestido amarillo de estilo ibicenco. Pero sigamos volando... dentro del avión. Recuerdo que en aquel mi primer vuelo tripulado, no sé ahora de qué compañía, tuvieron el detalle de sonreírnos mucho y de darme unos cubiertos de plástico azul y una comidita en tarrina, como la que yo preparaba a mis muñecos, entre ellos la Rosaura, más alta que yo y a la que mi abuelo había rebautizado como Celestina. Al bajar a tierra, la sensación era rara, como si la barriga fuese un tobogán. De pronto estábamos ya en Mallorca, en un decorado de calas y hoteles donde todo parecía de estreno. No sé cuándo empecé a tenerle miedo a volar, con lo que a mí me gustan las alturas y las nubes de algodón, supongo que cuando comencé también a sentir vergüenza de que me cachasen peinando a la Rosaura Celestina, ya superada en altura, o besando a escondidas a George Michael en el póster de la puerta del armario. No sé quién dijo que todos los miedos son en realidad miedo a morir. Uno siente miedo cuando es consciente del riesgo a perder algo que no quiere perder. Creo que la última vez que cogí un avión fue un septiembre que me llevó a la aventura del monzón en tierras tailandesas, silbando aquel tema de Crowded House que decía "Fouuuur seasons in one day...". En Bangkok huele a arrozales calientes y el suelo pendula bajo tus pies como una marea. En su cielo variable los aviones se van zafando de los relámpagos de la tarde, un espectáculo impagable desde el ventanal de una confortable habitación de hotel. Allí nada parece estar en riesgo, salvo la conciencia de que el mundo está fuera, mojándose a calderos, friéndose como el pollo, el cordero y los insectos que te venden a la puerta del hotel.
Estoy como loca por ir a ver Orgullo y prejuicio zombi. ¿Os animáis? Los muertos están de nuevo vivientes como en el Thriller de Jackson, ese hito coreográfico universal, y la moda incomoda pero... ¿quién quiere sentirse demodé? Siempre me ha gustado Jane Austen y el hombre con quien duermo está empezando a contagiarme su afición a Tarantino. Jane es la que yo quisiera ser en los días cotidianos. Educada, vivaracha, locuaz, dulce y una pizca salada, como una Alicia con una mente de maravillas felizmente atrapada en una casa de muñecas, una de esas viviendas abiertas al medio que me compraré para regalársela a mi hija. Y Quentin es quizá el nombre de mi ser en sombra, que diría Rilke, el que profundiza mis latidos en la espiral del violento silencio de la noche, cuando el sonido de un grifo que se abre, una cortina que se mueve con la brisa o una persiana que se cierra se convierten en perros rabiosos. Solo lo grotesco mitiga lo dramático. Eso hacen los zombis, teatralizar la muerte, convertirla en un espectáculo algo simpático, que da un miedo como de mentira. Nunca me había gustado tanto como ahora la estética gótica, los cuellos bobos con puntillas, los botones de un negro lustroso donde uno puede verse la cara abombillada, los ojos ahumados y los mechones deshilados ovalando el rostro. Antes de que naciese mi hija, solo unos días antes de su llegada como un enorme puñado de arroz con leche, su padre y yo vimos Los mundos de Coraline, cuya estética se parece a la de La novia cadáver. En su momento decían que era una peli que daba mucho miedo a los niños, que tras verla tenían pesadillas. Yo, que aún tengo miedo de las formas sinuosas que a veces trepan por la pared de mi cuarto de madre, estuve varios días bajo el hechizo de Coraline, de su curiosidad y su ambición. Hay familias idílicas con sonrisas congeladas y ojos como botones. La fantasía puede ser una plantación de flores disecadas, o incluso carnívoras. Debes huir si no quieres que devoren tu vida... huir en pos de la imaginación, donde los ojos son ojos. Y los botones, besos.
Ni horror frío ni grotesco. Lo que esta noche dejó una penfesables-confesos es canturrear un tema de Dyango (así es) acordándome de otros tiempos en que era joven y apasionada y me consumía en la hoguera de una impaciencia mortal. Aún soy impaciente, aunque me emperre en negarlo, pero sospecho que casi todas las cositas horribles que nos suceden son soportables y acaban por parecerse con los años a unas claras montadas a punto de nieve, con esa textura de mousse que sube, sube y nada pesa. ¿Tiene esto algo que ver con la insoportable levedad del ser? Aquello que nos hacía llorar de rabia y nos robaba el sueño acabó por convertirse en una pequeña acuarela al fondo del pasillo en la que, ni siquiera acercándonos mucho, podemos distinguir los trazos precisos de las cosas. Es un placer olvidar. O recordar a bultos grandes y vacíos como pelotas de polvo. Son escenas e historias que ya apenas tienen que ver con nosotros. Lo que cae al suelo al ir decapando la paciente melena que ya no se avergüenza de sí misma.
Hemos vuelto a amanecer engullidos por la niebla. Cerrados como capullos dentro del papel de seda que guarda las dudas y los sueños. No es broma. Ya anoche nos acostamos así, entre la bruma mojada, sin saber exactamente qué estación es esta, qué hicimos el último verano, en qué se nos has ido el día, de qué santa manera podemos lamentarnos menos y organizarnos mejor. Aparte de a Scotland Yard, la niebla siempre me recuerda a dos de mis viejos amores, dos chicos, o más bien, un chico y un hombre, ambos a la medida de la pantalla grande. Cuando mi astigmatismo se aguza distingo a lo lejos la borrosa silueta de James Dean encogido dentro de un abrigo oscuro con las solapas alzadas, y un poco más allá, a Humphrey Bogart con sombrero, gabardina y un cigarro en equilibrio entre los labios, diciéndome «Estás perdida, encanto». He visto muchas veces El sueño eterno, aunque apenas la recuerdo ahora, y una sola vez Al este del Edén, que, sin embargo, me trae de inmediato al pensamiento las manos de una madre congelada y el lamento inconsolable de un hijo incapaz de comprender. La tensión entre Carl (James Dean) y su madre, Kate, es lo que más me fascina de esa película de Kazan en la que sucumbí al magnetismo de huérfano rebelde de Dean y comprendí que hay secretos muy dolorosos. Puertas cerradas durante años que se abren de pronto como la caja de los vientos, y emiten un graznido de gaviota tarada de hambre. De una relación madre-hija habla también Yo las quería, el cuento preferido de mi yo de la infancia. Su protagonista es una niña de largas trenzas cobrizas a la que su madre besa en la mejilla en una bonita ilustración del libro. También a mi hija le gusta esa imagen, como las trenzas de Marta, la protagonista del cuento. Mi niña y yo sabemos qué va a pasar con esas trenzas y aunque creemos en la sonrisa con la que Marta cierra su historia no podemos evitar entristecer el ceño de preocupación, ni somos capaces de cerrar el libro como si nada. Así que se queda abierto en mitad de la sala. Con las trenzas sueltas. Entonces la habitación pierde los tabiques. Y se llena de viento.
La ventana enmarcaba una de esas mañanas de verano que ni en verano tenemos por el norte. Pedía una canción de Jakob Dylan. Un beso de limón. Vestido corto y sandalias romanas. Atravesar sin cazadora ni fular al otro lado para entrar en ese soleado cuadro de octubre fue un error. Ya sabéis, se llama exceso de confianza. Los años pasan y pesan, el corazón late en su coraza, pero la ingenuidad... ay, parece no tener cura. Siempre acabo riendo y volando a merced del viento. Como las novias y los violines de Chagall, pero con nariz roja y tiritera, con menos gracia poética que aquellos seres y objetos alados por obra de un acuareloso pincel. El caso fue que hoy dentro de mi casa era julio y en las afueras del nido me asaltó un febrero con jeta de sol. De pronto me sentí en Alaska, con piernas al aire y gafas de sol. Entré entonces en contacto con el gélido aire que lo solidifica todo en la nueva novela de David Vann, que debutó a lo grande en el 2010. Fui directa a por Caribou Island en cuanto leí una crítica de Luís Pousa que sale este mismo sábado en el suplemento Culturas de La Voz. No conocía a Vann, pero esa cita se me hacía inaplazable, como zamparme las dos únicas pastas de chocolate que quedan en la caja que mis padres me trajeron de Astorga. Estoy petrificándome en el frío, temblando junto a Vann en la mirada limpia de Rhoda, que tiene ganas de casarse y celebrar una boda cálida y bonita, una de esas en las que los tacones se relevan por chanclas y los rasos por tules de ensueño. Compadezco a su madre, la madre de Rhoda, Irene, que sufre jaquecas y grandes ataques de autocompasión, y dice tener algo que los médicos son incapaces de detectar. Irene arrastra la sombra de su madre como una soga que chirría al desplazarse por el miedo. Irene tiene un marido vivo pero ausente, un miedo grande y una vida pequeña como una cabaña, en la que sopla un aire húmedo de sonrisas de antifaz y sueños revenidos. Monique es joven y neumática, cumple sus deseos como quien come pipas o se rasca una oreja. Monique es vanidosa y cruel, juega a matar. No hablaré de los hombres de la novela que David Vann ha escrito a estalagtita. Se llaman Gary, Carl, Jim, Mark... A menudo confundo sus nombres, como si fuesen jugadores de un equipo aficionado de fútbol, y me preguntó qué demonios hacen, si estarán sordos o completamente congelados. Quisiera lanzarles una enorme manzana de nieve. Es como si pudiese verles con los ojos entrecerrados y las caras envueltas por papel film. Aún no he terminado el libro, y ya creo que tiene razón Luís, David Vann no es Cormac McCarthy, pero te agarra por el brazo y no deja que te marches. A cambio de un cuento para no dormir. Un beso helado en la mejilla.
El Pocoyó de goma me mira fijamente firme en su puesto en una esquina de la mesa. No me quita ojo, es como si esperase algo de mí. Tiene el ademán de hacer una pompa de jabón. Esa pompa, que mi hija pronunciaría con dos aes y una eme gordísima, está a punto de salir, botar en esta atmósfera de cojines redondos de aire y desaparecer para siempre al tocar la punta de mi nariz. Siempre me han gustado las pompas de jabón, la levedad, los brillos del cristal de broma, la paleta de colores que se mezclan y la emoción de sentirme atrapada en un instante que se esfumará de pronto, dejando el regusto de un sueño traspapelado entre las facturas de la luz, el teléfono y el gas. Vivir da a veces mucha pereza. No me refiero a vivir tal como uno lo piensa si cierra los ojos y mastica el silencio azul, con todo ese olor a pan de brona y flor silvestre. Me refiero a oír por tercera vez el pitido del despertador de los de arriba, revolverse entre la humedad de las sábanas, correr hacia el llanto que se desconcha en una cuna, quitarse las hebras de pelo de los ojos, coger en brazos a la pequeña y encarar la grisura densa de la mañana. Así empieza de nuevo este día único de que se componen las semanas. El calor en octubre solo ayuda a sentirse más gastado, a arrastrar los pies tras la sombra de un fantasma. Hace unos días que perdí un libro de Virginia Woolf, andaba yo de un lado a otro de mi casa,lícula helada sobre mi piel fue la desazón. Estaba yo entre la bruma ceniza, recorriendo el laberinto de un cementerio en el que no encontraba lo que buscaba. Creo que era a mi abuelo, pero no lo sé. Pasaba la mano por las lápidas, como queriendo leer letras con el tacto. Creo que la piedra era blanca y que apenas había letras en ella. Desperté con los brazos frescos y me eché encima todo el edredón. Ayer leí que los malos recuerdos perjudican seriamente la salud, eso concluye una investigación con varios tipos de pacientes organizados en tramos de edad. Recuerdo que solía tener malos recuerdos durante una temporada ya memoria de mi vida, perdón por la redundancia. Era aquella una etapa en que solía sentirme traicionada a menudo, porque alguien pasaba de mí, porque descubría a una amiga hablando a mis espaldas o simplemente porque no se cumplían mi voluntad y mis caprichos. No es que mis pérdidas me sepan ahora a nata montada o a sirope de fresa, las siento aun más con el paso de los días, a veces descubriéndome en el espejo de ese verso de Gamoneda que dice: "Ayer y hoy son ya el mismo día en mi corazón". Las manos de mi abuela me columpiaban hace unas horas y, sin embargo, no recuerdo el lugar del que acabo de venir. Parece un largo siglo. Comprar el pan todos los días es un bonito acto mecánico, pero no es noticia. Amar a alguien un instante no se parece a nada más. Es extraño sentir la ausencia dentro de uno, como un hambre de pan gordo. Apenas tengo ya malos recuerdos, son parte de mí, como mis uñas ridículas y mi cabello indomable. Pero a veces me sobresalta la impresión, o la certeza, de que podía haber fallado menos, de que podía haber hecho las cosas algo mejor.
La otra noche, cuando me vi metiendo una rebanada de pan Bimbo en la tostadora, pensé en lo feliz que sería viviendo eternamente así. Estaba yo con mi conjunto estampado de la línea "sweet home", mis gafas de pasta y un moño loco en lo alto de mis pensamientos plantada en mitad de esta cocina setentera que estoy convirtiendo ya en mi gabinete, un lugar propicio para pensar y extraer grandes conclusiones filosóficas, como "date a las musarañas y la tostada acabará mermeleando tu pie". En aquel momento Proust, digo, sentí una identificación radical con mi cocina, con la tostada de pan y con la esencia misma de ese instante. Lo raro es vivir, decía Martín Gaite. La vida es maravillosa, decía mi vieja amiga Mina, que conocía la textura de cada palabra. Ahora, hace solo un rato, estaba terminando de editar la entrevista que le hice el lunes a Xosé Luís Axeitos, secretario de la Real Academia Galega, una institución con 104 años de historia, que no es nada, pues pensad que la Española se fundó en el 1700. La entrevista es la hermana rica de la conversación. Exige un trabajo de encaje de palabras, en el que muchas, a veces extraordinarias por lo que llevan dentro, quedan en las lindes del camino de debroce. Esto ocurre especialmente cuando el entrevistado es, como Axeitos, un narrador de voz bien modulada capaz de llenar de anécdotas una maleta mucho más grande que la que escondía 'Os eoas', la gran epopeya póstuma de Pondal. Una no sabe hasta qué punto su mirada ha reparado en lo preciado y las teclas han querido o no echar una mano. Lo difícil es saber escoger, no porque nos falte cultura, que también, o agudeza o experiencia, sino porque son muchas las veces en que es la vida la que escoge y viene a por nosotros. El raro, terrible y mágico azar, las cicunstancias, la voluntad de otro. Me persiguen por pasillos de madera noble las palabras de un sabio hijo de la posguerra en una aldea sin libros ni agua corriente, y los ojos de mi abuela cuando era algo más joven que yo, y la memoria de Rafael Dieste, que corre, como dice Axeitos, como un niño detrás de una mariposa olvidando todo lo demás.
He descubierto que de partida es así: nos gusta tanto construir como destruir, medir el alcance del poder de nuestras manos. El instinto se aguza o atempera con las circunstancias y con la buena o la mala educación. Lo estoy descubriendo gracias a mi hija, que tan pronto se poner a edificar una torre de control con sus cuadrados de colores (que suele coronar con la minielefanta Eli) como derriba a manotazos y patada limpia lo que encuentra a su paso. Esta mañana bajamos a la playa, que olía ya a septiembre con lluvia y Sarah Vaughan, y jugamos a hacer flanes y cangrejos de arena en el floreciente imperio de nuestro parterre al sol. Yo hacía flanes a la misma velocidad que ella los chafaba entre risas. La niña no paraba de pedir más. "Ma, ma, ma", inquería señalando la arena con su porte de Nerón. Sabía que solo ardería lo menos preciado del patrimonio familiar: la paciencia de su madre. A mi hija le gusta explorar los límites, como a Dora la Exploradora o a Pedro Almódovar, por citar solo dos de nuestros referentes. Ayer por la noche estuve con Elena Anaya, Antonio Banderas y Marisa Paredes. "La piel que habito es grotesca", dicen algunos. "Una frikada", se lanzan otros. "Mala, malísima", insisten en esa línea. Y cambio de grada: "La mejor que ha hecho". "Su mayoría de edad". "Una pasada". "Nos hemos quedado... nos ha encantado". Me gusta Almodóvar, no puedo evitarlo, me deslumbra con las luces largas de su sentido del horror. Eso hace que me ciegue y, como en el amor y a veces en la amistad, no vea más que el encanto de lo que siento, de la cercanía extrema de otro ser. En esta película en la que todo es grande, salvo quizá la historia en sí, he mantenido los ojos tan abiertos como Elena Anaya, esa belleza estupefacta que escribe su supervivencia con lápiz de ojos en una pared. Elena tiene los ojos de colores diferentes, no tanto como Bowie. Uno de ellos, el más verdoso, se parece mucho a los de mi hija, que de momento los tiene iguales, los dos verdes con ribetes de marrón claro. Es un lujo aterrador contemplar el cautiverio de un ser transgénico, a merced del ansia de venganza de otro, sentir la gelidez de su piel artificial, como lo es seguir al milímetro a Banderas en su papel de doctor Frankenstein y pendular entre la calidez de un hogar gallego y el olor a cloroformo y humedad antigua de una mansión castellana donde casi todo es grande e imponente (la casa, los cuadros, la ya mítica escalera, la sucesión de puertas blancas cerradas), todo salvo la presencia de las personas que la habitan. Es cierto que enseguida nos olemos lo que ocurrirá, que no se trata de la Rebeca de Hithcock ni de la Laura de Preminger, que nos dejamos seducir sin más por la música, la fotografía y los actores. Pero hay, como siempre, destellos de genio en el guión, risas locas y una contención a ratos que me reconcilia no con el viejo Almodóvar, al que no echo de menos, sino con el que no deja de explorar los límites. Aunque a veces nos llevemos las manos a la cabeza y pensemos "nunca más". Yo, como diría Eliot en un hermoso poema que aprendí de un amigo, me alegro de que las cosas sean como son.
Escribe nuestro Ángel González, sobre quien tuve el lujo de escribir una (mala) columna en el periódico el día después de su muerte, que a veces un cuerpo puede modificar un nombre. Yo diría que son siempre la cruzándome con la señora Ramsay y su tul verde sobre los hombros, y de pronto la luz del faro dejó de dar vueltas con los brazos hacia mí. Tanto la señora Ramsay como yo sabemos que necesitamos esa luz a diario, para recordar su alcance y conocer la forma de las cosas más o menos visibles. Sobre todo la de estas últimas, las que apenas se ven y en cambio pesan, las que solo percibiría la mirada completa de mi hija. Cuando la luz del faro reanudó su carrusel, yo ya había salido de casa. Vi a una chica de perfil, con el pelo largo y ondulado, sentada en un café loco de ruido y gente trajeada con aspecto serio. Ella tomaba té con leche y esperaba por mí. Hace más de veinte años que nos conocemos, aún me parece que apenas sé quién es. Y eso que me recuerda tanto a mí que me resulta raro hacerle cualquier tipo de pregunta. Es extraña nuestra manera silenciosa de querer. El pudor que tienen los sentimientos. Abrimos los brazos a los nuevos conocidos, con aspavientos y cuarto creciente de sonrisa, pero no encontramos manera ni momento de decir lo inaplazable. No sé cuáles son las palabras precisas, pero sé que, si no se dicen, se tragan en silencio por la noche, como carbones dulces y porosos, cuyo sabor a noche de Reyes nos pone a llorar.
El pasado lunes volví a coger el tren después de mucho tiempo. Unos doce años, diría contando con los dedos. Tenía que desplazarme a Vigo para entrevistar a Agustín Fernández Paz, que acaba de ganar otro premio para su palmarés de escritor sin pose ni vitrina. Él mismo me aconsejó que dejase el coche aparcado y que me decidiese por el más literario de los medios de transporte, con esos vagones enganchados donde a cualquiera le apetece recostarse a mirar el mundo pasar levemente por la ventana, tomarse un té o un Nestea y leer una novela exprés de Agatha Christie. En mi excursión en tren hacia el sur me encontré a gusto enseguida, quizá porque me encontré (repito hallazgo) con Ricardo, con quien comparto en general la pasión por el arte de los contadores de historias y, en particular, la devoción por Cormac McCarthy, esa manera de dar luces largas en la hambrienta oscuridad de una carretera que cruza de norte a sur la geografía de lo humano. Leí La carretera a los pocos días de dar a luz, con luces, frío y corazón de Navidad, cuando mi hija empezaba a cobrar ojos, nariz y boca de ser independiente. Ella tenía aún los ojos cargados de sueño y su pequeño cuerpo parecía un bollo de leche rebosante de azúcar glass. Recuerdo su olor de entonces, que me hacía pensar en una crema catalana muy espesa y en aquellos caramelos marrones con una vaca en el papel, y cómo mi manera de quererla se hacía violenta a la par que leía la novela de McCarthy, abriéndome paso entre la devastación y el odio carnívoro que se habían apoderado del mundo. Los monstruos de la novela azuzaban mi afán de supervivencia, y también un deseo infinito de dormir a la intemperie acurrucada en la sombra caliente de mi hija. Una vez más McCarthy podía darle agua en un pocillo de lata a la voz reseca de mi fiel extraña, de nuevo estaba a la discreta altura de las ascuas de la emoción con hueso. El lunes pasado, viajé un par de horas entre la neblina que a menudo juega a engullirnos por el norte, y llegué al sur. Me recibieron las luces largas de un sol blanquecino, a la altura de los ojos. En un acto mecánico, quise mitigar con una visera de mis manos la lluvia de la luz. Frente a mí un hombre agarraba a otro por el hombro. Uno era Manolo Rivas y el otro Agustín Fernández Paz. Fue la primera imagen que vi tras bajar del tren y recibir el fogonazo de luz. O quizá el fogonazo de luz fue aquella imagen, a la que Cormac McCarthy pondría un diálogo impecable.
Cada vez me recuerdo más al personaje de Las tribulaciones de un mal fisonomista. Creo estar diciendo bien el título de uno de los cuentos del excepcional Wesceslao Fernández Flórez, que me interesa, gracias a María y a su padre, Andrés, de un modo bastante más saludable que ese ser empresario de alias Fefé. Casi siempre que digo la palabra alias me acuerdo de «Leopoldo Alias Clarín», aquella vieja gracia radiofónica que las meteduras de pata de la gente del candelabro logró convertir en una saga interminable. Es tan raro que yo olvide una cara como que le adjudique con acierto nombre y contexto. Yo, por si acaso, siempre sonrío. Como la Mona Lisa. Tan lejos ha llegado mi fisonomanía que vivo cotejando patrones antropomórficos, confundiendo a la top model de moda con una compañera de estilizada figura, a ese actor fondón echado a perder con un amigo y al mismo Humphrey Bogart con el hombre de mis días, o más bien, de mis noches. Bogart fue uno de mis primeros amores platónicos (un psicoanalista se frotaría las manos), compartiendo el gran Boggie ese privilegio de ídolo en la niebla con el chico de la boca de fresa de los New Kids on the Block y con R. W., el madrileño de los ojos con forma de almendra. Pero lo de Bogart era distinto. Yo lo sufría más, como una mordida de escarapote, porque Humphrey estaba muerto. Quizá ahora que la relatividad de Eintein parece tambalearse, qué curioso, eso no sería un problema. ¿Quién dice que no podríamos viajar en el tiempo? Eso hace el personaje central de la película El árbol de la vida, que interpreta un niño extraordinario de apellido creo que McCracken y un veterano Sean Penn. El director Terrence Malick nos encara con un hombre que recuerda y con toda esa realidad esencial alternativa llamada evocación. Con la simpleza y la complejidad de la familia. Con la pérdida de vida. Con el espectáculo en que vivimos inmersos y con la necesidad del reencuentro. Malick está dentro del alma de un hombre. Y a veces de una mujer de pelo rojo. Como una llama de colores que se mueven. En la sala de cine en la que estuve anoche varias personas dejaron sus butacas, se oían risas nerviosas y notorios resoplidos de nube forcejeando por salir de la jaula. Ver esta película es un reto difícil de superar. Pero creo que no sería capaz de confundirla con otra. Como las caras que amo.
Soy una persona perfectamente normal. (Decirlo es quizá una forma de justificarme). He aquí esta humanoide con sus manías y sus fobias. Con su derrotismo y su complejo de culpa, aguzado por la maternidad, y de pronto sus rachas fuertes de grandeza. Como todos, me crezco en el hallazgo de la flor azul sin dejar de entonar la melodía pegadiza que une a dos que caminan a la par. Lo exótico, sí, pero en un hábitat salpicado de gnomos y canapés de queso con anchoas. La música da título a un libro de Yukio Mishima que compré en bolsillo una tarde de mirandas y en el que me sumergí anoche tras varios días sin terapia. La imagen del diván me produce una satisfacción similar a del brillo de la Luna sobre el agua tranquila. En ese libro del que hablo, un psicoanalista comparte con el lector, de modo exhaustivo y confesional, el caso de una paciente peculiar, una joven bella y algo siniestra que dice no poder oír la música. Dejando que la metáfora enseñe medio cuerpo, se trata de una paciente que no puede o no quiere sentir el placer de entregarse al s personas las que hacen los nombres, más que a la inversa. De hecho, por bonito que sea el sonido de Sabela, una caracola en mitad de la arena dorada, me costaría elegirlo para una hija. Al pronunciarlo o pensarlo en silencio, viene en patines metálicos corriendo a por mí aquella niña pecosa con el pelo en dos grandes coletas. Y yo no abro mis brazos en señal de bienvenida, sino que me descuelgo rauda y veloz de la nube del recuerdo. Con Sabela me ocurre lo contrario que con Vanessa, que como nombre no me gusta especialmente, pero como chica corpórea tiene un encanto especial. Me costó, nos costó, siete largos meses escoger el nombre de mi niña. Su padre y yo partíamos con propuestas antípodas. Hicimos un listado y fuimos descartando, como cuando buscamos ese piso a la medida de nuestros sueños posibles. Me gusta el significado de ese nombre, pero en su momento no me sedujo por eso, sino por su sonido de pequeñas piedras hacia arriba, como si una mano las lanzase todas al aire. Por eso, y porque entonces, embarazada yo del séptimo mes, vimos una película española de chefs y amores revueltos cuya protagonista se llamaba Sofía. No era ni mucho menos un peliculón, pero Sofia quedó prendido en mi barriga. Hoy, en el parque de juegos de nuestra vida cotidiana, el nombre se multiplicó por tres en las inmediaciones del tobogán de mayores. Acabé seriamente irritada con esa arrogancia de la i cuando alarga su paseo hasta reventar en la a. Y pensé qué sería Sofía sin mi hija. "Igual que la palabra rosa sin la rosa -diría Ángel González-. Un ruido incomprensible, torpe, hueco". Con reverberación.
Confieso que el chocolate me mató. Para celebrar mi aniversario, el otro día tuve la dulce idea de pasarme por la tahona de las tartas variadas que se venden como telas. Después de preguntar por los ingredientes de varias, me decidí por un mousse de chocolate oscuro, denso y compacto. Elegí con los ojos, como casi siempre, y también con el paladar del recuerdo de aquellas copazas con una bengala y un loro con pluma de adorno que me zampaba en Benidorm, a la luz de las farolas blancas, cuando era una niña a la sombra de los postres en flor. Mi abuela solía decir: "Vai a modo, non vaia ser o demo". Pero me apresuré a llevarme el mousse y volví volando a casa, pensando en la sobremesa. Nos tomamos el mousse de postre, él un discreto pedazo, yo una ración grande, bastante más generosa que yo, teniendo en cuenta que si hubiese pensado en mi esposo, en lugar de choco, habría elegido un sabor fresco, probablemente limón. Esa tarde, al llegar al trabajo descubrí con agrado (más bien, con un aplauso de entusiasmo) que alguien había traído una gran caja de bombones, de esos con extra de leche y delicada textura. Primero uno, venga otro... no hay dos sin tres. En un nuevo rapto de inconsciencia corrí a la máquina hipercalórica a dispensarme una chocolatina de onzas gruesas, qué valor. Al filo de las once, el hombre del saco vino a por mí. Me dormí. Desperté con la frente y los pies fríos, como jamás había salido de los amores míos. ¿O sí? Olvidar es una forma de sobrevivir. Me dormí. Desperté en un charco de sudor caliente y achocolatado, ansiedad al baño María. Era un sudor de una dulzura repugnante. Como el olor de la colonia cuando se queda resesa en el jersey. No sé si en sueños, me deslicé a la cocina a por un vaso de agua. El pasillo de noche parece el de otra casa. El insomnio es un túnel de acero, las canicas ruedan por el suelo, se oye batir de cacerolas. En mi soledad metálica de esa noche llegué a oír unas voces que parecían venir de arriba, ambas agudas y chillonas. Una más joven que la otra. Me resultaban tan familiares como extrañas. Poco después, o quizá al cabo de un par de horas, me sobresaltó el ruido de las cuerdas de un tendal. Y de nuevo unas voces con timbre de gatillo. Así son las paredes de las casas con más de treinta años. Se oye todo en dolby surround, hasta la respiración branquial de la vergüenza. Que siempre da sed.
Elena Anaya encabeza las tendencias del día no solo por su cara bonita. El viernes se estrenará la última de Almódovar, en la que esa actriz que me hace pensar en botones brillantes interpreta a Vera, una mujer fría, petrificada en el deseo de venganza. Advierte Anaya que es necesario dejarse llevar, y "dejarse tocar", por esta nueva corriente de aire del cineasta que se atrevió a morder la manzana de la diferencia. Me ha sorprendido leer unas declaraciones del manchego en que decía echar de menos tener una familia. Se refería no a la ausencia de su madre, sino al deseo de tener hijos. Supongo que es algo natural en cualquiera, y que este es un deseo que opera de improviso, como cualquier otro, sin necesidad de que uno tenga goteras en casa, vea cubos de trapos sucios por doquier, se sienta infeliz o vague desnortado. Estos días se ha publicado una investigación que confirma lo ya sugerido por estudios previos: el matrimonio reporta longevidad o, dicho al modo titular, los casados viven más que los solteros. Es una investigación de Kentucky, como el pollo frito. Sus autores aclaran que esto solo es válido para los matrimonios felices. Que probablemente no tienen mucho que ver con los que inspiraron a Groucho una sentencia como esta: el matrimonio es una carga tan pesada que se necesitan al menos tres personas para soportarla. Aclarando de entrada que me siento una mujer afortunada (por si las moscas, como diría mi abuela), a veces me pregunto qué es un matrimonio feliz, cuál es el modelo, el paradigma. ¿Es ese que se mira con ojitos y jamás pelea en público, o ese otro que tampoco lo hace de puertas adentro? ¿Es aquel que se dice toda la verdad, aquel que funciona en 59 segundos, con los tiempos bien medidos? ¿Es el de contrarios complementarios o el que se hace con caracteres que encajan a la de tres? ¿Es el de esos dos que se persiguen y van en sidecar o el de esos otros que tienen cada uno un cuarto propio, o una isla? ¿Es el de los que piensan igual o el de esos que sienten y comprenden sus diferencias y sus soledades? Cada vez desconfío más de algunos matrimonios felices que veo en los escaparates del barrio. Entre los famosos, no debían ser de esta clase el de Liz Taylor y Richard Burton, y mira qué amor de cine, qué intensidad. Tampoco el de los Woolf, pese a toda la belleza literaria que tuvieron en común, con ese precioso intercambio de cartas encantadas, graves, dramáticas, como esa última que Virginia escribió a su esposo antes de adentrarse en el río con los bolsillos llenos de piedras. ¿Qué tal un equipo de trabajo a lo Curie? ¿Qué tal una sencilla y tranquila pareja con hijos acomodada entre jardines con estanque? Yo, con serias dudas y a grandes rasgos, me quedaría con el no-matrimonio Sartre-Beauvior, con esa necesidad mutua basada en la condena del ser a su propia libertad. Será que no me toca sufrirlo, solo leerlo. Y, como siempre he creído en príncipes mendigos de sangre roja, también me estremece el encanto de esa pareja de atardecer entre flores silvestres, colibrís y libros de centeno que hacían Raymond Carver y Tess Gallagher. Ella, cuentista excepcional, lo ayudó a él a soltar la botella... Y a escribir un poema que acaba más o menos así: "Mi mu;amor. La evolución del caso es inquietante. Curiosamente, esta lectura, de gran suspense psicológico, ejerce un efecto sedante en una cabeza como la mía, siempre con miedo a equivocar el camino, a cruzar en rojo o a perder del todo el control de los pies. A veces me siento un poco extrema, dividida, en tensión, como si el equipo rojo de mis hormonas me tirase de la coleta hacia un lado y el equipo azul de mis razones justo hacia el contrario. Soy plenamente consciente de que no sé lo que puede pasar, no porque la naturaleza y el azar sean imprevisibles, sino por la volubilidad y el misterio que habitan en uno. El grano fue que ayer, con la música casi inaudible de Mishima, amanecí de pronto en el día siguiente, sin saber bien si había pensado, soñado o simplemente dormido. Con el día de estreno, el sonido gana volumen. Vestí a mi hija cantando la de Chuggington. Salí a correr diez minutos con Katy Perry. Compré bacalao para comer con arroz. Y me entregué al placer efímero de ir con Sandra a probar vestidos de franela, lamé, punto o licra, sobre unas botas no para caminar, sino para morir en el intento de guardar el equilibrio. Casi siempre nos caemos de un lado. En esa maratoniana sesión de freak models sonó de nuevo la música. No la de Puccini. Sino el Edge of glory de Lady Gaga. «I'm in the edge, the edge, the edge, the edge...». Hasta que la erosión del día cambió de dial.
Hay hogares en los que, en vez de recibirte con besos, abre la puerta un reproche («¿Qué, estas son horas?», «¿Quién se ha comido mi yogur de frutas del bosque?») o incluso un táper con lentejas mustias que se había acomodado al fondo de la nevera. Para qué perder el tiempo con la poesía que edulcora la vida, dicen algunos, si hay tanta cosa práctica que aclarar y resolver. No es que defienda yo la lectura diaria de Quevedo, Byron, e. e. cummings (con minúscula a su gusto), Kavafis, Bukowski o esa tal Ajo que arrasa en el arte del micropoema. Poetas hay muchos, tantos o más que poemas, y no siempre de pequeño auditorio de almas aladas. Lo que no entiendo es cómo se puede vivir sin poesía, cómo puede uno no haber escrito nunca una carta de amor (o un e-mail) que no llegó a mandar, por ejemplo. Cómo no apreciar una sonrisa sin causa. Cómo no temblar de emoción ante una mirada de ojos que mojan. Cómo no sentir la mayoría de las cosas que nos pasan o simplemente vemos, y cómo no tener curiosidad por conocer su nombre. Es ahí donde interviene la poesía, con su mundo sin tiempo que raramente transcurre al otro lado del espejo. Leve es la parte de la vida que rescatan los poetas, escribe Cernuda. Y sin embargo bien podría esa levedad ser el meollo de una biografía. Creo que fue Virginia Woolf, poeta radical, quien advirtió del fraude de las biografías que acostumbran editarse. ¿Realmente es alguien como parece y como lo cuenta o como lo ven y cuentan los otros? ¿Qué hay de lo que no se ve y no se cuenta? ¿De los calcetos que nos ponemos para dormir a solas? ¿De nuestro gusto por revolver en la basura con vanidad y desconfianza para encontrar los desechos de otro? ¿De ese jactarnos de herir a sabiendas los sentimientos de alguien que se desnuda? ¿De nuestro miedo al maquillar las carencias y correr sin llevar la vista atrás? Ahí están, junto a Welles, velados por el humo de un puro, Kane y Rosebud. Kane, un hombre poderoso, de influencia sin par. Un campeador a lomos del recuerdo de un trineo que pudo reinventar el mundo y quedó para siempre encerrado en su dolor de niño. Empeñado, dice un verso, en no abrir jamás la puerta.
Una Leo con enormes bolsas bajo los ojos y una Offiuco-Sagitario con ganas de despertar al mundo entero compartimos desayuno a las siete de la mañana. Es un desayuno frugal, a base de leche, risas colgantes, episodios de Caillou e inolvidables canciones. Con razón ponía mi padre como ejemplo a Mocedades cuando se decía poseedor de una buena colección de discos. Qué gran interpretación la del tema de cabecera de La vuelta al mundo (a coro: "Son ochenta días son, ochenta nada más, para dar la vuelta al mundo. Ven, ven, con nosotros ven, looooooooo pasaremos bien"). Pero a mi hija la que más le gusta, que es lo mismo que decir lo que la mantiene sentada a la escucha al menos dos o tres minutos, es la canción de cabecera de Fraggle Rock, con su denuedo de locura despeinada y sus palmas rápidas. A veces, solo a veces, me recuerda tanto a mí... (me refiero a mi hija) que mi yo se convierte en una prima segunda. Ese maravilloso lugar del universo excavado en piedra en el que se trabaja y se disfruta sin descanso llamado Fraggle Rock es un refugio para seres peculiares, semejantes entre ellos como ovillos de colores en el cesto de las lanas. Todos somos cabezas de alfiler vistos desde el aire, pero bajo el mar de nubes aún se distinguen los verdes de los grises y los marrones y amarillos. Ya no recuerdo si en verdad los Fraggles eran o no tan felices y dicharacheros como indica la canción. Me temo que no. Pero qué bonito espectáculo roquero que a Leo y a Offiuco les aúpa la mañana.
Le estoy cogiendo el gusto a salir a correr por la noche, poco antes de que el día se cierre del todo en su secreto. Ese es, junto a la primera hora de luz, el momento idóneo para calzarse las zapatillas con amortiguación, subirse la cremallera hasta el cuello y echarse a la calle tras la intuición de los pies. Lo más es empezar calentando motores sobre una pulida pista de asfalto, sorteando paseantes distraídos que miran a un lado y de pronto se mueven hacia el contrario, como títeres sin mano. Y después, cuando las piernas han cogido ya velocidad de crucero (7 km por hora), bajar a la arena. La playa se rompe bajo los pies a puñados de galletas crujientes, como esas con pepitas de choco que hacían Shannon y Stacey en Mission Viejo cuando yo las conocí. A veces siento ese olor a dulce entre hermanas cuando abro el horno de mi hogar. Hogar, ¡esto es septiembre!, me digo con una felicidad a las finas hierbas. Me gusta septiembre, con sus pulseras de cuero mojado, su pelo castaño y sus mechas trigueñas como discretos toques de luz. Esa inclinación que tiene a recogerse temprano. Octubre ya es otra cosa, va en serio, diría Gil de Biedma. Schopenhauer empezará entonces a aparcar su trineo en zona de residentes y será inevitable toparse con él. Sigamos tendidos bajo el sol. Ayer, tras la carrera en la playa a la par de las olas, me engulló a la brava la memoria de elefante de Lobo Antunes, con su complejo de exmarido lamentón. En la novela tiene una imagen maravillosa de una trenza que los enrosca a él, su mujer y sus hijas. Ellas duermen con la puerta de la habitación abierta, compartiendo la tibieza de su sueño. La trenza es el bucle de un instante eterno que se deshará a mechones. Nada puede durar, pero nos resistimos, cerramos los ojos, pataleamos, cogemos una mano, escribimos desoladas cartas de amor. Lobo es un animal salvaje encerrado en un costurero gigante. Al pasar hojas, la escritura desprende un aire viciado a saudade y cloroformo... "Hajer. Lo diré mientras pueda. Mientras respire con cada pétalo de la rosa". Amén.
La amistad es el amor pero sin sus alas. No lo digo yo, sino Lord Byron, según tuve la ocasión de descubrir haciendo un damero para pasar el tiempo. Pasar el tiempo es una función vital. Y sirve para rellenar muchas casillas en blanco. Uno de los novios de una de mis grandes y atractivas amigas no sabía, o no quería, limitarse a pasar el tiempo, ni siquiera una tarde tostada de domingo en la que solo la perspectiva de un cine nos animaría a dejar las zapatillas. '¿Pero qué vamos a hacer?', inquería él con cara de fiscal. 'Nada', explicaba ella con una sonrisa inocente, mostrando las palmas de sus manos. '¿Nada toda la tarde?', decía él en un evidente estado de agitación. En realidad, 'nada' significaba, probablemente, ver un deuvedé, picar queso, patatitas y aceitunas, o nachos y Cheetos, compartir unas cervezas y quedarse en el sofá el uno junto al otro como un ovillo de lana. Charlando. Riendo. Dando un trago. Comiendo onzas de chocolate a las afueras del día que va transcurriendo del otro lado de la ventana. Acabo de ver en las noticias que el consumo de chocolate previene los males del corazón, o más bien, los infartos, que no siempre tienen que ver con el amor. Al parecer, las personas que consumen chocolate regularmente tienen un 40% menos de probabilidades de sufrir un accidente cardíaco que los detractores del cacao. Ayer, con Emanens y palomitas, fui a ver 'Súper-8', pese a que las películas de aventuras me suelen dar pereza. Sí, así es, me aburre la acción, quizá porque el ritmo trepidante está tan metido en la terminal de la carrera que no hace más que correr, dejándolo todo atrás. Cuando uno corre lo que ocurre ahora es lo mismo que ocurrió antes, nada en realidad, solo una huida hacia delante. Lo único que va cambiando es el paisaje, y lo apenas lo hace, como cuando uno mira por la ventana de un tren en marcha. Los árboles y las casas se convierten en manchurrones de color. La vida pierde su alta definición. Con todo, aguanté las dos horas de 'Súper-8', me reí con las ocurrencias de ese equipo de críos jugando a cineastas, qué gran interpretación, y como soy así de sensiblera, se me hizo un nudo marinero en la garganta a causa del amor entre padres e hijos. No es amistad ni tiene las alas de Platón. Ni se pierde como Byron en mares tempestuosos, esos donde lo que uno desea no es hallar el norte, sino quedarse envuelto en la tempestad.
Obviando la desolada realidad de la Tierra, es delicioso desayunar con diamantes. El de Capote en Tiffanys está entre mis preferidos, sobre todo en una terracita de verano con rachas de nordés. El libro ofrece un final diferente al de la peli y también un tono y maneras bastante más heavys, o dicho de otro modo, capotescas. Encanto, sí, pero soldado al asfalto. Capote es como un Platón fagocitado por Aristóteles. Pero, en fin, yo quería hablar más bien de los tiempos que corren, en que se ha descubierto un planeta de diamante, a miles de años luz de este, donde unos pasan hambre y otros engordan de gula o se meten los dedos para vomitar. En ese otro planeta transparente de la constelación serpiente (y esto trae consigo una manzana) tampoco debe de ser fácil vivir. Qué gelidez. Y no estamos hechos para el frío, ni siquiera los del norte. Anoche, al salir del trabajo, tuve una sensación térmica de cinco grados. No eran más de las once.¿Sería la soledad de la explanada? Se ve que el otoño tiene ganas de venir... a decirnos la verdad con acuarelas. Aunque mi hija estaba pachucha, se había quedado dormida cuando abrí la puerta del hogar. Por no cambiar de onda, aproveché para ponerme 'Madres e hijas', una peli del 2009 producida por González Iñárritu, con Naomi Watts, Anette Bening y la espectacular Kerry Washington (¡seguidle la pista!) en el reparto. La había recomendado Azucena en su blog y me faltó tiempo para pedírmela. Es un dramón de campeonato. Un dramón bien hecho, con rostros impecables, silencios necesarios, palabras precisas y un acierto al pleno en el meollo del sentimiento raro que es la maternidad. No pude con el nudo en la garganta. Tuve que llorar, eso sí, con las gafas de tontiwoman puestas. No puedo contar casi nada. Solo sentirme agradecida. Por tener a mi hija cada día. Por más que nos enfademos porque pisa mis camisas y saquea todo cajón a la vista, o cosas aún peores en las que no entraré hoy. Vivimos en el planeta Tierra, entre sabandijas, lobos, tiburones y grandes manadas de félidos cautivos. A veces sentimos miedo, es cierto, pero casi nunca tenemos frío.
La manzana sigue siendo la fruta. Si la oyes decir en inglés, da igual que estés en mitad de una huerta o a punto de coger una col que te seduce bajo un foco de luz fría, piensas directamente en el iPad que, al parecer, inventó bastantes años ha Stanley Kubrick. Yo también quiero una de esas tabletas que no engordan más que las ganas de sacarlas de paseo para pasársela toucheando a ratitos toda la mañana. 'No sé para qué quieres un iPad', dice el hombre con quien duermo, 'total, tienes un iPod y no sabes ni dónde está'. No le falta razón, soy una tecnocaprichosa absurda. No es casual que ignore dónde está ese iPod que me trajo Melchor, o quizá Baltasar, hace un par de años, como no lo es que ayer, a mi vuelta a casa, encontrase una manzana mordida en la encimera de la cocina. La manzana sola, con su muerdo hiperrealista, cercada por un aura de luz tenue, como un bodegón minimal de Zurbarán. Me comí esa manzana con cierto complejo de Adán, en compañía de una Eva japobelga, Amèlie Nothomb, y 'El sabotaje amoroso', que tiene pinta de gustarme algo menos que los anteriores que he tenido el gusto de comer. Comer no es una errata. Pensé que resulta curioso que el nombre de esta autora tan mía sea Amélie. Amelia es también la señora que me sirve, en su cafetería, el mejor café del mundo corunés. Cargado y con un leve manto de espuma. Y Amalia se llamaba mi bisabuela materna, Amalia, con a, quizá en una errata del destino. Mi bisabuela, poco dada a pensar en musarañas, estaba todo el día trabajando, con zuecos de cordón, aun cuando superaba los 80. Era una señora de pañuela y mandil negros, con gatos pardos enredados en los tobillos, y que tenía la boca arrugada en una mueca severa. Zurbarán le hubiese hecho un gran retrato. Nada que ver con la dulce y cándida Amèlie de Audrey Tautou. Debió de ser ella, la Amèlie de cuento, quien ayer dejó en mi mesa gris de trabajo un poemario de Linteo. Se titula 'Consejo gratuito' y su autora es la vienesa Ilse Aichinger. El primero de los poemas dice: 'Qué haría yo si no estuviesen los cazadores, mis sueños, esos que por la mañana del otro lado de las montañas, descienden bajo la sombra'. Una manzana grande y amarilla. Como la sabiduría.
Hace más de cien millones de años, una pequeña musaraña peluda y roedora (sus dientes están intactos a día de hoy) se daba a la escalada por los árboles de la China. Sucede que a my cuerpos que nunca más alcanzarán el mar", dice Valente. Aún es septiembre, octubre puede esperar.
Cuatro dientes de leche nos permiten ir 40.000 años atrás, cuando en Pinilla del Valle los toros eran uros, y los hombres y mujeres, robustos neandertales que se bañaban en los ríos sucesivos del cauce de la vida. Esos dientes impecables pertenecen a Lozoya, una niña pelirroja que se amamantaba quizá como ese otro pequeño que hoy está dando la vuelta al mundo por beber de la teta de una de las vacas de su abuelo. ¿Qué diría sobre esto Carlos González? No me cuesta imaginarne así a mis pequeña leona, con su instinto cógelotodo y sus paletas de leche claqueteando como pinzas de langosta tras el olor a alimento fresco. Por el momento no conoce más vaca que la pequeña bóvida de peluche que compré hace años para hacer un regalo que se perdió en el limbo de la falta de ocasión. Pero le gusta un montón la leche, en este caso de brik; "Cheche sííííí", dice con los ojos llenos de colores, extendiendo las manos para agarrar su platito con un dinosaurio en el centro. Suele darme un manotazo si le tiendo una cuchara y llevarse el plato a los morros para sorber como un gato lambón. Mientras, me mira con las pupilas dilatadas, son los ojos del jaguar que acompaña a Dora y el mono Botas en sus campañas de exploración. Cada vez tengo más claro que mi hija es de una especie felina. El color de su pelo al arrancar en hebras de la frente, el dibujo y la miel en lenta cascada de sus ojos, su sonido al respirar y su destreza elegante al atrapar gusanos de maíz. Ella parece estar hecha de avidez para la caza, por sus brazos, y de ritmo, por la delicadeza confiada de sus piernas, como dos mazorcas pulidas y flexibles. En el Manhattan Transfer de John Dos Passos, una niña baila sobre papeles de periódico, pisando noticias. Su madre le dice "No hagas eso, Ellen, querida". Su padre argumenta: "Hacer este periódico cuesta dinero, mucha gente ha trabajado en él". Qué considerado el señor Thatcher. Todo en Dos Passos tiene olor y aspecto preciso. Ocurre de verdad. Escribe: "El sol le goteaba en la cara a través de su sombrero de paja". Dos Passos fríe soles como huevos en planchas de restaurantes ahumados. Descubre las selenitas que crecen en el corazón cansado de los hombres. La poesía cae como el agua en calderos. Y suena la música. Música de cañerías para los gatos que orillean los ríos residuales y bailan al andar.
Según un estudio, una de cada dos personas tiene miedo a volar. Yo soy una, y mi lógico esposo, la otra. Recuerdo como si fuese ayer (curiosa mecánica del tiempo) la primera vez que me subí a un avión. Era entonces una niña de cinco años con melena y lazo a un lado, a la que ya le gustaban los collares de colores y los zapatos de pulsera. Tenía unas bailarinas preciosas, de color blanco, que se ataban a la altura del tobillo y llevaban dos flores grandes en la parte de delante. Las luzco en algunas fotos, junto con un vestido amarillo de estilo ibicenco. Pero sigamos volando... dentro del avión. Recuerdo que en aquel mi primer vuelo tripulado, no sé ahora de qué compañía, tuvieron el detalle de sonreírnos mucho y de darme unos cubiertos de plástico azul y una comidita en tarrina, como la que yo preparaba a mis muñecos, entre ellos la Rosaura, más alta que yo y a la que mi abuelo había rebautizado como Celestina. Al bajar a tierra, la sensación era rara, como si la barriga fuese un tobogán. De pronto estábamos ya en Mallorca, en un decorado de calas y hoteles donde todo parecía de estreno. No sé cuándo empecé a tenerle miedo a volar, con lo que a mí me gustan las alturas y las nubes de algodón, supongo que cuando comencé también a sentir vergüenza de que me cachasen peinando a la Rosaura Celestina, ya superada en altura, o besando a escondidas a George Michael en el póster de la puerta del armario. No sé quién dijo que todos los miedos son en realidad miedo a morir. Uno siente miedo cuando es consciente del riesgo a perder algo que no quiere perder. Creo que la última vez que cogí un avión fue un septiembre que me llevó a la aventura del monzón en tierras tailandesas, silbando aquel tema de Crowded House que decía "Fouuuur seasons in one day...". En Bangkok huele a arrozales calientes y el suelo pendula bajo tus pies como una marea. En su cielo variable los aviones se van zafando de los relámpagos de la tarde, un espectáculo impagable desde el ventanal de una confortable habitación de hotel. Allí nada parece estar en riesgo, salvo la conciencia de que el mundo está fuera, mojándose a calderos, friéndose como el pollo, el cordero y los insectos que te venden a la puerta del hotel.
Estoy como loca por ir a ver Orgullo y prejuicio zombi. ¿Os animáis? Los muertos están de nuevo vivientes como en el Thriller de Jackson, ese hito coreográfico universal, y la moda incomoda pero... ¿quién quiere sentirse demodé? Siempre me ha gustado Jane Austen y el hombre con quien duermo está empezando a contagiarme su afición a Tarantino. Jane es la que yo quisiera ser en los días cotidianos. Educada, vivaracha, locuaz, dulce y una pizca salada, como una Alicia con una mente de maravillas felizmente atrapada en una casa de muñecas, una de esas viviendas abiertas al medio que me compraré para regalársela a mi hija. Y Quentin es quizá el nombre de mi ser en sombra, que diría Rilke, el que profundiza mis latidos en la espiral del violento silencio de la noche, cuando el sonido de un grifo que se abre, una cortina que se mueve con la brisa o una persiana que se cierra se convierten en perros rabiosos. Solo lo grotesco mitiga lo dramático. Eso hacen los zombis, teatralizar la muerte, convertirla en un espectáculo algo simpático, que da un miedo como de mentira. Nunca me había gustado tanto como ahora la estética gótica, los cuellos bobos con puntillas, los botones de un negro lustroso donde uno puede verse la cara abombillada, los ojos ahumados y los mechones deshilados ovalando el rostro. Antes de que naciese mi hija, solo unos días antes de su llegada como un enorme puñado de arroz con leche, su padre y yo vimos Los mundos de Coraline, cuya estética se parece a la de La novia cadáver. En su momento decían que era una peli que daba mucho miedo a los niños, que tras verla tenían pesadillas. Yo, que aún tengo miedo de las formas sinuosas que a veces trepan por la pared de mi cuarto de madre, estuve varios días bajo el hechizo de Coraline, de su curiosidad y su ambición. Hay familias idílicas con sonrisas congeladas y ojos como botones. La fantasía puede ser una plantación de flores disecadas, o incluso carnívoras. Debes huir si no quieres que devoren tu vida... huir en pos de la imaginación, donde los ojos son ojos. Y los botones, besos.
Ni horror frío ni grotesco. Lo que esta noche dejó una peenudo lo anecdótico guarda el quid de lo importante, la llave que abre la pesada puerta tras la que habita el mundo creciente de todo lo que nos queda por descubrir. Al parecer, esta musaraña, hoy convertida en fósil, podría ser la gran matriarca de la estirpe mamífera, nada menos que la bisabuela de monos, monas, hombres y mujeres como nosotros. De hecho, existen humanos con un más que razonable parecido con las sabandijas, otra forma de llamarles. Una misma, en según qué momentos, puede verse donde muere la nariz ese hocico arratonado en el espejo de su vanidad. Cambiando el ángulo de enfoque, cuando me detengo a mirar a mi hija, digo, cuando en eso consiste mi actividad, me sorprendo de todas las personas que han venido a confluir en ella y lo hacen notar en cada una de las piezas que cuadran en su bonito aspecto. Por ejemplo, en la forma de sus orejas (tiene un lóbulo del que carecíamos las mujeres de mi familia antes de su llegada), en su pelo a lo Punset, heredado de una de sus bisabuelas, en los labios gordochos que le vienen de padre, en su mirada (un par de amigos dicen que es lo único que tiene de su madre), en su manera de desactivar móviles y depilar margaritas, o en su cara de 'pillada-infraganti', que es como un molete de pan blanco con dos motas de harina por hoyuelos, como la de mi abuela Dorinda. La cara de buena de mi abuela siempre me mancha de harina. Y recordarla es entrar en la tahona. Con ella, con mi abuela, llegué a mantener conversaciones telefónicas similares a las que hoy tengo con la leoncita todas las tardes. Le ha dado por llamarme al trabajo, antes de irse a dormir. Las nuestras son conversaciones esenciales. De pocas palabras. Con silencios empanados. Dadas al placer de lo dadá y lo redundante. Cuando descuelgo la niña dice 'Mamááá'. Y yo digo: 'Hoooola'. Y ella dice: 'Mamááá'. Y yo digo: Hola, cariño, ¿cómo estás? Y ella dice: 'Hoooooola'. Y yo digo: 'Hooola, cariño, cómo estás'. Y ella: 'Ayó, mamá, ayó'. Y yo: 'Adios, un beso, cariño'. Y ella: '¡¡¡¡Maaaaamá, hooooola!!!!'. Vuelta a empezar. No es la espiral del silencio, sino la del eco. Ese que aprendí a entender con Coco, el de Barrio Sésamo. Me pregunto qué diría la bisabuela musaraña sobre esto. ¿Creerá que hemos evolucionado? Y así me quedo. Pensando en mis musarañas.
En un tiempo muy muy lejano en este mismo país que le da fin a la tierra, vivía una insomne yo. En realidad han pasado desde entonces solo un par de años, pero la vida en familia es, como solían decir los veteranos cuando yo era perita en dulce, un cambio total. Y hace que los días se expriman tan a tope como con el Radical Fruit, aquella bebida pop-rock que me fascinó una temporada. Desde que nació mi hija los años son días largos como siglos. Hoy, que Borges está de aniversario, diré que, entonces, era una mujer igual a la de ahora pero mucho más contenida y, en consecuencia mucho más tensa y temerosa, y me sentía como un memorioso Funes incapaz de irse a la cama sin el lastre de las menudencias de la jornada. La voz de Funes me sigue hablando desde aquella oscuridad de despacho de detective, de color pardo o gris marengo, con sombras vacilantes trepando por la pared, con la luz mortecina filtrándose por una pensiana que nunca se cerraba del todo. Era extraño que yo pudiese dormir normalmente, caer como una manzana madura en los campos de acuarela de sueño, o como el hombre que respiraba a mi lado como una espléndida marea. Compartí mi caso, y no de modo anónimo. Me dijeron: ponte lavanda en la almohada. Corrí a comprar saquitos con ese aroma. No funcionó, aunque quedó un olor de fresca alcoba. Y el olfato es, dicen los poetas, el más poético de los sentidos. Me dijeron: valeriana, tila alpina, Pasiflora. No funcionó. Las bolsitas de hierbas me abrían el apetito de la lectura y la escritura. Me dijeron: entonces aprovecha el tiempo en que no duermes. Haz algo. ¡Funcionó! Me di a la experimentación en la cocina con mis manos de teclista novata. Aunque esa afición duró poco, considerando que en esas lides jamás alcanzaría yo el ya mítico nivel conversación. Pero qué importa eso. Ahora raras veces sufro insomnio, si se me aparecen ovejas con cara de jeque o de duquesa enseguida las esquilo y me hago un cálido cojín de lana. Y sueño cosas raras, entre Borges y Cortázar. Dándome al placer de un juego que muere por la mañana, cuando las buganvillas se repliegan, pero queda en el aire un olor a jazmín.
Por lo que leo, la organización de Miss Italia ha decidido apostar por la belleza. Sin conservantes ni colorantes. Natural y cultivada. A partir de ahora las candidatas deberán estar libres de recortes o rellenos quirúrgicos. No sucumbir al truco de las lentillas de colores (¡con ojos carbonero, cualquiera!). Dejarse de maquillajes de guerra (como dijo la condesa de Blessintong: el mejor cosmético es la felicidad) y comerse algo más que un almendruco al día. Además, ahora viene el plato fuerte, deberán leerse al menos tres libros al año y un periódico al día. Entre los modelos, nunca mejor dicho, están mujerones de la talla de Sophia Loren (que se escribía con ph como artista) y Lucía Bosé antes de convertirse en esa hada azul que irrita a los adultos sin niño dentro. El uso de la palabra 'talla' tampoco es casual (¡Dios, me siento Lewis Carroll!), la que se propone para estas misses de ensueño es la 40. Tranquilas, chicotas de altura media..., se trata de una talla 40 para chicazas que superan los 170 cm de altura, conque ni nosotras somo tan delgadas ni ellas se pasan un ápice: voluptuosas, sí, pero en su punto. Ay. No sé qué cuerpo se me queda. Tengo alergia a los ácaros del tamaño de Berlusconi y nada contra las velinas, salvo cuando la brutalidad repentina de sus cuerpos arrasa con la belleza animada. Pero no sé... No sé si ponerse en la piel de Madame Bovary o Ana Karenina, dos de los novelones sugeridos por el certamen, insuflará a las bellezas de la Bota el espíritu necesario para triunfar como mujeres. Todos sabemos cómo acabaron Ana y Emma... y si no, lo miramos ya en Googleworld o mejor, lo leemos, aunque sea a ratitos, como se procede con Proust o Lobo Antunes. Para no quedar rezagados en la apasionante carrera de fondo de la vida cuando se deja caer por mansiones hechas de palabras y papel, construidas por tipos que nunca tienen la cara de Berlusconi. En papel, en tableta o en las líneas de una mano, es sano y hermoso leer, spam incluido. Aunque no nos den por ello una corona de reina hurí.
El sábado, celebré el sol de la mañana saliendo con mi hija a comprar fruta y, de paso, tomando en una cafetería en la que ya nos conocen un zumo de naranja y un cruasán. Diréis 'pues menuda manera de festejar el sol, salir de un sitio para meterse corriendo en otro'. Las posadas son necesarias en las rutas a la intemperie que empiezan con el alba y se acuestan con el sol... o un poco más tarde, según la pequeña sea arena de playa o el huracán Irene. En el café donde nos echamos el zumito de naranja, había un par de señores que sonreían mirando a la niña y decían: pero mira qué rica es, mira cómo se ríe. De pronto uno de los señores dejó de regar palabras a la redonda y se dirigió a mí: 'Es tu hija,lícula helada sobre mi piel fue la desazón. Estaba yo entre la bruma ceniza, recorriendo el laberinto de un cementerio en el que no encontraba lo que buscaba. Creo que era a mi abuelo, pero no lo sé. Pasaba la mano por las lápidas, como queriendo leer letras con el tacto. Creo que la piedra era blanca y que apenas había letras en ella. Desperté con los brazos frescos y me eché encima todo el edredón. Ayer leí que los malos recuerdos perjudican seriamente la salud, eso concluye una investigación con varios tipos de pacientes organizados en tramos de edad. Recuerdo que solía tener malos recuerdos durante una temporada ya memoria de mi vida, perdón por la redundancia. Era aquella una etapa en que solía sentirme traicionada a menudo, porque alguien pasaba de mí, porque descubría a una amiga hablando a mis espaldas o simplemente porque no se cumplían mi voluntad y mis caprichos. No es que mis pérdidas me sepan ahora a nata montada o a sirope de fresa, las siento aun más con el paso de los días, a veces descubriéndome en el espejo de ese verso de Gamoneda que dice: "Ayer y hoy son ya el mismo día en mi corazón". Las manos de mi abuela me columpiaban hace unas horas y, sin embargo, no recuerdo el lugar del que acabo de venir. Parece un largo siglo. Comprar el pan todos los días es un bonito acto mecánico, pero no es noticia. Amar a alguien un instante no se parece a nada más. Es extraño sentir la ausencia dentro de uno, como un hambre de pan gordo. Apenas tengo ya malos recuerdos, son parte de mí, como mis uñas ridículas y mi cabello indomable. Pero a veces me sobresalta la impresión, o la certeza, de que podía haber fallado menos, de que podía haber hecho las cosas algo mejor.
La otra noche, cuando me vi metiendo una rebanada de pan Bimbo en la tostadora, pensé en lo feliz que sería viviendo eternamente así. Estaba yo con mi conjunto estampado de la línea "sweet home", mis gafas de pasta y un moño loco en lo alto de mis pensamientos plantada en mitad de esta cocina setentera que estoy convirtiendo ya en mi gabinete, un lugar propicio para pensar y extraer grandes conclusiones filosóficas, como "date a las musarañas y la tostada acabará mermeleando tu pie". En aquel momento Proust, digo, sentí una identificación radical con mi cocina, con la tostada de pan y con la esencia misma de ese instante. Lo raro es vivir, decía Martín Gaite. La vida es maravillosa, decía mi vieja amiga Mina, que conocía la textura de cada palabra. Ahora, hace solo un rato, estaba terminando de editar la entrevista que le hice el lunes a Xosé Luís Axeitos, secretario de la Real Academia Galega, una institución con 104 años de historia, que no es nada, pues pensad que la Española se fundó en el 1700. La entrevista es la hermana rica de la conversación. Exige un trabajo de encaje de palabras, en el que muchas, a veces extraordinarias por lo que llevan dentro, quedan en las lindes del camino de debroce. Esto ocurre especialmente cuando el entrevistado es, como Axeitos, un narrador de voz bien modulada capaz de llenar de anécdotas una maleta mucho más grande que la que escondía 'Os eoas', la gran epopeya póstuma de Pondal. Una no sabe hasta qué punto su mirada ha reparado en lo preciado y las teclas han querido o no echar una mano. Lo difícil es saber escoger, no porque nos falte cultura, que también, o agudeza o experiencia, sino porque son muchas las veces en que es la vida la que escoge y viene a por nosotros. El raro, terrible y mágico azar, las cicunstancias, la voluntad de otro. Me persiguen por pasillos de madera noble las palabras de un sabio hijo de la posguerra en una aldea sin libros ni agua corriente, y los ojos de mi abuela cuando era algo más joven que yo, y la memoria de Rafael Dieste, que corre, como dice Axeitos, como un niño detrás de una mariposa olvidando todo lo demás.
He descubierto que de partida es así: nos gusta tanto construir como destruir, medir el alcance del poder de nuestras manos. El instinto se aguza o atempera con las circunstancias y con la buena o la mala educación. Lo estoy descubriendo gracias a mi hija, que tan pronto se poner a edificar una torre de control con sus cuadrados de colores (que suele coronar con la minielefanta Eli) como derriba a manotazos y patada limpia lo que encuentra a su paso. Esta mañana bajamos a la playa, que olía ya a septiembre con lluvia y Sarah Vaughan, y jugamos a hacer flanes y cangrejos de arena en el floreciente imperio de nuestro parterre al sol. Yo hacía flanes a la misma velocidad que ella los chafaba entre risas. La niña no paraba de pedir más. "Ma, ma, ma", inquería señalando la arena con su porte de Nerón. Sabía que solo ardería lo menos preciado del patrimonio familiar: la paciencia de su madre. A mi hija le gusta explorar los límites, como a Dora la Exploradora o a Pedro Almódovar, por citar solo dos de nuestros referentes. Ayer por la noche estuve con Elena Anaya, Antonio Banderas y Marisa Paredes. "La piel que habito es grotesca", dicen algunos. "Una frikada", se lanzan otros. "Mala, malísima", insisten en esa línea. Y cambio de grada: "La mejor que ha hecho". "Su mayoría de edad". "Una pasada". "Nos hemos quedado... nos ha encantado". Me gusta Almodóvar, no puedo evitarlo, me deslumbra con las luces largas de su sentido del horror. Eso hace que me ciegue y, como en el amor y a veces en la amistad, no vea más que el encanto de lo que siento, de la cercanía extrema de otro ser. En esta película en la que todo es grande, salvo quizá la historia en sí, he mantenido los ojos tan abiertos como Elena Anaya, esa belleza estupefacta que escribe su supervivencia con lápiz de ojos en una pared. Elena tiene los ojos de colores diferentes, no tanto como Bowie. Uno de ellos, el más verdoso, se parece mucho a los de mi hija, que de momento los tiene iguales, los dos verdes con ribetes de marrón claro. Es un lujo aterrador contemplar el cautiverio de un ser transgénico, a merced del ansia de venganza de otro, sentir la gelidez de su piel artificial, como lo es seguir al milímetro a Banderas en su papel de doctor Frankenstein y pendular entre la calidez de un hogar gallego y el olor a cloroformo y humedad antigua de una mansión castellana donde casi todo es grande e imponente (la casa, los cuadros, la ya mítica escalera, la sucesión de puertas blancas cerradas), todo salvo la presencia de las personas que la habitan. Es cierto que enseguida nos olemos lo que ocurrirá, que no se trata de la Rebeca de Hithcock ni de la Laura de Preminger, que nos dejamos seducir sin más por la música, la fotografía y los actores. Pero hay, como siempre, destellos de genio en el guión, risas locas y una contención a ratos que me reconcilia no con el viejo Almodóvar, al que no echo de menos, sino con el que no deja de explorar los límites. Aunque a veces nos llevemos las manos a la cabeza y pensemos "nunca más". Yo, como diría Eliot en un hermoso poema que aprendí de un amigo, me alegro de que las cosas sean como son.
Escribe nuestro Ángel González, sobre quien tuve el lujo de escribir una (mala) columna en el periódico el día después de su muerte, que a veces un cuerpo puede modificar un nombre. Yo diría que son siempre la ¿no?'. 'Sí', dije. 'Es muy parecida a mi nieta. Tiene la misma cara y también la peinan así...', comentó dando volumen in crescendo con las manos. Me quedé con cara de no sé. La verdad es que yo la peino como cuadra, considerando que a la primera de cambio, que es lo mismo que decir al primer golpe de nordés, acaba como su madre, una leona crispada... ¿o es encrespada? '¿Ah, sí?', dije dirigiéndome de nuevo al señor y pregunté en un abuso de cortesía: '¿Y cómo se llama su nieta?'. El señor abrió del todo los ojos, se rió como un niño y dijo: Eh, pues no lo sé. Es que son tantos...'. El otro señor, que miraba la escena con una sonrisa galante, rompió entonces su silencio: 'Es una niña muy guapa, como esta. Aunque ya sabes lo que dicen: las mujeres no son guapas ni feas. Se arreglan o no se arreglan'. En un acto reflejo, me llevé la mano al pelo deshilado en mi larga trenza, como queriendo arreglarlo. No me atreví a hacer más preguntas. En casa me esperaba un viejo libro de Alison Lurie que fue premio Pulitzer en los ochenta. La protagonista es una mujer desencantada y poco atractiva, a sí se ve ella en su reflejo, que va a todas partes con un perro faldero. Es un animal fiel que solo pide que lo alimentes con inseguridad y dependencia. Se llama Autocompasión.
No sé si os pasado alguna vez. Dejaros llevar por una antigua inercia y enfilar un destino equivocado. A mí me ocurrió ayer, después de mucho tiempo siguiendo el camino correcto (... es mucho decir). Volvía a casa cruzando el caudaloso río de la noche, con la luna como un gajo de naranja suspendida sobre mí, y me encontré de pronto en mitad de una carretera en obras. Iba en coche. Eran cerca de las doce. Probablemente me sobresaltó lo tortuoso de la pista en la que me había metido dejándome llevar. Para variar, la radio del coche estaba apagada, así que esta vez no me acompañaba el desconcierto un viejo éxito de los noventa, alguna balada furiosa de Sergio Dalma, por ejemplo, o las susurrantes voces de un programa donde se comparten intimidades, pecados, sospechas y esperanzas casi tan grandes como las de Dickens. Un silencio en zumbidos de moscón ponía al momento una banda sonora de ojos fijos y cansados, a lo Bagdad Café. Simplemente había tomado la dirección a mi antiguo hogar. El dúplex en el que vivíamos hasta hace poco más de un año, donde nos habíamos mudado como novios que estrenan vida juntos, donde aprendimos a freír huevos y hacer fresas flambeadas, donde medimos distancias y dormimos en pijama para dos para combatir el frío invierno y, abreviando, donde esperamos a mi hija nueve largos meses. Ese fue también su nido cuando era una habichuela durmiente perdida en una enorme cuna blanca con colcha de cuadros de Vichy rosa y beis. Era una obra de arte. Todo en la casa la miraba, todo parecía escuchar el ritmo de su corazón, e incluso latir con él. No sé en qué podía ir pensando ayer cuando tomé ese camino hacia lo pasado. Creo que recordaba a Robert Redford en 'Tal como éramos'. Pensaba en su sonrisa abierta y en cómo le quería en la peli su partenaire Streisand, con el pensamiento bien cimentado y batalludo, con ese denuedo que parece obviar que el amor no se gana con el sudor de la frente. Que es un estado febril irreversible que se agudiza cuando uno se pierde en el camino.
La Luna de esta noche es un melón al que le han mordido un cuarto. Hace un rato la veía desde el coche, con el letrero de Ikea un poco más abajo, en la entrada fabril de la ciudad. «Si la Luna fuera espejo, qué bien que yo te vería...», decía Gerardo Diego, «Si la Luna fuera espejo cuántos eclipses habría, por tu culpa los astrónomos todos se suicidarían...». Ese poema me devuelve a las mil y una noches del Piso Verde. Cuando era estudiante de Periodismo, viví un par de años en un piso en el que predominaba el color verde. No sé si recuerdo bien, pero creo que las ventanas de aquel edificio situado en una calle con nombre de pintor estaban protegidas con barrotes de color verde botella, el baño debía de ser de un verde baño, digo yo, y en el salón pacían a sus anchas dos sofás verde pastel con hilillos de colores. Nosotras, las tres inquilinas de aquel piso a ras de cielo, mitigamos el verde con unas colchas de cuadros rojos y blancos que Ana se había traído de unas camas gemelas de su casa en Levante. Con ellas cubrimos los sofás y le dimos a la estancia un aire, cómo lo diría, algo menos grimosillo, algo más nuestro. Aquel piso es parte de la pequeña villa que habita en mí. En él María cocinaba arroz con pollo y unas croquetas de tamaño súper, y Ana, pollo con almendras y ensaladas murcianas. Solíamos hablar por los codos hasta la mil, escuchar mucha música y jugar a cosas, entre otras a las películas. Para esto, había que ser profesional. Recuerdo a María caracterizada a lo Marilyn en ese instante fetén de "La tentación vive arriba". Alguna que otra vez tocaba sesión fotográfica, y ahí lo dábamos todo, quizá ellas más que yo, siempre me ganaron en el arte de interpretar. Hay una foto en la que estamos de película, una de nosotras con una rosa entre los dientes, las tres con la dramática expresión de quien posa para la posteridad. En la universidad fueron varios los que nos tomaron por hermanas, supongo que todo acaba por pegarse, desde el estilo en la ropa hasta la manera de hablar. Yo, por María, aún digo a veces 'atrochar' cuando quiero 'atajar', y por Ana sigo canturreando un tema de Sole Jiménez que dice: "Ven a buscar el misterio de lo cotidiano...". Quizá también es por ellas que me gusta tanto 'Hannah y sus hermanas'... y reírme sola al mirarme al espejo recién levantada, y decirme ¡bunssssssdía! como lo hacía Mafalda en aquella viñeta que teníamos pegada en la pared de nuestro loco piso verde.
El lado voluble de mi corazón se debate entre Patti Smith, que prepara película biográfica, y sor Teresita, la monja que acaba de romper más de ochenta años de clausura para ver a Benedicto XVI en un baño de joven multitud. Estoy en un valle soleado viendo correr caballos salvajes, los de la generación beat. Patti sabe que Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los suyos y Teresita dedicó a Jesús 103 años de vida por cumplir la voluntad de otro, el deseo de su padre de evitar la fatiga de un trabajo. Algo así leí ayer en el periódico, de vuelta a mi rutina colegial. He disfrutado (a ratos) de 15 intensos días con mi pequeña leona, recluida en el disneyland de su universo de juegos, como subir y bajar sin descanso una escalera de piscina para pitufos, correr en círculos tras una pelota de los Simpson o inventarme, para calmar su llanto de pega, diversas versiones para una misma canción. En cualquier caso, the night doesn't belong to lovers, sino más bien a esa jauría de fieras con las que Morfeo viene a eso de las once a por las buenas chicas. Lo bueno de ser mamá a tiempo completo es que una se queda dormida en cuanto cierra los ojos. Ya casi no recuerdo aquello que me impedía dormir noche a noche hace ya casi dos años, pero a veces siento una burbuja de aire a la altura del pecho, la ausencia rara de Patti Smith. Es como una ausencia figurada, no así la de Lorca. Sin él llevamos 75 añs personas las que hacen los nombres, más que a la inversa. De hecho, por bonito que sea el sonido de Sabela, una caracola en mitad de la arena dorada, me costaría elegirlo para una hija. Al pronunciarlo o pensarlo en silencio, viene en patines metálicos corriendo a por mí aquella niña pecosa con el pelo en dos grandes coletas. Y yo no abro mis brazos en señal de bienvenida, sino que me descuelgo rauda y veloz de la nube del recuerdo. Con Sabela me ocurre lo contrario que con Vanessa, que como nombre no me gusta especialmente, pero como chica corpórea tiene un encanto especial. Me costó, nos costó, siete largos meses escoger el nombre de mi niña. Su padre y yo partíamos con propuestas antípodas. Hicimos un listado y fuimos descartando, como cuando buscamos ese piso a la medida de nuestros sueños posibles. Me gusta el significado de ese nombre, pero en su momento no me sedujo por eso, sino por su sonido de pequeñas piedras hacia arriba, como si una mano las lanzase todas al aire. Por eso, y porque entonces, embarazada yo del séptimo mes, vimos una película española de chefs y amores revueltos cuya protagonista se llamaba Sofía. No era ni mucho menos un peliculón, pero Sofia quedó prendido en mi barriga. Hoy, en el parque de juegos de nuestra vida cotidiana, el nombre se multiplicó por tres en las inmediaciones del tobogán de mayores. Acabé seriamente irritada con esa arrogancia de la i cuando alarga su paseo hasta reventar en la a. Y pensé qué sería Sofía sin mi hija. "Igual que la palabra rosa sin la rosa -diría Ángel González-. Un ruido incomprensible, torpe, hueco". Con reverberación.
Confieso que el chocolate me mató. Para celebrar mi aniversario, el otro día tuve la dulce idea de pasarme por la tahona de las tartas variadas que se venden como telas. Después de preguntar por los ingredientes de varias, me decidí por un mousse de chocolate oscuro, denso y compacto. Elegí con los ojos, como casi siempre, y también con el paladar del recuerdo de aquellas copazas con una bengala y un loro con pluma de adorno que me zampaba en Benidorm, a la luz de las farolas blancas, cuando era una niña a la sombra de los postres en flor. Mi abuela solía decir: "Vai a modo, non vaia ser o demo". Pero me apresuré a llevarme el mousse y volví volando a casa, pensando en la sobremesa. Nos tomamos el mousse de postre, él un discreto pedazo, yo una ración grande, bastante más generosa que yo, teniendo en cuenta que si hubiese pensado en mi esposo, en lugar de choco, habría elegido un sabor fresco, probablemente limón. Esa tarde, al llegar al trabajo descubrí con agrado (más bien, con un aplauso de entusiasmo) que alguien había traído una gran caja de bombones, de esos con extra de leche y delicada textura. Primero uno, venga otro... no hay dos sin tres. En un nuevo rapto de inconsciencia corrí a la máquina hipercalórica a dispensarme una chocolatina de onzas gruesas, qué valor. Al filo de las once, el hombre del saco vino a por mí. Me dormí. Desperté con la frente y los pies fríos, como jamás había salido de los amores míos. ¿O sí? Olvidar es una forma de sobrevivir. Me dormí. Desperté en un charco de sudor caliente y achocolatado, ansiedad al baño María. Era un sudor de una dulzura repugnante. Como el olor de la colonia cuando se queda resesa en el jersey. No sé si en sueños, me deslicé a la cocina a por un vaso de agua. El pasillo de noche parece el de otra casa. El insomnio es un túnel de acero, las canicas ruedan por el suelo, se oye batir de cacerolas. En mi soledad metálica de esa noche llegué a oír unas voces que parecían venir de arriba, ambas agudas y chillonas. Una más joven que la otra. Me resultaban tan familiares como extrañas. Poco después, o quizá al cabo de un par de horas, me sobresaltó el ruido de las cuerdas de un tendal. Y de nuevo unas voces con timbre de gatillo. Así son las paredes de las casas con más de treinta años. Se oye todo en dolby surround, hasta la respiración branquial de la vergüenza. Que siempre da sed.
Elena Anaya encabeza las tendencias del día no solo por su cara bonita. El viernes se estrenará la última de Almódovar, en la que esa actriz que me hace pensar en botones brillantes interpreta a Vera, una mujer fría, petrificada en el deseo de venganza. Advierte Anaya que es necesario dejarse llevar, y "dejarse tocar", por esta nueva corriente de aire del cineasta que se atrevió a morder la manzana de la diferencia. Me ha sorprendido leer unas declaraciones del manchego en que decía echar de menos tener una familia. Se refería no a la ausencia de su madre, sino al deseo de tener hijos. Supongo que es algo natural en cualquiera, y que este es un deseo que opera de improviso, como cualquier otro, sin necesidad de que uno tenga goteras en casa, vea cubos de trapos sucios por doquier, se sienta infeliz o vague desnortado. Estos días se ha publicado una investigación que confirma lo ya sugerido por estudios previos: el matrimonio reporta longevidad o, dicho al modo titular, los casados viven más que los solteros. Es una investigación de Kentucky, como el pollo frito. Sus autores aclaran que esto solo es válido para los matrimonios felices. Que probablemente no tienen mucho que ver con los que inspiraron a Groucho una sentencia como esta: el matrimonio es una carga tan pesada que se necesitan al menos tres personas para soportarla. Aclarando de entrada que me siento una mujer afortunada (por si las moscas, como diría mi abuela), a veces me pregunto qué es un matrimonio feliz, cuál es el modelo, el paradigma. ¿Es ese que se mira con ojitos y jamás pelea en público, o ese otro que tampoco lo hace de puertas adentro? ¿Es aquel que se dice toda la verdad, aquel que funciona en 59 segundos, con los tiempos bien medidos? ¿Es el de contrarios complementarios o el que se hace con caracteres que encajan a la de tres? ¿Es el de esos dos que se persiguen y van en sidecar o el de esos otros que tienen cada uno un cuarto propio, o una isla? ¿Es el de los que piensan igual o el de esos que sienten y comprenden sus diferencias y sus soledades? Cada vez desconfío más de algunos matrimonios felices que veo en los escaparates del barrio. Entre los famosos, no debían ser de esta clase el de Liz Taylor y Richard Burton, y mira qué amor de cine, qué intensidad. Tampoco el de los Woolf, pese a toda la belleza literaria que tuvieron en común, con ese precioso intercambio de cartas encantadas, graves, dramáticas, como esa última que Virginia escribió a su esposo antes de adentrarse en el río con los bolsillos llenos de piedras. ¿Qué tal un equipo de trabajo a lo Curie? ¿Qué tal una sencilla y tranquila pareja con hijos acomodada entre jardines con estanque? Yo, con serias dudas y a grandes rasgos, me quedaría con el no-matrimonio Sartre-Beauvior, con esa necesidad mutua basada en la condena del ser a su propia libertad. Será que no me toca sufrirlo, solo leerlo. Y, como siempre he creído en príncipes mendigos de sangre roja, también me estremece el encanto de esa pareja de atardecer entre flores silvestres, colibrís y libros de centeno que hacían Raymond Carver y Tess Gallagher. Ella, cuentista excepcional, lo ayudó a él a soltar la botella... Y a escribir un poema que acaba más o menos así: "Mi muos, los mismos que cumple ese sueño de trigo llamado Robert Redford. Del poeta de Fuente Vaqueros me quedo con un poema que dice: 'Entre los juncos y la baja tarde, ¡qué raro que me llame Federico!'. Seguro que a Robert le gustaría oírlo entre los caballos salvajes que corren de generación en generación. Junto al río de la vida.
No deja de sorprenderme que a las 10.27 sea mediodía. Las apariencias engañan, desde luego, este cielo enladrillado esconde un espléndido sol. No sé si a quien madruga Dios le ayuda o le salen ojeras, quizá ambas cosas, pero está claro que levantándose antes de las 8.00 todo cunde como Fairy, el milagro antigrasa. Los días estallan en copos de porexpán que se quedan en tu pelo crespo. Deberías peinarte un poco más, te advierten los que te quieren. Sí, eso es algo que echo vagamente de menos, tomarme mi tiempo con el rulo para deshacer nudos y cuidar algo las puntas. El pelo es lo de menos. Dentro de mi cabeza hay una señora Potato que mira afuera y pide ayuda con voz de trapo. Siempre he querido tener una hermana. Si otros compartieron infancia con un amigo invisible, yo hablaba en secreto con una hermana mayor con coleta alta que me ayudaba a vestir a las Nancys y a darles gotitas de jarabe rojo. No recuerdo su nombre, pero quizá era Gwendolyn, o Aurora, o Sabela. O Cuqui, el nombre mini más bonito que había escuchado nunca. Si tuviese que quedarme con una película de Woody Allen, la cosa estaría entre 'Delitos y faltas' y 'Hanna y sus hermanas'. Creo que ganaría esta última. Es por ese trío de hermanas. Se engañan, se conocen, se repelen y se quieren. Una es sensata, otra sensible, la tercera un caballo relinchón que viene a encarnar la tensión del equilibrio entre lo adecuado y lo deseable. La película me gusta por eso y por el célebre poema de cummings (con minúscula, por favor) que el marido adúltero le regala a la hermana sensual: '... No sé que hay en ti que se cierra y se abre, pero algo en mí entiende que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas. Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas'. Intensa fragilidad.
Estaba pensando en lo proféticos que son a veces los libros, las canciones, las películas... toda esa realidad alternativa llamada ficción. Con el tiempo se parecen a un dardo en la palabra. Anticipaban el descubrimiento de lo grande. Hay una canción de Pat Benatar que solía yo interpretar hace años, con los ojos pintados a brochazos azules, sobre tacones baratos y con el pelo voluminizado con ayuda de un rollo de papel higiénico. Esa canción es como una tormenta en un parque de atracciones en California, donde viven mis queridos mr. and mrs. Says. Dice: "We belong to the light, we belong to the thunder, we belong to the sound of the words, we've both fallen under...". Siempre he tomado por entrañables snobs con orgullo a quienes no traducen, pero no traduciré por temor a estropearlo. Benatar volvió a mí esta mañana, gracias al YouTube. El cansancio de la lluvia se contagió a la fauna de este hogar. Nadie quería salir del sueño. Me dije 'o te vas de loca a chapotear en la arena de la playa (en la arena, sí) con Muchoyó y Eli, o te tomas una tila, haces unos ejercicios de relax om y aprovechas la invernal jornada para recordar'. El tiempo te es propicio, me animó Goytisolo con el humo en los ojos. Así que me decidí. La pequeña y yo nos atrincheramos en el salón con un montón de provisiones: revistas, libros, álbumes de fotos, peluches, muñecas, teléfonos de juguete y fichas para construir una Babel de recuerdos particular donde una pudorosa yo se asoma a la ventana a gritar: ¡Sube ya, por Dios! La música es siempre un elemento esencial, nata para las fresas. Las que me como chupándome los dedos mientras Pat Benatar y los Waterboys se disputan el lado hambriento de mi memoria, en la que todo es mejor de lo que fue.
Pertenezco a un club con solera que ha tenido el detalle de admitirme como socia. De chiripa. O, mejor dicho, de consorte, pues soy miembro (diría miembra sin rubor) por haberme casado con mi socio... digo, con mi esposo, que es socio de este club. Creo que Groucho Marx no tendría reparo en venirse a fumar un purete de pega al salón noble de este edén recreativo familiar, solo por el enorme provecho de tirarse toda una tarde mirando alrededor bajo la visera de sus cejas. Es un panorama en verdad encantador, como un cuadro dentro de un cuadro, con su mar turquesa de piscina y el mar atlántico al fondo, con veleros como barquillos adornando un helado azul oscuro. Recuerdo la idea que tenía yo de esa clase de clubes cuando los veía desde fuera, con un aquel de mirona despectiva. 'Bah, qué gente más rara, ¿... con la cantidad de belleza que anda suelta por el mundo, quién quiere recluirse en una maqueta de Playschool?' Llevo toda una semana yendo al club mañana y tarde, aprovechando mi no-salida vacacional. Es ya como una inercia. La leoncita se despierta, da un par de zarpazos y me arranca un mechón de pelo, desayuna, nos vestimos y allá vamos las dos por el coche, siguiendo las pistas de una melodía familiar. Es un mixcli de canciones que dice 'Me voy p'al pueblo, hoy es mi día, quiero alegrar toda el alma mía. Lararará rarará rarará... vámonos... like a stone'. La vida diaria es así de kistch. Y el camino hacia el club es un tobogán de agua. Hoy llegué allí como quien vuelve a casa de una tía. La tía Tula, por ejemplo. Me unté tranquilamente la crema. Me comí una galleta. Saludé emocionada a los padres de las amigas de mi hija, esas que le quitan el elefante rosa y le mojan los rizos porque sí. Saqué mis gafas de sol en serie y mi libro, ese del que como mucho leo un par de frases al día. Mejor. En 'Frankenstein', Mary Shelley, que tomó este apellido de su espectral esposo, escribe algo así como: Los acontecimientos que marcan nuestros destinos a menudo tienen su origen en hechos triviales. Quizá eso mismo le ocurrió con su célebre obra de ternura y terror. La historia del monstruo surgió de una noche entre amigos en la villa que Lord Byron tenía junto al lago. Quizá mantuvieron entonces una conversación que empezó siendo de lo más trivial. Ahora, los tres, Byron, Percy y Mary Shelley, pertenecen a un club en el que no importan ni patri- ni matrimonio. El de los poetas que no morirán.
Estaba pensando en la cantidad de cosas que me quedan por hacer. No me refiero a fregar el suelo de la cocina ni a recoger la ropa desperdigada y todos los muñecos que han ido cayendo en el combate limpio de este viernes de agosto. Pensaba en grandes sensaciones que no he llegado a saborear, desde un cabernet sauvignon con el mejor de los amigos hasta el placer de una reconciliación necesaria o la lectura de los libros que tengo pendientes de leer. No los tostones célebres, sino los que pueden ser importantes para mí. Cada vez pienso más a menudo en lo mucho que me queda por hacer, pero ese horizonte de deseo no muestra un retablo de aventuras a lo Jack London o a lo Indiana Jones en 3D, con un mar proceloso y ardientes varones cantando cjer. Lo diré mientras pueda. Mientras respire con cada pétalo de la rosa". Amén.
La amistad es el amor pero sin sus alas. No lo digo yo, sino Lord Byron, según tuve la ocasión de descubrir haciendo un damero para pasar el tiempo. Pasar el tiempo es una función vital. Y sirve para rellenar muchas casillas en blanco. Uno de los novios de una de mis grandes y atractivas amigas no sabía, o no quería, limitarse a pasar el tiempo, ni siquiera una tarde tostada de domingo en la que solo la perspectiva de un cine nos animaría a dejar las zapatillas. '¿Pero qué vamos a hacer?', inquería él con cara de fiscal. 'Nada', explicaba ella con una sonrisa inocente, mostrando las palmas de sus manos. '¿Nada toda la tarde?', decía él en un evidente estado de agitación. En realidad, 'nada' significaba, probablemente, ver un deuvedé, picar queso, patatitas y aceitunas, o nachos y Cheetos, compartir unas cervezas y quedarse en el sofá el uno junto al otro como un ovillo de lana. Charlando. Riendo. Dando un trago. Comiendo onzas de chocolate a las afueras del día que va transcurriendo del otro lado de la ventana. Acabo de ver en las noticias que el consumo de chocolate previene los males del corazón, o más bien, los infartos, que no siempre tienen que ver con el amor. Al parecer, las personas que consumen chocolate regularmente tienen un 40% menos de probabilidades de sufrir un accidente cardíaco que los detractores del cacao. Ayer, con Emanens y palomitas, fui a ver 'Súper-8', pese a que las películas de aventuras me suelen dar pereza. Sí, así es, me aburre la acción, quizá porque el ritmo trepidante está tan metido en la terminal de la carrera que no hace más que correr, dejándolo todo atrás. Cuando uno corre lo que ocurre ahora es lo mismo que ocurrió antes, nada en realidad, solo una huida hacia delante. Lo único que va cambiando es el paisaje, y lo apenas lo hace, como cuando uno mira por la ventana de un tren en marcha. Los árboles y las casas se convierten en manchurrones de color. La vida pierde su alta definición. Con todo, aguanté las dos horas de 'Súper-8', me reí con las ocurrencias de ese equipo de críos jugando a cineastas, qué gran interpretación, y como soy así de sensiblera, se me hizo un nudo marinero en la garganta a causa del amor entre padres e hijos. No es amistad ni tiene las alas de Platón. Ni se pierde como Byron en mares tempestuosos, esos donde lo que uno desea no es hallar el norte, sino quedarse envuelto en la tempestad.
Obviando la desolada realidad de la Tierra, es delicioso desayunar con diamantes. El de Capote en Tiffanys está entre mis preferidos, sobre todo en una terracita de verano con rachas de nordés. El libro ofrece un final diferente al de la peli y también un tono y maneras bastante más heavys, o dicho de otro modo, capotescas. Encanto, sí, pero soldado al asfalto. Capote es como un Platón fagocitado por Aristóteles. Pero, en fin, yo quería hablar más bien de los tiempos que corren, en que se ha descubierto un planeta de diamante, a miles de años luz de este, donde unos pasan hambre y otros engordan de gula o se meten los dedos para vomitar. En ese otro planeta transparente de la constelación serpiente (y esto trae consigo una manzana) tampoco debe de ser fácil vivir. Qué gelidez. Y no estamos hechos para el frío, ni siquiera los del norte. Anoche, al salir del trabajo, tuve una sensación térmica de cinco grados. No eran más de las once.¿Sería la soledad de la explanada? Se ve que el otoño tiene ganas de venir... a decirnos la verdad con acuarelas. Aunque mi hija estaba pachucha, se había quedado dormida cuando abrí la puerta del hogar. Por no cambiar de onda, aproveché para ponerme 'Madres e hijas', una peli del 2009 producida por González Iñárritu, con Naomi Watts, Anette Bening y la espectacular Kerry Washington (¡seguidle la pista!) en el reparto. La había recomendado Azucena en su blog y me faltó tiempo para pedírmela. Es un dramón de campeonato. Un dramón bien hecho, con rostros impecables, silencios necesarios, palabras precisas y un acierto al pleno en el meollo del sentimiento raro que es la maternidad. No pude con el nudo en la garganta. Tuve que llorar, eso sí, con las gafas de tontiwoman puestas. No puedo contar casi nada. Solo sentirme agradecida. Por tener a mi hija cada día. Por más que nos enfademos porque pisa mis camisas y saquea todo cajón a la vista, o cosas aún peores en las que no entraré hoy. Vivimos en el planeta Tierra, entre sabandijas, lobos, tiburones y grandes manadas de félidos cautivos. A veces sentimos miedo, es cierto, pero casi nunca tenemos frío.
La manzana sigue siendo la fruta. Si la oyes decir en inglés, da igual que estés en mitad de una huerta o a punto de coger una col que te seduce bajo un foco de luz fría, piensas directamente en el iPad que, al parecer, inventó bastantes años ha Stanley Kubrick. Yo también quiero una de esas tabletas que no engordan más que las ganas de sacarlas de paseo para pasársela toucheando a ratitos toda la mañana. 'No sé para qué quieres un iPad', dice el hombre con quien duermo, 'total, tienes un iPod y no sabes ni dónde está'. No le falta razón, soy una tecnocaprichosa absurda. No es casual que ignore dónde está ese iPod que me trajo Melchor, o quizá Baltasar, hace un par de años, como no lo es que ayer, a mi vuelta a casa, encontrase una manzana mordida en la encimera de la cocina. La manzana sola, con su muerdo hiperrealista, cercada por un aura de luz tenue, como un bodegón minimal de Zurbarán. Me comí esa manzana con cierto complejo de Adán, en compañía de una Eva japobelga, Amèlie Nothomb, y 'El sabotaje amoroso', que tiene pinta de gustarme algo menos que los anteriores que he tenido el gusto de comer. Comer no es una errata. Pensé que resulta curioso que el nombre de esta autora tan mía sea Amélie. Amelia es también la señora que me sirve, en su cafetería, el mejor café del mundo corunés. Cargado y con un leve manto de espuma. Y Amalia se llamaba mi bisabuela materna, Amalia, con a, quizá en una errata del destino. Mi bisabuela, poco dada a pensar en musarañas, estaba todo el día trabajando, con zuecos de cordón, aun cuando superaba los 80. Era una señora de pañuela y mandil negros, con gatos pardos enredados en los tobillos, y que tenía la boca arrugada en una mueca severa. Zurbarán le hubiese hecho un gran retrato. Nada que ver con la dulce y cándida Amèlie de Audrey Tautou. Debió de ser ella, la Amèlie de cuento, quien ayer dejó en mi mesa gris de trabajo un poemario de Linteo. Se titula 'Consejo gratuito' y su autora es la vienesa Ilse Aichinger. El primero de los poemas dice: 'Qué haría yo si no estuviesen los cazadores, mis sueños, esos que por la mañana del otro lado de las montañas, descienden bajo la sombra'. Una manzana grande y amarilla. Como la sabiduría.
Hace más de cien millones de años, una pequeña musaraña peluda y roedora (sus dientes están intactos a día de hoy) se daba a la escalada por los árboles de la China. Sucede que a mual sirenas para mis oídos ni océanos de fuego golpeando la cara de mi vida, horneada a vivo sol. No soy una aventurera con mochila. Soy la que tira piedrecitas a la ventana de tu casa, la que enciende la linterna para leer bajo la noche, la que quiere avivar el encanto del secreto que no somos capaces de desvelar. Me quedaría, por ejemplo, toda la noche sentada junto al fuego contando historias para no dormir. Digamos que me siento como una aventurera de casa de muñecas, al estilo Mitford o Evelyn Waugh, que en realidad era un señor. De Mitford y su 'A la caza del amor', un brownie en su punto, hablaba hoy con mi amiga Ana, a la que suelo ver de año en año, retomando el hilo de la conversación. Hablamos favorablemente de la Mitford, pero también de esa pereza de gato viejo que nos dan los novelones que se llevan y las historias de amor que no dosifican su intensidad. Están llenas de silencios y de grandes palabras. Algo así decía Ana, haciendo muecas de asombro e impacto. Ya en casa, recordé a una pareja de tortolitos que vi ayer en la playa, era como si una capa de merengue les cubriese la piel. No debían de tener más de 18 o 20 años, estaban en pandilla pero a solas en una invisible tienda de campaña para dos. No pude evitar mirarles con cierta compasión. Y con ternura,claro, pero no de mujer sino de madre. Pensé: ojalá no salgan de esa tienda de campaña ni de este mes de agosto. Pero sé que lo harán. Es probable que lleguen a perderse en el bosque del que todos salimos con los labios morados, muertos de frío.
Mi hija ha cogido la costumbre de apropiarse de algunas de mis cosas, apretarlas contra sí y decir: mííío. Reconozco que está graciosa cuando lo hace, con los morritos contraídos y su agudo tono de voz. Eso, 'mío', decían las gaviotas de 'Nemo', obcecadas en su avaricia, un detalle de la peli del que a veces me río con Sara. Prefiero no preguntarme de quién aprenderá la niña esa clase de cosas, entre otras, pegarse el móvil (o el mando de la tele) a la oreja e inquerir ¿sí?, ¿sí?, ¿SÍ? subiendo los puntos del volumen. Lo que sí me pregunto es qué debo hacer yo para evitar lo que veo hacer a muchos pequeños del parque: apropiarse de lo ajeno con una actitud ciertamente arrogante. Hoy cambié el tobogán por las olas del mar. Me llevé a la playa a Amélie Nothomb. Es el tercer libro consecutivo que leo de la belga nacida en Kobe, de donde viene a ser esa carne de buey prohibitiva. Este se titula 'Ordeno y mando' y, según tengo entendido, es una segunda parte de 'Estupor y temblores', que pronto me daré el gusto de devorar. Mi hija siente, como yo, predilección por las novelas breves y los libros de cuentos, con excepciones, como Proust, a quien solo se puede leer de retiro espiritual en la Ribeira Sacra o de picoteo, en el mismo plan en el que se va a una vinoteca. El caso es que cuando la peculiar intriga Nothomb se ponía aún más interesante (lo es de principio a fin), la niña dejó de dar palmas en la tripa de su padre para venir directa a por mi libro, o mejor dicho, el de Amélie. Me lo arrebató justo cuando uno de los escasos personajes de este thriller parabólico citaba a Teresa de Ávila diciendo: "Todo lo que sucede es adorable". Me estremeció una vaga sensación de lo que suele llamarse déjà vu. Teresa de Ávila fue, junto a Bécquer, quien me inició en la poesía. Parece estar en todas partes. Tal es su gracia. La encontré primero en un viejo volumen del siglo de oro que mi madre me compró en una feria del libro usado y de ocasión en Benidorm (así es), luego en las plegarias de Truman Capote, y también en un magnífico ensayo novelesco de Rosa Montero. 'La imaginación es la loca de la casa', advirtió santa Teresa. Quizá sería bueno dejarla salir.
Parece ser que la estatua de la Libertad se cuelga al cuello el cartel de cerrado por reformas. A mi, en los tiempos que corren, me parece todo un gesto simbólico. Estaba pensando en lo esclavos que somos del mundanal ruido de las monedas en curso y todo lo material. Yo, la primera. Más de lo material como concepto que del dinero en concreto, que ahorros no tendré pero camisetas cutres, zapatos y bolsos... ni te cuento. A veces querría cerrar los ojos y que, al abrirlos, mis armarios apareciesen vacíos, o solo con lo justo. En plan Abre los ojos, ese extraño producto de Amenábar. Esta frivolidad es una vergüenza, lo sé. Las imágenes de África, los enormes ojos del niño, son como una patada en el estómago. Los cuentos de Carver, también. El hombre de Tess, Raymond Carver, está ahora en manos de mi hija, a la que dejo jugar con los libros de la estantería como si fuesen sus peluches del arcá de Noé. Hace unos meses estaría desquiciada, sudando a mares, con mi índice temblón dirigiendo la orquesta de la censura: 'Ahí no, qué te dice mamá, hay que hacer caso a mamá. Cuántas veces tengo que decirlo. Con los libros no se juega. Coge a al bebé We-we y duérmelo. Ooooooó'. Ahora este paisaje de libros desollados es mi hábitat, un cálido lugar donde casi nada es dramático, en el que todo puede esperar. De qué me sirve matarme a tila alpina si todo sucede a las afueras del organizado cosmos de un plan. Hoy me tomo tranquilamente un café negro, una rebanada de pan y una manzana roja. He visto que soñar con manzanas, en especial rojas, equivale a un buen presagio. Por lo de pronto, hoy iremos a la playa en compañía, y parece que sin viento. ¿No es un plan maravilloso? Decir 'plan' hace que se enrarezca un poco el tiempo...
A veces mi pequeña hija de año y medio se lleva los perros de paseo. Del salón a su cuarto de nubes de algodón, o al baño para refrescarlos un poco en el bidé. Eso le encanta. Abrir el grifo a tope, encharcarse y salir corriendo con los brazos en alto. Tenemos por lo menos cuatro perros, dos de ellos son grandes y suelen dormitar en el salón, sobre la alfombra de césped tabaco. Uno es tipo salchicha, de color lila, con lunares y un bonito estampado floral, y el otro, rosa y blandito, no sabría decir de qué raza. Nunca he entendido de perros, la verdad. Ni de razas. También tenemos un lince llamado papá, un gato gris sin nombre, varios osos y oseznos, un mono, una mona, una cría de cocodrilo, un conejo dormilón... Esta casa se parece cada día más a un arca a merced del oleaje de las emociones de una niña. Ha dejado de asombrarme encontrar muñecas abandonadas en el pasillo, calcetines y zapatitos sueltos por doquier, gurruños de papel higiénico salpicados a lo Pollock por el parqué o gajos de naranja pegados en las ventanas, como aquellas manos de goma que se pegaban a todas partes en la era del Blandi-blu. Esos eran tiempos. Anoche, haciendo tiempo para no dormir, llegué a dos conclusiones importantes: me dan miedo los perros y concilio mejor el sueño si me como una manzana, a poder ser roja, y puestos ya a pedir, un poco ácida. Como solo había manzanas amarillas, y los perros grandes parecían dormir a pata suelta, opté por un relato de Carver. Es del libro Catedral. En ese relato, titulado Plumas, hay varias presencias inquietantes: un pavo real que dice mi ooooo a berrido limpio, un bebé feísimo y una dentadura postiza. No sabría decir de qué iba exactamente el cuento, al más puro estilo Carver. ¿Lo grotesco que puede ser lo corriente?, ¿laenudo lo anecdótico guarda el quid de lo importante, la llave que abre la pesada puerta tras la que habita el mundo creciente de todo lo que nos queda por descubrir. Al parecer, esta musaraña, hoy convertida en fósil, podría ser la gran matriarca de la estirpe mamífera, nada menos que la bisabuela de monos, monas, hombres y mujeres como nosotros. De hecho, existen humanos con un más que razonable parecido con las sabandijas, otra forma de llamarles. Una misma, en según qué momentos, puede verse donde muere la nariz ese hocico arratonado en el espejo de su vanidad. Cambiando el ángulo de enfoque, cuando me detengo a mirar a mi hija, digo, cuando en eso consiste mi actividad, me sorprendo de todas las personas que han venido a confluir en ella y lo hacen notar en cada una de las piezas que cuadran en su bonito aspecto. Por ejemplo, en la forma de sus orejas (tiene un lóbulo del que carecíamos las mujeres de mi familia antes de su llegada), en su pelo a lo Punset, heredado de una de sus bisabuelas, en los labios gordochos que le vienen de padre, en su mirada (un par de amigos dicen que es lo único que tiene de su madre), en su manera de desactivar móviles y depilar margaritas, o en su cara de 'pillada-infraganti', que es como un molete de pan blanco con dos motas de harina por hoyuelos, como la de mi abuela Dorinda. La cara de buena de mi abuela siempre me mancha de harina. Y recordarla es entrar en la tahona. Con ella, con mi abuela, llegué a mantener conversaciones telefónicas similares a las que hoy tengo con la leoncita todas las tardes. Le ha dado por llamarme al trabajo, antes de irse a dormir. Las nuestras son conversaciones esenciales. De pocas palabras. Con silencios empanados. Dadas al placer de lo dadá y lo redundante. Cuando descuelgo la niña dice 'Mamááá'. Y yo digo: 'Hoooola'. Y ella dice: 'Mamááá'. Y yo digo: Hola, cariño, ¿cómo estás? Y ella dice: 'Hoooooola'. Y yo digo: 'Hooola, cariño, cómo estás'. Y ella: 'Ayó, mamá, ayó'. Y yo: 'Adios, un beso, cariño'. Y ella: '¡¡¡¡Maaaaamá, hooooola!!!!'. Vuelta a empezar. No es la espiral del silencio, sino la del eco. Ese que aprendí a entender con Coco, el de Barrio Sésamo. Me pregunto qué diría la bisabuela musaraña sobre esto. ¿Creerá que hemos evolucionado? Y así me quedo. Pensando en mis musarañas.
En un tiempo muy muy lejano en este mismo país que le da fin a la tierra, vivía una insomne yo. En realidad han pasado desde entonces solo un par de años, pero la vida en familia es, como solían decir los veteranos cuando yo era perita en dulce, un cambio total. Y hace que los días se expriman tan a tope como con el Radical Fruit, aquella bebida pop-rock que me fascinó una temporada. Desde que nació mi hija los años son días largos como siglos. Hoy, que Borges está de aniversario, diré que, entonces, era una mujer igual a la de ahora pero mucho más contenida y, en consecuencia mucho más tensa y temerosa, y me sentía como un memorioso Funes incapaz de irse a la cama sin el lastre de las menudencias de la jornada. La voz de Funes me sigue hablando desde aquella oscuridad de despacho de detective, de color pardo o gris marengo, con sombras vacilantes trepando por la pared, con la luz mortecina filtrándose por una pensiana que nunca se cerraba del todo. Era extraño que yo pudiese dormir normalmente, caer como una manzana madura en los campos de acuarela de sueño, o como el hombre que respiraba a mi lado como una espléndida marea. Compartí mi caso, y no de modo anónimo. Me dijeron: ponte lavanda en la almohada. Corrí a comprar saquitos con ese aroma. No funcionó, aunque quedó un olor de fresca alcoba. Y el olfato es, dicen los poetas, el más poético de los sentidos. Me dijeron: valeriana, tila alpina, Pasiflora. No funcionó. Las bolsitas de hierbas me abrían el apetito de la lectura y la escritura. Me dijeron: entonces aprovecha el tiempo en que no duermes. Haz algo. ¡Funcionó! Me di a la experimentación en la cocina con mis manos de teclista novata. Aunque esa afición duró poco, considerando que en esas lides jamás alcanzaría yo el ya mítico nivel conversación. Pero qué importa eso. Ahora raras veces sufro insomnio, si se me aparecen ovejas con cara de jeque o de duquesa enseguida las esquilo y me hago un cálido cojín de lana. Y sueño cosas raras, entre Borges y Cortázar. Dándome al placer de un juego que muere por la mañana, cuando las buganvillas se repliegan, pero queda en el aire un olor a jazmín.
Por lo que leo, la organización de Miss Italia ha decidido apostar por la belleza. Sin conservantes ni colorantes. Natural y cultivada. A partir de ahora las candidatas deberán estar libres de recortes o rellenos quirúrgicos. No sucumbir al truco de las lentillas de colores (¡con ojos carbonero, cualquiera!). Dejarse de maquillajes de guerra (como dijo la condesa de Blessintong: el mejor cosmético es la felicidad) y comerse algo más que un almendruco al día. Además, ahora viene el plato fuerte, deberán leerse al menos tres libros al año y un periódico al día. Entre los modelos, nunca mejor dicho, están mujerones de la talla de Sophia Loren (que se escribía con ph como artista) y Lucía Bosé antes de convertirse en esa hada azul que irrita a los adultos sin niño dentro. El uso de la palabra 'talla' tampoco es casual (¡Dios, me siento Lewis Carroll!), la que se propone para estas misses de ensueño es la 40. Tranquilas, chicotas de altura media..., se trata de una talla 40 para chicazas que superan los 170 cm de altura, conque ni nosotras somo tan delgadas ni ellas se pasan un ápice: voluptuosas, sí, pero en su punto. Ay. No sé qué cuerpo se me queda. Tengo alergia a los ácaros del tamaño de Berlusconi y nada contra las velinas, salvo cuando la brutalidad repentina de sus cuerpos arrasa con la belleza animada. Pero no sé... No sé si ponerse en la piel de Madame Bovary o Ana Karenina, dos de los novelones sugeridos por el certamen, insuflará a las bellezas de la Bota el espíritu necesario para triunfar como mujeres. Todos sabemos cómo acabaron Ana y Emma... y si no, lo miramos ya en Googleworld o mejor, lo leemos, aunque sea a ratitos, como se procede con Proust o Lobo Antunes. Para no quedar rezagados en la apasionante carrera de fondo de la vida cuando se deja caer por mansiones hechas de palabras y papel, construidas por tipos que nunca tienen la cara de Berlusconi. En papel, en tableta o en las líneas de una mano, es sano y hermoso leer, spam incluido. Aunque no nos den por ello una corona de reina hurí.
El sábado, celebré el sol de la mañana saliendo con mi hija a comprar fruta y, de paso, tomando en una cafetería en la que ya nos conocen un zumo de naranja y un cruasán. Diréis 'pues menuda manera de festejar el sol, salir de un sitio para meterse corriendo en otro'. Las posadas son necesarias en las rutas a la intemperie que empiezan con el alba y se acuestan con el sol... o un poco más tarde, según la pequeña sea arena de playa o el huracán Irene. En el café donde nos echamos el zumito de naranja, había un par de señores que sonreían mirando a la niña y decían: pero mira qué rica es, mira cómo se ríe. De pronto uno de los señores dejó de regar palabras a la redonda y se dirigió a mí: 'Es tu hija, soledad de las parejas?, ¿la soledad esencial del individuo?, ¿la perplejidad ante lo que ocurre?, ¿la pequeñez irreversible del hombre frente a la ballena blanca del azar?, ¿su vulgaridad?, ¿su resignación?, ¿su vergüenza?... A veces tengo la sensación de que debía hacer algo con urgencia y no logro recordar qué. No es comprar tomates ni pañales, ni recoger mi ropa o llamar a alguien que está de cumpleaños. Los perros rompen a ladrar. Es como si solo los oyese yo pero no fuese conmigo.
Tengo un vago recuerdo del día que nací. Quiero decir... siempre he tenido la sensación de que puedo acordarme de mi yo por nacer en la barriga de mi madre yendo a paso ligero hacia el hospital. Recuerdo que tanto dentro como fuera de la bolsa marsupial hacía un día rebosante de calor. No puedo equivocarme, era agosto, en concreto el día 8. Cada vez que le digo esto a mi madre ('mamá, yo me acuerdo del día que nací') ella se echa a reír y trata de explicarme que lo que recuerdo es otra cosa, el nacimiento de otro bebé. Yo era muy pequeña, tendría unos dos años, e iba caminando de la mano de mi abuela al hospital para ver a ese bebé; eso es lo que según mi madre reside de verdad en mi supuesto recuerdo de pre recién nacida. Yo no lo acabo de creer. Voy a cumplir años. Siempre lo hago con emoción, aunque cada vez con un poco más de melancolía, de esa que hace que la boca se tuerza a un lado y los ojos parezcan dos guindas rojas de almíbar. Esta vez hasta me están entrando ganas de entonar I did it my way... sabiendo que aún queda mucho por hacer. Hoy he ido a un funeral y me he acordado del primer cuento de Cemiterio de pianos, de Peixoto, aquel libro que me dejó Paula, creo que ese era su título. Allí vi a unos amigos que han vuelto a embarazarse, una vida que empieza cuando otra acaba, y me han entrado ganas de arrancarme de nuevo a crecer por una buena causa, de volver a la llantera de mamut de los domingos de letargo y recuperar esa marcha del pato tan característica de la mujer en plenitud. En su momento sé que fue duro, pero ahora me parece un telefilme encantador, para reír y lagrimear a lo tonto devorando palomitas. Afuera es noche de invierno, por más que digan agosto, y en la casa abandonada de Bates palidece la luz de una bombilla. Me pregunto si habrá alguien mirando hacia aquí. Tarareando una canción de cumpleaños.
Me tiene fascinada esa capacidad que tenemos de advertir e incluso agigantar en otros nuestros mayores defectos. Lo digo pensando en la mujer liberada que cumple, al parecer de un modo mecánico, los roles sexistas del hogar, o en ese tipo que siendo como la Virgen del Puño comunica a voces que otro jamás paga un café. Lo digo también por propia experiencia. Me cansa la gente que no para de hablar. Me violenta la que calla en momentos violentos. Desconfío de las mujeres que se dan aires de misterio. Y me desquician los incapaces de tomar una decisión, los peces de la incertidumbre. Esto podría ser un retrato robot de mí misma. El hecho en cierto modo me consuela, pues al menos veo claros algunos (solo algunos) de mis defectos. Es algo necesario ahora que le he empezado también a ver el lado bueno a mis piernas (mejor de perfil, sin duda) y a mi descabellado cabello de león. Por más que los que me quieren me digan, huelga decir que irónicamente, 'se nota que has ido a la peluquería' yo me siento la mar de femenina con el look de recién levantada. ¿Acaso no es lo que se lleva? En las de 18, me diréis. No bajaré de la nube. El aspecto no lo es todo, pero casi. Nos guste o no, hay poco que hacer en el terrible primer mundo de la frivolidad y la hipnopedia. Cuesta despegarse de esas primeras impresiones que te llevan a agarrar bien el bolso cuando un chico pitillo de 40 con gorra al revés se cruza contigo, o no pensar 'qué pija más rancia' al ver a tu primer amor (platónico, o presocrático -como diría Nothomb-) de la mano de una rubia de mechas con melena tabla, camisa hombruna y perfecto mocasín. Cuando pienso en el creador de Facebook, al que acaban de condecorar como el peor vestido de Silicon Valley, lo primero que se me viene a la mente son una sudadera y un par de chanclas haciendo clan-clan. Será efecto del cine, que en esto del vestuario a veces se lo monta de Oscar. Sigo descubriendo a Amèlie Nothomb debajo de su enorme y teatral sombrero a lo Tim Burton. Lo que leí ayer a última hora me estremeció. Decía: la única ley es la del movimiento. Y algo así como 'Si estás sufriendo, lárgate. Si te estás muriendo, lárgate'. Esto tiene que ver con escribir corriendo y correr pensando en la poesía, la justicia, de las cosas. Me pregunto hasta qué punto me descubre Nothomb más a mí que viceversa. ¿En eso consiste hacerlo bien?
Me dedico a cazar errores. Errores en el sentido ínfimo de la palabra. Faltas de ortografía, erratas que obran la confusión entre palabras de aspecto similar y distinta miga, como gato y pato; lo siento, es lo primero que se me ocurre después de recoger la cocina. No, no soy vegetariana, pero me gustaría... tanto como ser rubia natural. Algunas erratas curiosas han llegado a ver la luz: 'puto trámite' en lugar de 'puro trámite' es un ejemplo. Cualquiera diría que soy una cazadora de erratas profesional, con esta tendencia galopante a cometerlas, sobre todo en este blog de remo necesario y casual. Es, como adivináis, una forma de disculparme. Tengo que elegir entre embridarme y dejarme llevar por las teclas, felizmente atada a la cuerda de la flojera emocional. Voy con los dientes tocando el suelo. Así suena la melodía de agosto en el asfalto del norte. No sé hasta que punto los errores se cometen por error. A esta fascinante duda existencial he llegado en mi sopor de sobremesa, tras haber leído el segundo libro consecutivo de Amèlie Nothomb. Aún estoy con él, pese a su brevedad. Y no me digáis que os sueno a la señora aquella a la que cuando le preguntaron por el Dinosaurio de Monterroso dijo que no se lo había terminado pero estaba en ello. Ya. Analizando la frase... Estoy perpleja ante Nothomb, la belga con estirpe de kimono, es como si me hubiese encontrado al otro lado del espejo. No con Alicia, con Amélie, con lo genuino de mí, con algo que aún está muy por venir. Me siento entre conmovida y horrorizada. En 'Ni de Eva ni de Adán' todo es delicia de lenguaje. Yo también quiero. Aprender a escribir.
Esto es serio. Hace una semana larga que no voy a correr, lo peor no es mi cuerpo empiece a flanearse a la altura del muslamen, sino que mis párpados se vuelven pesados como juicios. Será el efecto del combinado sopor + inacción. Ayer bajé a una pequeña playa a los pies de la Torre, nuestro patrimonio mundial. Fui allí con Antía Otero (poeta y actriz) y un fotógrafo del periódico. El grano era que Antía nos dejase mirar con gran angular su distinguida belleza a lo Marion Cotillard sobre la arena, rodeada de los libros que ella leería este verano, por ejemplo. Fue ¿no?'. 'Sí', dije. 'Es muy parecida a mi nieta. Tiene la misma cara y también la peinan así...', comentó dando volumen in crescendo con las manos. Me quedé con cara de no sé. La verdad es que yo la peino como cuadra, considerando que a la primera de cambio, que es lo mismo que decir al primer golpe de nordés, acaba como su madre, una leona crispada... ¿o es encrespada? '¿Ah, sí?', dije dirigiéndome de nuevo al señor y pregunté en un abuso de cortesía: '¿Y cómo se llama su nieta?'. El señor abrió del todo los ojos, se rió como un niño y dijo: Eh, pues no lo sé. Es que son tantos...'. El otro señor, que miraba la escena con una sonrisa galante, rompió entonces su silencio: 'Es una niña muy guapa, como esta. Aunque ya sabes lo que dicen: las mujeres no son guapas ni feas. Se arreglan o no se arreglan'. En un acto reflejo, me llevé la mano al pelo deshilado en mi larga trenza, como queriendo arreglarlo. No me atreví a hacer más preguntas. En casa me esperaba un viejo libro de Alison Lurie que fue premio Pulitzer en los ochenta. La protagonista es una mujer desencantada y poco atractiva, a sí se ve ella en su reflejo, que va a todas partes con un perro faldero. Es un animal fiel que solo pide que lo alimentes con inseguridad y dependencia. Se llama Autocompasión.
No sé si os pasado alguna vez. Dejaros llevar por una antigua inercia y enfilar un destino equivocado. A mí me ocurrió ayer, después de mucho tiempo siguiendo el camino correcto (... es mucho decir). Volvía a casa cruzando el caudaloso río de la noche, con la luna como un gajo de naranja suspendida sobre mí, y me encontré de pronto en mitad de una carretera en obras. Iba en coche. Eran cerca de las doce. Probablemente me sobresaltó lo tortuoso de la pista en la que me había metido dejándome llevar. Para variar, la radio del coche estaba apagada, así que esta vez no me acompañaba el desconcierto un viejo éxito de los noventa, alguna balada furiosa de Sergio Dalma, por ejemplo, o las susurrantes voces de un programa donde se comparten intimidades, pecados, sospechas y esperanzas casi tan grandes como las de Dickens. Un silencio en zumbidos de moscón ponía al momento una banda sonora de ojos fijos y cansados, a lo Bagdad Café. Simplemente había tomado la dirección a mi antiguo hogar. El dúplex en el que vivíamos hasta hace poco más de un año, donde nos habíamos mudado como novios que estrenan vida juntos, donde aprendimos a freír huevos y hacer fresas flambeadas, donde medimos distancias y dormimos en pijama para dos para combatir el frío invierno y, abreviando, donde esperamos a mi hija nueve largos meses. Ese fue también su nido cuando era una habichuela durmiente perdida en una enorme cuna blanca con colcha de cuadros de Vichy rosa y beis. Era una obra de arte. Todo en la casa la miraba, todo parecía escuchar el ritmo de su corazón, e incluso latir con él. No sé en qué podía ir pensando ayer cuando tomé ese camino hacia lo pasado. Creo que recordaba a Robert Redford en 'Tal como éramos'. Pensaba en su sonrisa abierta y en cómo le quería en la peli su partenaire Streisand, con el pensamiento bien cimentado y batalludo, con ese denuedo que parece obviar que el amor no se gana con el sudor de la frente. Que es un estado febril irreversible que se agudiza cuando uno se pierde en el camino.
La Luna de esta noche es un melón al que le han mordido un cuarto. Hace un rato la veía desde el coche, con el letrero de Ikea un poco más abajo, en la entrada fabril de la ciudad. «Si la Luna fuera espejo, qué bien que yo te vería...», decía Gerardo Diego, «Si la Luna fuera espejo cuántos eclipses habría, por tu culpa los astrónomos todos se suicidarían...». Ese poema me devuelve a las mil y una noches del Piso Verde. Cuando era estudiante de Periodismo, viví un par de años en un piso en el que predominaba el color verde. No sé si recuerdo bien, pero creo que las ventanas de aquel edificio situado en una calle con nombre de pintor estaban protegidas con barrotes de color verde botella, el baño debía de ser de un verde baño, digo yo, y en el salón pacían a sus anchas dos sofás verde pastel con hilillos de colores. Nosotras, las tres inquilinas de aquel piso a ras de cielo, mitigamos el verde con unas colchas de cuadros rojos y blancos que Ana se había traído de unas camas gemelas de su casa en Levante. Con ellas cubrimos los sofás y le dimos a la estancia un aire, cómo lo diría, algo menos grimosillo, algo más nuestro. Aquel piso es parte de la pequeña villa que habita en mí. En él María cocinaba arroz con pollo y unas croquetas de tamaño súper, y Ana, pollo con almendras y ensaladas murcianas. Solíamos hablar por los codos hasta la mil, escuchar mucha música y jugar a cosas, entre otras a las películas. Para esto, había que ser profesional. Recuerdo a María caracterizada a lo Marilyn en ese instante fetén de "La tentación vive arriba". Alguna que otra vez tocaba sesión fotográfica, y ahí lo dábamos todo, quizá ellas más que yo, siempre me ganaron en el arte de interpretar. Hay una foto en la que estamos de película, una de nosotras con una rosa entre los dientes, las tres con la dramática expresión de quien posa para la posteridad. En la universidad fueron varios los que nos tomaron por hermanas, supongo que todo acaba por pegarse, desde el estilo en la ropa hasta la manera de hablar. Yo, por María, aún digo a veces 'atrochar' cuando quiero 'atajar', y por Ana sigo canturreando un tema de Sole Jiménez que dice: "Ven a buscar el misterio de lo cotidiano...". Quizá también es por ellas que me gusta tanto 'Hannah y sus hermanas'... y reírme sola al mirarme al espejo recién levantada, y decirme ¡bunssssssdía! como lo hacía Mafalda en aquella viñeta que teníamos pegada en la pared de nuestro loco piso verde.
El lado voluble de mi corazón se debate entre Patti Smith, que prepara película biográfica, y sor Teresita, la monja que acaba de romper más de ochenta años de clausura para ver a Benedicto XVI en un baño de joven multitud. Estoy en un valle soleado viendo correr caballos salvajes, los de la generación beat. Patti sabe que Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los suyos y Teresita dedicó a Jesús 103 años de vida por cumplir la voluntad de otro, el deseo de su padre de evitar la fatiga de un trabajo. Algo así leí ayer en el periódico, de vuelta a mi rutina colegial. He disfrutado (a ratos) de 15 intensos días con mi pequeña leona, recluida en el disneyland de su universo de juegos, como subir y bajar sin descanso una escalera de piscina para pitufos, correr en círculos tras una pelota de los Simpson o inventarme, para calmar su llanto de pega, diversas versiones para una misma canción. En cualquier caso, the night doesn't belong to lovers, sino más bien a esa jauría de fieras con las que Morfeo viene a eso de las once a por las buenas chicas. Lo bueno de ser mamá a tiempo completo es que una se queda dormida en cuanto cierra los ojos. Ya casi no recuerdo aquello que me impedía dormir noche a noche hace ya casi dos años, pero a veces siento una burbuja de aire a la altura del pecho, la ausencia rara de Patti Smith. Es como una ausencia figurada, no así la de Lorca. Sin él llevamos 75 añun momento sublime. Antía sosteniendo a un Carver severo y novato con sus delicadas manos de artista plural. Ahora Carver me diría: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y yo le guiñaría un ojo a su editor, ese que apartó toda la paja para que se viese el grano precioso del ilusionista del desencanto. Al dejar la playa, sin bajar del todo de la Torre encantada, fui con Antía, autora de un comprometido y maravilloso 'O son da xordeira' con menos de 20 años, por el valle de viento del paseo marítimo. Yo iba haciendo preguntas y ella evidenciando su arte en la dosificación de las respuestas. Me encanta esa cualidad, decir lo justo con las palabras justas. No tiene nada que ver mi modo loco de hablar, masticando calabacines viejos. Ella dijo que hacía ya un tiempo, creo que dos años, que se había enganchado a lo de correr, que le gustaba correr entre las rocas, y que si no lo hacía lo echaba de menos. Esta mañana, hace cosa de media hora, pensé 'esta es la mía', la niña aún duerme. Podría salir a correr un rato... o jugar a las palabras. Entonces escribí este post.
Según un estudio de científicos estadounidenses, 'Campeón' y Bambi' son las películas más tristes de la historia del cine. Se presupone una investigación rigurosa. Nada que ver con las mediciones de audiencias, diría la quiosquera de mi barrio; ni con las estadísticas, diría nosequién. Las relaciones entre padres e hijos empezaron a interesarme en cuanto vi salir de mis entrañas un bebé con el aspecto de un cachorro de león adormecido. Olía a piel mojada, a sudor dulce. No he sentido un impacto como aquel. Mi embarazo fue un rollo macabeo con grandes lamentaciones, cambios bruscos en la dirección del nordés de mi temperamento y una espera desesperada y desesperante al final, cumpliendo ya la dichosa semana 40. La marea de pequeño dolor con que amaneció aquel 1 de diciembre empezó a desordenarlo y cambiarlo todo, yo sabía que ocurriría algo importante, así que empecé a meter y sacar cosas en una canastilla preparada hacía cosa de un mes, como en ese juego de niñas de peinar y despeinar a una barbie sin descando, sin cejar al desquicie de la reiteración. Mi hija se apuró a nacer, como se apura ahora a escapar de la autoridad de pacotilla de su madre, o a derramar el agua del vaso, o a pillarte la pinza del pelo en un nanosegundo de giro descuidado de cabeza. Recuerdo con el dolor de lo que no volverá el momento en que la pusieron sobre mí, sobre la barriga desinflada como una bota sin vino. Sentí miedo de tocarla, como si de pronto me hubiese vuelo budista o algo así, y sentí cierto orgullo de mí. No hace mucho leí a Carmen Posadas escribiendo sobre la experiencia más común del mundo: la maternidad. La escritora hacía algo así como un reproche a esta costumbre en boga de convertir en excepcional algo tan natural y ordinario (no recuerdo sus palabras, solo la idea). Creo firmemente en Simone de Beauvoir, en que la vida es mucho más que una mesa camilla, me gusta indagar la parte en sombra de las cosas y el encanto de las ciudades lejanas, amo la lectura y la escritura, creo que sería incapaz de prescindir de ciertos libros, un cuaderno de notas y el placer de la conversación de mi gente y la que está por venir. Eso creo. Antes siento. Siento un amor Bambi por mi hija que me hace valiente y que pone todo lo demás en segundo plano. Quizá no sea profesional admitir que es lo más extraordinario de mi ordinaria vida de provinciana feliz.
Por lo que veo, Evita Perón se pasa a la animación en 3D. El equipo del filme aclara que se trata de una personalidad tan única y fuerte que difícilmente una actriz de carne y hueso podría interpretarla con éxito. No conozco mucho sobre Evita, pero ayer leí una cita suya que me dejó impactada. Es esta: "Creo en Dios y lo adoro. Creo en Perón y lo adoro. Dios me dio la vida un día, Perón me la da todos los días". Esta declaración de terrateniente del destino va incluida en un libro que vende por miles los ejemplares. Se titula Divas rebeldes y habla sobre las vidas de mujeres como la propia Evita, Maria Callas o Jackie Kennedy (son las que recuerdo ahora). El caso es que escogí ese libro para mi madre, que hoy está de cumpleaños. Precisamente esta noche, yo, a la salida del hervidero de noticias al sol, me iré de fiesta, pero no con mi madre, a la que no dudaría en pedir que se quedase a dormir con mi hija pero jamás se me ocurriría invitarla a un cóctel margarita... por poner un ejemplo. Creo que nunca se me ha ocurrido pensar en mi madre como un ser con derecho a ir de copas y divertirse, sino más bien como alguien con un fajo de obligaciones que cumplir. Ahora reparo un poco en estas cosas, levemente, será que empiezo a ver en mi hija la misma actitud arrogante y exigente con que yo solía (y aún a veces...) retar a mi madre. Según vi en un telediario, cuatro de cada cinco madres estadounidenses toman hoy a sus hijas como un modelo a seguir. Reconozco que Kitty me parece mona y que me río con el punto Pocoyó, y también que me encanta llevarme conmigo el olor a limones dulces de mi niña... pero un escalofrío estremece esta sensación solar. Se impone el síndrome de Peter Pan... o el de Benjamin Button.
Parece ser que han retirado un par de campañas de L'Oreal por los excesos con el Photoshop, esa piedra lunar de la belleza eterna, o más bien, crionizada. Se empieza por limar un poco la silueta y se acaba rebanando un brazo, que ya ha pasado con alguno de esos ángeles con sexo que desfilan en la pasarela del hombre plácidamente dormido. Estoy por decir que me trae sin cuidado que esas diosas con pelo en movimiento y piel de satén hayan salido así de una concha marina, en plan Nacimiento de Venus, o se curren su sex-appeal a base de ensaladas, cosmética y las tan afamadas TIC, una sigla con tirón, como Moccia. Pero si dijese eso mentiría, y yo no miento nunca... a menos que sea estrictamente necesario. Confieso que disfruto cuando los reporteros sin escrúpulos descubren a esos seres casi virtuales en momentos críticos: hurgándose en la nariz, quitándose un p'aluego de los dientes, luciendo celulitis, con ojos de batracio o bien embutidas en su faja. Mi contratodo (esto es, mi adorable esposo) dice: ¿Y a ti qué más te da que lleven faja? Hombre, igual-igual no es, las mujeres, algunas mujeres, disfrutamos averiguando trucos y secretos y, sobre todo encontrando puntos en común con las demás. De ahí nace precisamente el placer de la conversación copiosa en cualquier sitio, que hace desnudes tus miserias y grandezas con daiquiri en esa clase de diálogos de ping-pong entre dos amigas, o amigos (no los excluiré), que te llevan al ralentí por la avenida de la liberación. '¿Pero cómo se te ocurre airear nuestras cosas?', inquiere mi contratodo, ese noble varón. Sencillamente porque este viento del Norte lo despeja todo. Y porque, como decía Hölderlin, qué quieres, somos una conversación.
La pequeña leona tose en el cuarto de los dulces sueños mientos, los mismos que cumple ese sueño de trigo llamado Robert Redford. Del poeta de Fuente Vaqueros me quedo con un poema que dice: 'Entre los juncos y la baja tarde, ¡qué raro que me llame Federico!'. Seguro que a Robert le gustaría oírlo entre los caballos salvajes que corren de generación en generación. Junto al río de la vida.
No deja de sorprenderme que a las 10.27 sea mediodía. Las apariencias engañan, desde luego, este cielo enladrillado esconde un espléndido sol. No sé si a quien madruga Dios le ayuda o le salen ojeras, quizá ambas cosas, pero está claro que levantándose antes de las 8.00 todo cunde como Fairy, el milagro antigrasa. Los días estallan en copos de porexpán que se quedan en tu pelo crespo. Deberías peinarte un poco más, te advierten los que te quieren. Sí, eso es algo que echo vagamente de menos, tomarme mi tiempo con el rulo para deshacer nudos y cuidar algo las puntas. El pelo es lo de menos. Dentro de mi cabeza hay una señora Potato que mira afuera y pide ayuda con voz de trapo. Siempre he querido tener una hermana. Si otros compartieron infancia con un amigo invisible, yo hablaba en secreto con una hermana mayor con coleta alta que me ayudaba a vestir a las Nancys y a darles gotitas de jarabe rojo. No recuerdo su nombre, pero quizá era Gwendolyn, o Aurora, o Sabela. O Cuqui, el nombre mini más bonito que había escuchado nunca. Si tuviese que quedarme con una película de Woody Allen, la cosa estaría entre 'Delitos y faltas' y 'Hanna y sus hermanas'. Creo que ganaría esta última. Es por ese trío de hermanas. Se engañan, se conocen, se repelen y se quieren. Una es sensata, otra sensible, la tercera un caballo relinchón que viene a encarnar la tensión del equilibrio entre lo adecuado y lo deseable. La película me gusta por eso y por el célebre poema de cummings (con minúscula, por favor) que el marido adúltero le regala a la hermana sensual: '... No sé que hay en ti que se cierra y se abre, pero algo en mí entiende que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas. Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas'. Intensa fragilidad.
Estaba pensando en lo proféticos que son a veces los libros, las canciones, las películas... toda esa realidad alternativa llamada ficción. Con el tiempo se parecen a un dardo en la palabra. Anticipaban el descubrimiento de lo grande. Hay una canción de Pat Benatar que solía yo interpretar hace años, con los ojos pintados a brochazos azules, sobre tacones baratos y con el pelo voluminizado con ayuda de un rollo de papel higiénico. Esa canción es como una tormenta en un parque de atracciones en California, donde viven mis queridos mr. and mrs. Says. Dice: "We belong to the light, we belong to the thunder, we belong to the sound of the words, we've both fallen under...". Siempre he tomado por entrañables snobs con orgullo a quienes no traducen, pero no traduciré por temor a estropearlo. Benatar volvió a mí esta mañana, gracias al YouTube. El cansancio de la lluvia se contagió a la fauna de este hogar. Nadie quería salir del sueño. Me dije 'o te vas de loca a chapotear en la arena de la playa (en la arena, sí) con Muchoyó y Eli, o te tomas una tila, haces unos ejercicios de relax om y aprovechas la invernal jornada para recordar'. El tiempo te es propicio, me animó Goytisolo con el humo en los ojos. Así que me decidí. La pequeña y yo nos atrincheramos en el salón con un montón de provisiones: revistas, libros, álbumes de fotos, peluches, muñecas, teléfonos de juguete y fichas para construir una Babel de recuerdos particular donde una pudorosa yo se asoma a la ventana a gritar: ¡Sube ya, por Dios! La música es siempre un elemento esencial, nata para las fresas. Las que me como chupándome los dedos mientras Pat Benatar y los Waterboys se disputan el lado hambriento de mi memoria, en la que todo es mejor de lo que fue.
Pertenezco a un club con solera que ha tenido el detalle de admitirme como socia. De chiripa. O, mejor dicho, de consorte, pues soy miembro (diría miembra sin rubor) por haberme casado con mi socio... digo, con mi esposo, que es socio de este club. Creo que Groucho Marx no tendría reparo en venirse a fumar un purete de pega al salón noble de este edén recreativo familiar, solo por el enorme provecho de tirarse toda una tarde mirando alrededor bajo la visera de sus cejas. Es un panorama en verdad encantador, como un cuadro dentro de un cuadro, con su mar turquesa de piscina y el mar atlántico al fondo, con veleros como barquillos adornando un helado azul oscuro. Recuerdo la idea que tenía yo de esa clase de clubes cuando los veía desde fuera, con un aquel de mirona despectiva. 'Bah, qué gente más rara, ¿... con la cantidad de belleza que anda suelta por el mundo, quién quiere recluirse en una maqueta de Playschool?' Llevo toda una semana yendo al club mañana y tarde, aprovechando mi no-salida vacacional. Es ya como una inercia. La leoncita se despierta, da un par de zarpazos y me arranca un mechón de pelo, desayuna, nos vestimos y allá vamos las dos por el coche, siguiendo las pistas de una melodía familiar. Es un mixcli de canciones que dice 'Me voy p'al pueblo, hoy es mi día, quiero alegrar toda el alma mía. Lararará rarará rarará... vámonos... like a stone'. La vida diaria es así de kistch. Y el camino hacia el club es un tobogán de agua. Hoy llegué allí como quien vuelve a casa de una tía. La tía Tula, por ejemplo. Me unté tranquilamente la crema. Me comí una galleta. Saludé emocionada a los padres de las amigas de mi hija, esas que le quitan el elefante rosa y le mojan los rizos porque sí. Saqué mis gafas de sol en serie y mi libro, ese del que como mucho leo un par de frases al día. Mejor. En 'Frankenstein', Mary Shelley, que tomó este apellido de su espectral esposo, escribe algo así como: Los acontecimientos que marcan nuestros destinos a menudo tienen su origen en hechos triviales. Quizá eso mismo le ocurrió con su célebre obra de ternura y terror. La historia del monstruo surgió de una noche entre amigos en la villa que Lord Byron tenía junto al lago. Quizá mantuvieron entonces una conversación que empezó siendo de lo más trivial. Ahora, los tres, Byron, Percy y Mary Shelley, pertenecen a un club en el que no importan ni patri- ni matrimonio. El de los poetas que no morirán.
Estaba pensando en la cantidad de cosas que me quedan por hacer. No me refiero a fregar el suelo de la cocina ni a recoger la ropa desperdigada y todos los muñecos que han ido cayendo en el combate limpio de este viernes de agosto. Pensaba en grandes sensaciones que no he llegado a saborear, desde un cabernet sauvignon con el mejor de los amigos hasta el placer de una reconciliación necesaria o la lectura de los libros que tengo pendientes de leer. No los tostones célebres, sino los que pueden ser importantes para mí. Cada vez pienso más a menudo en lo mucho que me queda por hacer, pero ese horizonte de deseo no muestra un retablo de aventuras a lo Jack London o a lo Indiana Jones en 3D, con un mar proceloso y ardientes varones cantando cras la matriarca enciende la lamparita de las teclas de su voz. No hay demasiado tiempo para escribir, me he propuesto darle entre cinco y siete minutos a mi necesidad de sacudir las migas del mantel de flores de hoy. Creo que dormir empieza a ser necesario para atemperar el humor. Si duermo como un oso tengo un humor de perros, pero si voy de murciélago, soy un roedor de la paciencia ajena durante todo el día que llega después. Estaba cronometrando... y pensando en el azar y las señales. Yo soy de las que creen en ellas, con reparos, sí, y no me refiero al stop ni al 120 que se zampa al 110, sino a pequeñas y grandes coincidencias que hacen que un poeta que escribe lo que eres haya recibido el Nobel el año en que naciste tú, o, ampliemos miras, que el Pequeño Bastardo de James Dean, el Porsche que le costó la vida y forjó el mito, haya ido desperdigando el infortunio a su paso veloz, llegando incluso a aplastar a un mero visitante de una exposición. Eso comentábamos hoy de sobremesa sobre el chico de hermoso cadáver que sigue vivo al oeste del Edén. Las paradojas suelen tener razón. Cuando era pequeña subía las escaleras de tres en tres para que un conjuro surtiese espaguetti a la boleñesa como plato del día, o cerraba los ojos y jugaba a adivinar el color del coche que vendría a continuación. En caso de acierto, se adjudicaba ipso facto un pronóstico feliz, como ir al cine y después de hamburguesa al Burger King. Eran tiempos... Aunque creo que este ejemplo de los coches de colores no es cosa de mi infancia, sino de una película, y hasta diría para más señas y señales que de León Aranoa. A veces basta solo con mencionar de pasada una cosa para recordar exactamente cómo era. Si te pones a describir su manera de andar o de tomarte el pelo, acabarás sintiendo la punzada del secreto de sus ojos. Quizá sea casual que alguien se cruce contigo cuando la calle se estrecha o que tus amigos compartan nombre o signo zodiacal. Hoy he encontrado en la calle una medalla que pedía protección a san Antonio. Brillaba justo a mis pies, no había nadie delante ni detrás de mí, solo la estepa de una calle por la que corrió mi infancia, parándose en la tienda de comestibles de la esquina, ya desaparecida, a comprar palotes y esa clase de chicles que crecían en la boca como un globo de lona. Muy cerca del lugar del hallazgo de hoy, en un cuarto piso de comedor oscuro, con galería, con plantas y gorriones en las ventanas, vivía mi abuela cuando mi hija era yo. El río repone su caudal. También yo fui niña, aunque a veces me cueste creerlo y tenga la certeza de que esa con chicho a un lado que se come en la foto una manzana de feria en Torremolinos solo guarda conmigo un vago parentesco. En mi hija me reconozco más que en mi propia infancia. Tendrá que ver con eso que advierte Ethan Canin en 'América, américa': Los hijos no solo nos cambian el futuro, sino también el pasado. Quizá no por casualidad.
Hay un verso de Emily Dickinson que dice: Mi pie está en la marea. Esa es la inestabilidad que siento que yo cuando mi hija viene corriendo hacia mí con las garras por delante. Cuando se irrita, generalmente a causa de la falta de sueño, es tal su excitación que tanto me puede dar un telefonazo en el labio y partírmelo como pegarme un muerdo de pantera en la nariz, arrancarme un pendiente o asfixiarme en un apasionado abrazo de cachorro feliz. Pese a su destreza para coger una a una las migas de pan, con sus dedos como pinzas de depilar, mi hija se comporta la mayoría de las veces como un animal, y no precisamente de compañía. Nada que ver con el plácido gatito ovillado a los pies de una butaca de cuadros con mantita a la sazón. Mi hija es una leoncita en cautividad. Ahora va a casi todas partes con un lince. Es un lince orejudo con peto azul que llegó con un brik de leche bajo el brazo, al que la niña llama papá. Pa Pá, dice en dos golpes húmedos de voz con la boca complicada en una sonrisa de melón. A veces se le cae la baba. Ese lince no es uno más. Es el rey de la selva de un hogar en el que habitan varias especies comunes y otras en peligro de extinción. Como el lince Papá, mismamente. El hábitat en que vive esta familia sin arca de Noé, pero con palacio gore-tex de campaña en el salón (allí se refugia nuestra fauna al acecho del ocaso), es cálido y alegre, como un oasis tropical en la ciudad con capota. Hay hogares sometidos a la dictadura del orden y el silencio, como si estuviesen ahí no para estar, sino solo por estar, solo para ser vistos por terceras personas. Mi hogar dice de mí, de mi gusto por el detalle y mi temperamento caótico, ahora multiplicado por veinte o treinta fieras de peluche. Puede que no sea perfecto. Pero es el único lugar donde siento que he llegado. Y mi pie encuentra su horma en la vieja zapatilla. Es un descubrimiento todos los días.
Soy esa clase de mujer que dice pasar de largo de los signos del zodiaco... pero les echa un vistazo siempre que se tercia la ocasión. Así, como quien no quiere la cosa, como probando a mirar y no mirar con un ojo tras el cojín. Ocurrió esta misma mañana. En una de esas revistas rosa neón con las que me gusta frivolizar el rato, ese que estoy en la cocina esperando que acaben de cocer las verduras para el puré de mi niña, posaba fiero el león. Soy una leo algo avergonzada de su arrogancia astral. No hay nada que hacer, mi ombligo es grande por naturaleza, aunque es cierto que con el tiempo se ha escondido hacia dentro para sobrevivir en el mundo al revés de Sartre y Beauvior, en que el infierno no son los otros, sino nosotros. Mi horóscopo me ve esta semana en plan pantera en el amor (dice: te has atrevido a echarle la garra a todo un Capricornio... ¡qué aterradora concreción!) y algo floja de dinero. Esto último se cuida de advertirlo con delicadeza, lo cual siempre es de agradecer. Reparé en una curiosidad. Esa noche había despertado acuciada precisamente por problemas económicos. Soñé que me metía en un bazar de complementos caros y dependientas rapaces en el que me gastaba la astronómica cifra de 200 euros. Qué queréis. La crisis es la crisis. A cambio de pelar mi bolsillo me llevaba una pulsera de cuero roja con una piedra alargada, enorme y fea en el centro, un bolso de muñeca antigua y no recuerdo qué más. Ninguna de las tres cosas me gustaba, pero me parece que una de las dependientas (sería la jefa) insistía: "Mujer, llevátelo, te lo pondrás con todo". Desperté con un tintineo de monedas finas. Mi hija decidió estrenar temprano un día de sol. Desayunamos, llenamos el cestón con pañales para el agua, crema +50, toallitas húmedas, cubito y pala, dos toallas, un neceser con peine y algunas monedas... y un libro de Amélie Nothomb que llegó allí por despiste. Con el cargamento colgando de un brazo, bajamos a la playa. Una leo de melena encrespada y una pequeña ¿offiuco? (pero qué demonios es esto...) que iba corriendo con el dedo de Colón apuntando hacia el mar: A-guá. A-guá. Allí, cerca del mar, disfrutamos del sabor de la arena, sí, quise decir sabor, y llenamos una y otra vez el mismo cubo de agua para mojarnos algo más que los pies. Jugamos a la pilla con dos niños de cinco y tres años con ganas de guerra limpia, y después al veo-veo en la modalidad colores, y al piedra, papel y tijera. A contar cuentual sirenas para mis oídos ni océanos de fuego golpeando la cara de mi vida, horneada a vivo sol. No soy una aventurera con mochila. Soy la que tira piedrecitas a la ventana de tu casa, la que enciende la linterna para leer bajo la noche, la que quiere avivar el encanto del secreto que no somos capaces de desvelar. Me quedaría, por ejemplo, toda la noche sentada junto al fuego contando historias para no dormir. Digamos que me siento como una aventurera de casa de muñecas, al estilo Mitford o Evelyn Waugh, que en realidad era un señor. De Mitford y su 'A la caza del amor', un brownie en su punto, hablaba hoy con mi amiga Ana, a la que suelo ver de año en año, retomando el hilo de la conversación. Hablamos favorablemente de la Mitford, pero también de esa pereza de gato viejo que nos dan los novelones que se llevan y las historias de amor que no dosifican su intensidad. Están llenas de silencios y de grandes palabras. Algo así decía Ana, haciendo muecas de asombro e impacto. Ya en casa, recordé a una pareja de tortolitos que vi ayer en la playa, era como si una capa de merengue les cubriese la piel. No debían de tener más de 18 o 20 años, estaban en pandilla pero a solas en una invisible tienda de campaña para dos. No pude evitar mirarles con cierta compasión. Y con ternura,claro, pero no de mujer sino de madre. Pensé: ojalá no salgan de esa tienda de campaña ni de este mes de agosto. Pero sé que lo harán. Es probable que lleguen a perderse en el bosque del que todos salimos con los labios morados, muertos de frío.
Mi hija ha cogido la costumbre de apropiarse de algunas de mis cosas, apretarlas contra sí y decir: mííío. Reconozco que está graciosa cuando lo hace, con los morritos contraídos y su agudo tono de voz. Eso, 'mío', decían las gaviotas de 'Nemo', obcecadas en su avaricia, un detalle de la peli del que a veces me río con Sara. Prefiero no preguntarme de quién aprenderá la niña esa clase de cosas, entre otras, pegarse el móvil (o el mando de la tele) a la oreja e inquerir ¿sí?, ¿sí?, ¿SÍ? subiendo los puntos del volumen. Lo que sí me pregunto es qué debo hacer yo para evitar lo que veo hacer a muchos pequeños del parque: apropiarse de lo ajeno con una actitud ciertamente arrogante. Hoy cambié el tobogán por las olas del mar. Me llevé a la playa a Amélie Nothomb. Es el tercer libro consecutivo que leo de la belga nacida en Kobe, de donde viene a ser esa carne de buey prohibitiva. Este se titula 'Ordeno y mando' y, según tengo entendido, es una segunda parte de 'Estupor y temblores', que pronto me daré el gusto de devorar. Mi hija siente, como yo, predilección por las novelas breves y los libros de cuentos, con excepciones, como Proust, a quien solo se puede leer de retiro espiritual en la Ribeira Sacra o de picoteo, en el mismo plan en el que se va a una vinoteca. El caso es que cuando la peculiar intriga Nothomb se ponía aún más interesante (lo es de principio a fin), la niña dejó de dar palmas en la tripa de su padre para venir directa a por mi libro, o mejor dicho, el de Amélie. Me lo arrebató justo cuando uno de los escasos personajes de este thriller parabólico citaba a Teresa de Ávila diciendo: "Todo lo que sucede es adorable". Me estremeció una vaga sensación de lo que suele llamarse déjà vu. Teresa de Ávila fue, junto a Bécquer, quien me inició en la poesía. Parece estar en todas partes. Tal es su gracia. La encontré primero en un viejo volumen del siglo de oro que mi madre me compró en una feria del libro usado y de ocasión en Benidorm (así es), luego en las plegarias de Truman Capote, y también en un magnífico ensayo novelesco de Rosa Montero. 'La imaginación es la loca de la casa', advirtió santa Teresa. Quizá sería bueno dejarla salir.
Parece ser que la estatua de la Libertad se cuelga al cuello el cartel de cerrado por reformas. A mi, en los tiempos que corren, me parece todo un gesto simbólico. Estaba pensando en lo esclavos que somos del mundanal ruido de las monedas en curso y todo lo material. Yo, la primera. Más de lo material como concepto que del dinero en concreto, que ahorros no tendré pero camisetas cutres, zapatos y bolsos... ni te cuento. A veces querría cerrar los ojos y que, al abrirlos, mis armarios apareciesen vacíos, o solo con lo justo. En plan Abre los ojos, ese extraño producto de Amenábar. Esta frivolidad es una vergüenza, lo sé. Las imágenes de África, los enormes ojos del niño, son como una patada en el estómago. Los cuentos de Carver, también. El hombre de Tess, Raymond Carver, está ahora en manos de mi hija, a la que dejo jugar con los libros de la estantería como si fuesen sus peluches del arcá de Noé. Hace unos meses estaría desquiciada, sudando a mares, con mi índice temblón dirigiendo la orquesta de la censura: 'Ahí no, qué te dice mamá, hay que hacer caso a mamá. Cuántas veces tengo que decirlo. Con los libros no se juega. Coge a al bebé We-we y duérmelo. Ooooooó'. Ahora este paisaje de libros desollados es mi hábitat, un cálido lugar donde casi nada es dramático, en el que todo puede esperar. De qué me sirve matarme a tila alpina si todo sucede a las afueras del organizado cosmos de un plan. Hoy me tomo tranquilamente un café negro, una rebanada de pan y una manzana roja. He visto que soñar con manzanas, en especial rojas, equivale a un buen presagio. Por lo de pronto, hoy iremos a la playa en compañía, y parece que sin viento. ¿No es un plan maravilloso? Decir 'plan' hace que se enrarezca un poco el tiempo...
A veces mi pequeña hija de año y medio se lleva los perros de paseo. Del salón a su cuarto de nubes de algodón, o al baño para refrescarlos un poco en el bidé. Eso le encanta. Abrir el grifo a tope, encharcarse y salir corriendo con los brazos en alto. Tenemos por lo menos cuatro perros, dos de ellos son grandes y suelen dormitar en el salón, sobre la alfombra de césped tabaco. Uno es tipo salchicha, de color lila, con lunares y un bonito estampado floral, y el otro, rosa y blandito, no sabría decir de qué raza. Nunca he entendido de perros, la verdad. Ni de razas. También tenemos un lince llamado papá, un gato gris sin nombre, varios osos y oseznos, un mono, una mona, una cría de cocodrilo, un conejo dormilón... Esta casa se parece cada día más a un arca a merced del oleaje de las emociones de una niña. Ha dejado de asombrarme encontrar muñecas abandonadas en el pasillo, calcetines y zapatitos sueltos por doquier, gurruños de papel higiénico salpicados a lo Pollock por el parqué o gajos de naranja pegados en las ventanas, como aquellas manos de goma que se pegaban a todas partes en la era del Blandi-blu. Esos eran tiempos. Anoche, haciendo tiempo para no dormir, llegué a dos conclusiones importantes: me dan miedo los perros y concilio mejor el sueño si me como una manzana, a poder ser roja, y puestos ya a pedir, un poco ácida. Como solo había manzanas amarillas, y los perros grandes parecían dormir a pata suelta, opté por un relato de Carver. Es del libro Catedral. En ese relato, titulado Plumas, hay varias presencias inquietantes: un pavo real que dice mi ooooo a berrido limpio, un bebé feísimo y una dentadura postiza. No sabría decir de qué iba exactamente el cuento, al más puro estilo Carver. ¿Lo grotesco que puede ser lo corriente?, ¿laos no jugamos. Se me encendió la luz de proponerlo pero Brais, el de 5, dijo con los ojos parpadeantes de espanto: "Nooooooo. Eso no". Tuvo que hacerse mediodía para que yo pudiese dedicarme a Nothomb. Desde que la vi escribir 'peripatético' sé que estamos on-line. Amélie Nothomb no tiene corazón, me hace reír. Se dirige a mi cabeza pero a ratos me da codazos en la boca del estómago o me hace un nudo en el cuello que parece de emoción. Es lúcida y descabellada. Como una febril carta de amor en formulario. Como un astronauta maqueado que se mueve a saltitos sobre las puntas de sus pies para no rayar el parqué de la sala de estar. El libro descansa a mi lado, tranquilamente abierto, sin exigir más que un poco de compañía. Ahora es muy de noche y la casa está en silencio. Solo se oye el zumbido de este ordenador con buena música en el disco duro. Todas las monedas gruesas se rompen en la voz de Amy Winehouse, que ha muerto hoy. A los 27. Como Janis Joplin. Otra leona cautiva.
Desde quer Iker Casillas se ha decidido a sacar su lado romanticón en Facebook y Busta crece en amor por Paula E., a mí me ha asomado el prosaísmo. Soy así de antípoda, qué queréis. De hecho, creo que en este momento no escribiría un post como el anterior jamás. No pasa nada, me ocurre a menudo, quiero decir... sostener firmemente una opinión y al cabo de un rato no estar de acuerdo conmigo, y mosquearme. Hace más de un año que Iker y Sara posaban en portada con borsalino, gafas de aviador en serie y libro de Moccia. Es una imagen que aún me estremece un poco al estilo Burton (no Richard, sino Tim) en un día como hoy, en que al fin hemos amanecido con sol por este norte de nubosidad invariable. He empezando cantando una canción, compuesta por la menda, que decía "Mi amor So-so, mi amor So-só, susuá, susúa... no me tires del colgante y del fular". He hecho caso del mensaje de esa camiseta a rayas que dice Just do it. Y he salido a correr. Hace mucho tiempo que casi todos mis esfuerzos van en esta dirección: escapar de mí. Pero solo hace cosa de un mes que lo hago corriendo. He descubierto que mis pies valen de algo (guiño a Susana). Hasta me he comprado unas zapas de marca en las rebajas y una sudadera más decente que las que usamos en casa las mujeres soft line. He bajado a la playa, a la orilla del mar, y he seguido los derroteros de un tractor. El esprín concluyó en diez o doce minutos, en que sentía ya el corazón en la boca, como una manzana grande. Me dije 'tranqui, siéntate y respira un poco de mar'. Eso hice y me quedé pensando en mi parte Jekyll y mi parte Hyde, en la mujer que se estira mucho el pelo y se pone las gafas negras de pasta y mide cada sonrisa y se cree su seriedad; y en esa otra que tiembla de emoción y se deshace a lágrima y carcajada limpia, que se descubre en el espejo el caparazón de Kafka. De esa es de la que escapo corriendo cinco minutos más. Woody Allen tiene una película maestra. Es sobre una mujer que piensa en la que pudo haber sido. Es sobre el sinsentido de hacer las cosas con vara de medir. Su título es "Otra mujer".
Soy tan miedosa que sería incapaz de leer a Henry James, aunque su vuelta de tuerca sigue aguardando en el más alto de los estantes del salón, diciéndole a la Emma de Jane Austen: La parte oculta de las cosas es mucho más interesante y consistente que un enredo de jardín con invitados. Déjate de chiquitas. Prueba esto y verás. Sé que un día me decidiré, como lo hice con Pedro Páramo y todo ese olor a piel reseca y a pólvora quemada. Entonces cogeré mi cojín de reno con orejas rojas, y me apostaré ante James con seguridad, pero también con cuidado de taparme los ojos en según qué líneas. Ver o no ver, esa es la cuestión. El domingo apoyaba ligeramente el codo izquierdo en mi querido cojín reno, que compré el diciembre que nació mi hija, imbuido mi orondo yo de espíritu navideño, mientras veía el titular de una entrevista a Rihanna. Decía algo así como "Que un hombre tome el control en el dormitorio me parece sexy". En un acto reflejo, me llevé el reno a los ojos para no leer más. Todo tiene su contexto, pero presiento que el mar de fondo puede ser más ovillado ¿Y no será más sexy dejar que el piloto de control se apague y mezclarse sin los roles del moro de por medio? Que un hombre tome en el control en el dormitorio (qué término notorio) es tan sexy como que se someta a la mujer que le da fuego, y es igualmente sexy que una mujer despliegue el poderío de su sensualidad y enseñe al hombre el encanto de llegar dando un espléndido rodeo. La emoción siempre está en el viaje. No hay amor más totalitario que el de una hembra por su cría, es puro animal. Ni hay amor más excitante y sofisticado que el que hacen dos seres de distinto nombre y linaje que se dan fuego. El primero es el brote del brote, la raíz de la raíz, así lo escribió Cummings ("Llevo tu corazón, lo llevo en mi corazón"). El otro rueda en ocasiones como una liviana piedra de Vicente Aleixandre ("Ven, ven, amor mío, ven, hermética frente, redondez casi rodante..."). Y otras veces, debe saltar y quedarse a un lado del camino. Brillando a solas.
Soy una mujer de emociones fuertes. Me refiero (un botón) a coger el coche al que le cuesta arrancar y arrancarme a conducir sin saber si un depósito en las últimas me permitirá llegar a puerto o me dejará tirada en la vasta monotonía del asfalto, a unos kilómetros de la estación de servicio de Hopper. Cuando era más joven, hubo una temporada en que se me dio por salir de noche a dar vueltas en el coche. Tranquilamente. Sin acelerones. Sobria, naturalmente. Sola o en compañía de algún alma gemela dispuesta, como diría Torrente (el brazo tonto), a 'apatrullar' la adormilada ciudad. Así surgían conversaciones trufadas de silencios que iban de flor en flor, tocando temas variados, desde la música de M80 hasta una comparativa de chocolates o emociones al vapor. Yo a esto de conducir le cogí el punto, el punto vivo, cuando mis padres me regalaron el coche rojo, más bien bajito, por el que algunas personas llegaron a identificarme. Fue el primero. El único. No estoy cambiando de tema. En el coche, sea un Simca o un Ibiza, se hace una parte nada desdeñable de la historia. Es un escenario de acontecimientos. Un beso de novios, o de amigos íntimos. Una confesión entrecortada con la barbilla temblona. La aparición de un viejo fantasma con la voz de Leonard Cohen... o David Summers. El coche es un cobijo en movimiento, un lapso de ensoñación entre dos puntos de la realidad concreta. En él yo interpreto a Marta Sánchez, o a Iva Zanicchi ("Nostalgia, de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración...") , y pienso en películas. Hoy volvía a mi hogar dándole al rewind del último wéstern de los Coen mientras saboreaba los restos del día, el meollo de verano del invierno. Muere un día que no ha de volver. La película de la que hablo clava una reflexión que se aguza con los años y que solo los grandes poetas consiguen remediar: 'El tiempo se nos escapa'. Bien, corramos tras él.
soledad de las parejas?, ¿la soledad esencial del individuo?, ¿la perplejidad ante lo que ocurre?, ¿la pequeñez irreversible del hombre frente a la ballena blanca del azar?, ¿su vulgaridad?, ¿su resignación?, ¿su vergüenza?... A veces tengo la sensación de que debía hacer algo con urgencia y no logro recordar qué. No es comprar tomates ni pañales, ni recoger mi ropa o llamar a alguien que está de cumpleaños. Los perros rompen a ladrar. Es como si solo los oyese yo pero no fuese conmigo.
Tengo un vago recuerdo del día que nací. Quiero decir... siempre he tenido la sensación de que puedo acordarme de mi yo por nacer en la barriga de mi madre yendo a paso ligero hacia el hospital. Recuerdo que tanto dentro como fuera de la bolsa marsupial hacía un día rebosante de calor. No puedo equivocarme, era agosto, en concreto el día 8. Cada vez que le digo esto a mi madre ('mamá, yo me acuerdo del día que nací') ella se echa a reír y trata de explicarme que lo que recuerdo es otra cosa, el nacimiento de otro bebé. Yo era muy pequeña, tendría unos dos años, e iba caminando de la mano de mi abuela al hospital para ver a ese bebé; eso es lo que según mi madre reside de verdad en mi supuesto recuerdo de pre recién nacida. Yo no lo acabo de creer. Voy a cumplir años. Siempre lo hago con emoción, aunque cada vez con un poco más de melancolía, de esa que hace que la boca se tuerza a un lado y los ojos parezcan dos guindas rojas de almíbar. Esta vez hasta me están entrando ganas de entonar I did it my way... sabiendo que aún queda mucho por hacer. Hoy he ido a un funeral y me he acordado del primer cuento de Cemiterio de pianos, de Peixoto, aquel libro que me dejó Paula, creo que ese era su título. Allí vi a unos amigos que han vuelto a embarazarse, una vida que empieza cuando otra acaba, y me han entrado ganas de arrancarme de nuevo a crecer por una buena causa, de volver a la llantera de mamut de los domingos de letargo y recuperar esa marcha del pato tan característica de la mujer en plenitud. En su momento sé que fue duro, pero ahora me parece un telefilme encantador, para reír y lagrimear a lo tonto devorando palomitas. Afuera es noche de invierno, por más que digan agosto, y en la casa abandonada de Bates palidece la luz de una bombilla. Me pregunto si habrá alguien mirando hacia aquí. Tarareando una canción de cumpleaños.
Me tiene fascinada esa capacidad que tenemos de advertir e incluso agigantar en otros nuestros mayores defectos. Lo digo pensando en la mujer liberada que cumple, al parecer de un modo mecánico, los roles sexistas del hogar, o en ese tipo que siendo como la Virgen del Puño comunica a voces que otro jamás paga un café. Lo digo también por propia experiencia. Me cansa la gente que no para de hablar. Me violenta la que calla en momentos violentos. Desconfío de las mujeres que se dan aires de misterio. Y me desquician los incapaces de tomar una decisión, los peces de la incertidumbre. Esto podría ser un retrato robot de mí misma. El hecho en cierto modo me consuela, pues al menos veo claros algunos (solo algunos) de mis defectos. Es algo necesario ahora que le he empezado también a ver el lado bueno a mis piernas (mejor de perfil, sin duda) y a mi descabellado cabello de león. Por más que los que me quieren me digan, huelga decir que irónicamente, 'se nota que has ido a la peluquería' yo me siento la mar de femenina con el look de recién levantada. ¿Acaso no es lo que se lleva? En las de 18, me diréis. No bajaré de la nube. El aspecto no lo es todo, pero casi. Nos guste o no, hay poco que hacer en el terrible primer mundo de la frivolidad y la hipnopedia. Cuesta despegarse de esas primeras impresiones que te llevan a agarrar bien el bolso cuando un chico pitillo de 40 con gorra al revés se cruza contigo, o no pensar 'qué pija más rancia' al ver a tu primer amor (platónico, o presocrático -como diría Nothomb-) de la mano de una rubia de mechas con melena tabla, camisa hombruna y perfecto mocasín. Cuando pienso en el creador de Facebook, al que acaban de condecorar como el peor vestido de Silicon Valley, lo primero que se me viene a la mente son una sudadera y un par de chanclas haciendo clan-clan. Será efecto del cine, que en esto del vestuario a veces se lo monta de Oscar. Sigo descubriendo a Amèlie Nothomb debajo de su enorme y teatral sombrero a lo Tim Burton. Lo que leí ayer a última hora me estremeció. Decía: la única ley es la del movimiento. Y algo así como 'Si estás sufriendo, lárgate. Si te estás muriendo, lárgate'. Esto tiene que ver con escribir corriendo y correr pensando en la poesía, la justicia, de las cosas. Me pregunto hasta qué punto me descubre Nothomb más a mí que viceversa. ¿En eso consiste hacerlo bien?
Me dedico a cazar errores. Errores en el sentido ínfimo de la palabra. Faltas de ortografía, erratas que obran la confusión entre palabras de aspecto similar y distinta miga, como gato y pato; lo siento, es lo primero que se me ocurre después de recoger la cocina. No, no soy vegetariana, pero me gustaría... tanto como ser rubia natural. Algunas erratas curiosas han llegado a ver la luz: 'puto trámite' en lugar de 'puro trámite' es un ejemplo. Cualquiera diría que soy una cazadora de erratas profesional, con esta tendencia galopante a cometerlas, sobre todo en este blog de remo necesario y casual. Es, como adivináis, una forma de disculparme. Tengo que elegir entre embridarme y dejarme llevar por las teclas, felizmente atada a la cuerda de la flojera emocional. Voy con los dientes tocando el suelo. Así suena la melodía de agosto en el asfalto del norte. No sé hasta que punto los errores se cometen por error. A esta fascinante duda existencial he llegado en mi sopor de sobremesa, tras haber leído el segundo libro consecutivo de Amèlie Nothomb. Aún estoy con él, pese a su brevedad. Y no me digáis que os sueno a la señora aquella a la que cuando le preguntaron por el Dinosaurio de Monterroso dijo que no se lo había terminado pero estaba en ello. Ya. Analizando la frase... Estoy perpleja ante Nothomb, la belga con estirpe de kimono, es como si me hubiese encontrado al otro lado del espejo. No con Alicia, con Amélie, con lo genuino de mí, con algo que aún está muy por venir. Me siento entre conmovida y horrorizada. En 'Ni de Eva ni de Adán' todo es delicia de lenguaje. Yo también quiero. Aprender a escribir.
Esto es serio. Hace una semana larga que no voy a correr, lo peor no es mi cuerpo empiece a flanearse a la altura del muslamen, sino que mis párpados se vuelven pesados como juicios. Será el efecto del combinado sopor + inacción. Ayer bajé a una pequeña playa a los pies de la Torre, nuestro patrimonio mundial. Fui allí con Antía Otero (poeta y actriz) y un fotógrafo del periódico. El grano era que Antía nos dejase mirar con gran angular su distinguida belleza a lo Marion Cotillard sobre la arena, rodeada de los libros que ella leería este verano, por ejemplo. Fue
Cerca de mi puesto de trabajo hay otro puesto de trabajo con seis rosas. Seis rosas boca abajo. Creo que son seis, están en hilera, pegadas con trozos de fixo sobre la superficie gris de una mesa de oficina. Junto a ellas un cartel dice en claras y pulcras letras: 'Rosas en proceso de secado'. Yo a bote pronto diría que esto es poesía y que la poesía tiene mucho sentido del humor. A mí me encantan las rosas, las blancas, y también las rojas como el vino tras una larga siesta de madera de roble. Muchos han perdido la costumbre de regalarlas, las rosas y las flores en general, como si fuese un gasto superfluo o un detalle de otros tiempos, en los que Ellen Olenska recibía delicadas visitas a la hora del té. Escogí rosas para mi ramo de novia al uso, que luego le llevé a mi abuela dormida y que en realidad no se parecían en nada al descocado ramillete de rosas entreabiertas y escarchadas que yo imaginaba en mi mano de recién casada. He tenido flores, flores de uno, dos o seis o siete días, pero nunca he sabido conservar su belleza, hacer que duren petrificadas en la alegría de un instante. Mi madre me decía que podía ponerlas a secar en el armario de la habitación del fondo, sujetas con pinzas, boca abajo, pero yo, en mi impaciencia, acababa por olvidarme de las flores, como de las llaves en cualquier bolso o de los chicles en el bolsillo del pantalón. Hace poco encontré un pétalo seco en medio de los Diarios de Robinson, de Anton Vallet. No recuerdo de dónde llegó. Es un poemario que dice: "Perdóname por todo lo que nunca te diré". Es emocionante ese silencio. Entre sus páginas también había una foto de pareja sonriendo en un día de cielo completamente azul. Éramos nosotros. Cuando todavía éramos aquellos dos.
No debe de ser fácil escribir una novela. Yo misma lo he intentado varias veces, sin manejar ningún tipo de documentación, a solas con la fantasmagoría de mis pensamientos e impresiones. Debo de tener aún, en una caja en mi cuarto de hija única, o en aquel baúl con rosas pintadas, el manuscrito de Solo o con Carmen, el primer proyecto de novela que escribí. Recuerdo que entonces vivía en una residencia de estudiantes en la que casi todas las noches había conversación hasta el amanecer. Yo, un punto Proust, no podía irme a dormir sin darle la vara a alguna de las Marías, en especial a la Alonso, que hasta me dejaba meterme en su cama cuando me entraba el canguele. María me daba galletas y perrunillas (creo que ese era su nombre), leía mis cosas y me dejaba que se las leyese en alto, engolando la voz como si fuese una Dickinson o una Bishop... o Nuria Espert. Una vez me regaló un póster artesano que decía "Abelenda es escritora" con letras de colores recortadas de revistas. No es fácil agradecer eso, como no lo es escribir una novela que cuente bien algo, sea lo que sea, un acontecimiento histórico o un hecho tan trivial como una intriga de oficina o un triángulo de amor. Supongo que es importante saber lo que se quiere contar (¿lo es?), aunque después el viento del azar nos vaya moviendo la arena del camino. Y nos dejemos llevar. El caso es que tengo que hacer una crítica sobre una novela, y eso tampoco es fácil. Se trata de una novela que yo misma escogí merodeando en la zona de novedades, con sus verduritas frescas. Su portada no me abrió el apetito, pero sí su arranque. Soy de las que escogen leyendo las primeras líneas. En los libros y casi todo lo demás. No sé si es un buen criterio, pero de momento suele funcionar. Este libro en cuestión es de Cathleen Schine y arranca con el divorcio de un matrimonio tras 50 años en común. Solo he llegado a la mitad, pero ya me he reído, o más bien sonreído varias veces, con su puntazo yidish y su estilo Jane Austen hecha al nuevo estilo del amor. Me debato entre Austen y Bukowski, ¿perderé la cabeza? No sé cómo empezar esa crítica, la de "Divorcio en Nueva York"... Pues quizá recordando lo que el otro día oí de Patricia, una periodista de 23. Le pregunté: "¿Siempre te lees el libro entero para hacer la crítica?". Dijo, los ojos como platos: "Siempre. Aunque me tenga que quedar toda la noche leyendo". Empezaré por tratar de acabar mi lectura.
Es emocionante lanzar palabras a la red sin saber si hay alguien pescando. Me gusta la incertidumbre, pero solo en las cosas que no tienen demasiada importancia. Hoy, para invariar, hace un lunes de narices, no sabría decir de qué tipo, ahora que un estudio serio acaba de determinar la existencia de hasta 14 tipos de nariz, cada cual con su personalidad pareja. Que tu nariz es respingona celestial, entonces inspiras confianza. Que la tienes griega, pues qué haces en camiseta desvaída y moño loco, maquéate y a arrasar a lo Gisele Bundchen. Esto va un poco como los horóscopos, esa apasionante novela por tuit-entregas. En serio, este lunes fui a la peluquería. Esto merece una pausa. Creo que fue Neruda (Neftalí) el que acertó a escribir que el olor de las peluquerías le hacía llorar a gritos. Ese poema también tiene que ver con los lunes y la cara de cárcel con la que algunos iniciamos la semana. Por qué costará tanto volver a empezar. Todo parece igual, pero no lo es. Este es otro día. Te ha salido una cana. Te miras esa arruga rapaz en el espejo. Te falta menos para alcanzar los 34, por más que siempre te hayas sentido como si tuivieses 56. Para qué corres, ¿no querías demorarte en el camino? Menos mal que, mientras los macarrones se recuecen en una deliciosa salsa de bote y mi pelo frito va ganando la crispación natural del día, tengo a mi lado a un hombre dice las cosas sin alzar la voz. Y también tengo a Bukowski, que dice: "Nunca tendré una casa en el valle, con enanitos de piedra en el jardín". Creo que yo tampoco, pero reconozco que a veces me encantaría.
En la estantería más grande de mi salón, donde Proust se toca sin problema con El Motorista Fantasma, donde distintas generaciones en marco vienen a coincidir en el mismo tiempo y lugar, hay desde hace unos días unas letras inquietantes que dicen Thrombocid. Sí, ahí está la caja alargada, amarilla y negra, no sé si con el bote de crema dentro, porque esta es una de esas heridas en las que mejor no hurgar. Mi hija ha multiplicado opciones en lo que viene a ser el desastrado estilismo de mi hogar. No es que ella haya dejado en ese lugar el Thrombocid. Empieza a poner lavadoras llenas de arrugadas pelotas de papel higiénico, pero todavía no alcanza la llave en la cerradura, ni tampoco ese estante donde dejamos el teléfono para evitar las imprevistas llamadas del fantasmico. El otro día, no sé de quién aprenderá, empezó a enroscarse aun más los caracolillos del pelo y a mirar a todas partes con actitud aguileña. Entonces vio el teléfono al alcance, un zarpazo y a llamar. La dejé hacer, un poco por dejarme a mí un rato de tregua en este imperio del No. La oí hablar a ratos con una soltura inusual, decía valllle, mmmm, apuúu, chi, y sonreía con sus grandes paletas tronzamanzanas. Entonces se acercó a mí y un momento sublime. Antía sosteniendo a un Carver severo y novato con sus delicadas manos de artista plural. Ahora Carver me diría: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? y yo le guiñaría un ojo a su editor, ese que apartó toda la paja para que se viese el grano precioso del ilusionista del desencanto. Al dejar la playa, sin bajar del todo de la Torre encantada, fui con Antía, autora de un comprometido y maravilloso 'O son da xordeira' con menos de 20 años, por el valle de viento del paseo marítimo. Yo iba haciendo preguntas y ella evidenciando su arte en la dosificación de las respuestas. Me encanta esa cualidad, decir lo justo con las palabras justas. No tiene nada que ver mi modo loco de hablar, masticando calabacines viejos. Ella dijo que hacía ya un tiempo, creo que dos años, que se había enganchado a lo de correr, que le gustaba correr entre las rocas, y que si no lo hacía lo echaba de menos. Esta mañana, hace cosa de media hora, pensé 'esta es la mía', la niña aún duerme. Podría salir a correr un rato... o jugar a las palabras. Entonces escribí este post.
Según un estudio de científicos estadounidenses, 'Campeón' y Bambi' son las películas más tristes de la historia del cine. Se presupone una investigación rigurosa. Nada que ver con las mediciones de audiencias, diría la quiosquera de mi barrio; ni con las estadísticas, diría nosequién. Las relaciones entre padres e hijos empezaron a interesarme en cuanto vi salir de mis entrañas un bebé con el aspecto de un cachorro de león adormecido. Olía a piel mojada, a sudor dulce. No he sentido un impacto como aquel. Mi embarazo fue un rollo macabeo con grandes lamentaciones, cambios bruscos en la dirección del nordés de mi temperamento y una espera desesperada y desesperante al final, cumpliendo ya la dichosa semana 40. La marea de pequeño dolor con que amaneció aquel 1 de diciembre empezó a desordenarlo y cambiarlo todo, yo sabía que ocurriría algo importante, así que empecé a meter y sacar cosas en una canastilla preparada hacía cosa de un mes, como en ese juego de niñas de peinar y despeinar a una barbie sin descando, sin cejar al desquicie de la reiteración. Mi hija se apuró a nacer, como se apura ahora a escapar de la autoridad de pacotilla de su madre, o a derramar el agua del vaso, o a pillarte la pinza del pelo en un nanosegundo de giro descuidado de cabeza. Recuerdo con el dolor de lo que no volverá el momento en que la pusieron sobre mí, sobre la barriga desinflada como una bota sin vino. Sentí miedo de tocarla, como si de pronto me hubiese vuelo budista o algo así, y sentí cierto orgullo de mí. No hace mucho leí a Carmen Posadas escribiendo sobre la experiencia más común del mundo: la maternidad. La escritora hacía algo así como un reproche a esta costumbre en boga de convertir en excepcional algo tan natural y ordinario (no recuerdo sus palabras, solo la idea). Creo firmemente en Simone de Beauvoir, en que la vida es mucho más que una mesa camilla, me gusta indagar la parte en sombra de las cosas y el encanto de las ciudades lejanas, amo la lectura y la escritura, creo que sería incapaz de prescindir de ciertos libros, un cuaderno de notas y el placer de la conversación de mi gente y la que está por venir. Eso creo. Antes siento. Siento un amor Bambi por mi hija que me hace valiente y que pone todo lo demás en segundo plano. Quizá no sea profesional admitir que es lo más extraordinario de mi ordinaria vida de provinciana feliz.
Por lo que veo, Evita Perón se pasa a la animación en 3D. El equipo del filme aclara que se trata de una personalidad tan única y fuerte que difícilmente una actriz de carne y hueso podría interpretarla con éxito. No conozco mucho sobre Evita, pero ayer leí una cita suya que me dejó impactada. Es esta: "Creo en Dios y lo adoro. Creo en Perón y lo adoro. Dios me dio la vida un día, Perón me la da todos los días". Esta declaración de terrateniente del destino va incluida en un libro que vende por miles los ejemplares. Se titula Divas rebeldes y habla sobre las vidas de mujeres como la propia Evita, Maria Callas o Jackie Kennedy (son las que recuerdo ahora). El caso es que escogí ese libro para mi madre, que hoy está de cumpleaños. Precisamente esta noche, yo, a la salida del hervidero de noticias al sol, me iré de fiesta, pero no con mi madre, a la que no dudaría en pedir que se quedase a dormir con mi hija pero jamás se me ocurriría invitarla a un cóctel margarita... por poner un ejemplo. Creo que nunca se me ha ocurrido pensar en mi madre como un ser con derecho a ir de copas y divertirse, sino más bien como alguien con un fajo de obligaciones que cumplir. Ahora reparo un poco en estas cosas, levemente, será que empiezo a ver en mi hija la misma actitud arrogante y exigente con que yo solía (y aún a veces...) retar a mi madre. Según vi en un telediario, cuatro de cada cinco madres estadounidenses toman hoy a sus hijas como un modelo a seguir. Reconozco que Kitty me parece mona y que me río con el punto Pocoyó, y también que me encanta llevarme conmigo el olor a limones dulces de mi niña... pero un escalofrío estremece esta sensación solar. Se impone el síndrome de Peter Pan... o el de Benjamin Button.
Parece ser que han retirado un par de campañas de L'Oreal por los excesos con el Photoshop, esa piedra lunar de la belleza eterna, o más bien, crionizada. Se empieza por limar un poco la silueta y se acaba rebanando un brazo, que ya ha pasado con alguno de esos ángeles con sexo que desfilan en la pasarela del hombre plácidamente dormido. Estoy por decir que me trae sin cuidado que esas diosas con pelo en movimiento y piel de satén hayan salido así de una concha marina, en plan Nacimiento de Venus, o se curren su sex-appeal a base de ensaladas, cosmética y las tan afamadas TIC, una sigla con tirón, como Moccia. Pero si dijese eso mentiría, y yo no miento nunca... a menos que sea estrictamente necesario. Confieso que disfruto cuando los reporteros sin escrúpulos descubren a esos seres casi virtuales en momentos críticos: hurgándose en la nariz, quitándose un p'aluego de los dientes, luciendo celulitis, con ojos de batracio o bien embutidas en su faja. Mi contratodo (esto es, mi adorable esposo) dice: ¿Y a ti qué más te da que lleven faja? Hombre, igual-igual no es, las mujeres, algunas mujeres, disfrutamos averiguando trucos y secretos y, sobre todo encontrando puntos en común con las demás. De ahí nace precisamente el placer de la conversación copiosa en cualquier sitio, que hace desnudes tus miserias y grandezas con daiquiri en esa clase de diálogos de ping-pong entre dos amigas, o amigos (no los excluiré), que te llevan al ralentí por la avenida de la liberación. '¿Pero cómo se te ocurre airear nuestras cosas?', inquiere mi contratodo, ese noble varón. Sencillamente porque este viento del Norte lo despeja todo. Y porque, como decía Hölderlin, qué quieres, somos una conversación.
La pequeña leona tose en el cuarto de los dulces sueños mientme ofreció el teléfono. Me lo puse a la oreja y dije con voz de Heidi: Digaméeee, soy la mamá de la leoncita. Al otro lado oí una respiración silenciosa. Colgué. Me acordé sin saber de esas llamadas perdidas que uno no sabe cómo devolver sin azorarse. Qué importante puede ser una llamada, la espera de algunas es capaz de nublar el día entero. Son esas llamadas que uno vacila en cómo contestar. Dejé el teléfono al lado de La catedral de Carver y cogí la caja de Thrombocid. Al cabo de unos segundos sonó el teléfono. Era una amiga. Dijo "Acabas de llamarme, ¿no?", "ah, ¿eras tú?", respiré. "Me parto con vosotras", dijo. Creo que el Thrombocid le da un toque Mad Men a este salón. ¿Qué será de Don Draper? Habrá que hurgar en esa herida de ficción.
Por el norte donde todo se acaba amanecimos de nuevo bajo un cielo de plomo. Mi hija quiso que el día empezase hacia las 8.30, con maullidos alegres y trozos de tostada por el suelo. A veces amanece tan pronto que a las 12.00 ya es mediatarde. Hoy nos fuimos las dos al Youtube tras los pasos de Caillou y Juan Pequeño, y asomó de pronto el cuento del Patito feo. Con la historia del pato cisne me acordé del Pequod y la bitácora de mi amigo Ricardo (¿tendrán Andersen y Melville algo que ver?), y entonces también de Bukowski (a quien Ricardo citó en el primero de estos post). Yo conocí a Bukowski no sé si gracias a Ricardo, a Paula de Valencia o a una de esas viejas noches raídas y alcoholizadas que casi todos tenemos y querríamos olvidar. Tardé en congeniar con quien se jacta de ser el Chico Malo de la poesía. Creo que lo nuestro no prendió hasta que a Visor se le ocurrió lanzar el poemario ¡Adelante!, hará un par de años. En ese libro para seres indefensos, como Bukowski, el poeta dice algo interesante: Uno de los mayores problemas es que cuando la mayoría de la gente se sienta a escribir un poema, piensa: 'voy a escribir un poema' y entonces se ponen a escribir un poema que suena como un poema... Esto dice Bukowski, es de provecho seguir leyendo, pero en su libro, no en este post. Yo misma reconozco que todavía me siento a escribir poemas, con compostura de idiota, casi con turbante y tabaco de liar. Ceremonias. No estoy segura de que la sentencia bukowskiana sea una verdad irrefutable, él no soportaría la majestad. De lo que no tengo duda es de que el otro día me equivoqué al decir que toda mi vida he tenido la sensación, como Bukowski, de tener 56 años. Allá yo con mis 56, pero Bukowski se fijaba otra edad: 48. Es posible que vuelva a equivocarme, si es así, volveré a rectificar. Amo y detesto a Bukowski, con ese tesón femenino que se crece en la dificultad, ante las ballenas blancas. Los chicos malos solo nos gustan cuando somos jóvenes y no sabemos, o cuando escriben poemas sin miedo, o cuando empezamos a darnos cuenta de cómo tiemblan a solas.
Invertimos una parte considerable de nuestro tiempo tratando de convertirnos en otra persona (esa pelirroja de bote que sabe bien cómo llevar un bolso de asa corta y la crítica economía familiar, ese ser a la altura de un intercambio de impresiones sobre Hawthorne, esa chica liviana y divertida que sonríe con la delicadeza de su fular de gasa azul, como las it girls de la revista de moda...). Y nos pasamos el tiempo restante locos por encontrarnos, intentando distinguir y acentuar nuestra diferencia, eso que nos salva de la serie, y nos empuja a hablar, a decir tonterías. Y a escribir. Es cierto. Somos diferentes, pero a todos nos gusta que nos miren, que nos escuchen, que nos digan, que nos cuenten lo que queremos oír y a veces lo que no. Nos parecemos en tantas cosas que de pronto nos sorprendemos una vez más cuando asoma la diferencia. Retomando a Nuria Espert, que ha recibido el Premio Lázaro Carreter, vuelvo a 'La edad de la inocencia', el maravilloso libro de Edith Warton que fue llevado al cine por Scorsese, con el atractivo en la versión española de la voz acolchada de la Espert como narradora en off. Mi amiga Sandra aviva el fuego. En mí nunca se ha desvanecido esa pasión, acaso solo moderado su intensidad. Me refiero a mi devoción por Ellen Olenska, esa dama errante pintada en acuarela que Newland Archer creía diferente a todas las demás. Ellen Olenska era más discordante que Newland en el nido de acomodadas hienas en serie en el que fueron a coincidir. Ella sabía cómo era el mundo fuera de la pequeña maqueta burguesa, él no. Pero la diferencia más conmovedora del libro (y de la película) está en lo que hay (y no hay) entre ambos, Ellen y Newland. Esa expectativa de una gran historia de amor que no sabemos si sucederá es la que nos permite soportar el letargo de las cenas de la alta sociedad del momento, o de las descripciones que se crecen en los ribetes de un zapato, en los meandros de la conversación de la gente con clase, vaporosos detalles que no hacen más que acentuar la vacuidad de todo lo que rodea a dos que se encuentran y se quieren... pero no lo celebrarán. Esta es solo una manera rápida de decirlo. Una manera olenska de irme a la cama, con el recuerdo de unas rosas amarillas que no sé si llegué a recibir. Felicidades, Espert. Buenas noches, Wharton. Mañana será diferente. Quizá.
Tengo al menos un par de cafés pendientes con Freud. Suelo soñar mucho y recordarlo. Cuando me despierto, los dinosaurios nunca están ahí pero queda un olor extraño en el ambiente. Me diréis 'pues abre las ventanas y se pasará'. Sí, abro ventanas y casi siempre, ca-si-siem-pre, se va. Esta noche volví a verme con mi abuela al final de un sueño que creo que iba sobre cosas de trabajo. Mi abuela pinta algo en cualquier sitio de mi vida despierta o soñanda, sobre todo desde que se fue. Empieza a pasarme como a la gente mayor, aunque yo, como Bukowski, siempre me he sentido como si tuviese 56 años, tics de adolescencia aparte. Lo que me pasa es que recuerdo detalles finísimos de épocas remotas y casi nada en pretérito perfecto compuesto. Qué tiempo tan pijo, ¿no? Me veo más en la infancia que hace tres o cuatro años, o cinco, o seis... y recuerdo más a mi abuela al lado del columpio que cuando dejo el bastón a un lado para empezar a dormir durante las horas bonitas del día. Esta noche, ya al filo del alba, desperté recordando que acababa de pedirle a mi abuela que me dejase dormir en su cama. Ella siempre decía sí, aun a costa de desterrar a mi abuelo al cuarto de los muñecos huérfanos, empapelado de la infancia de mi madre. También dijo sí esta vez, pero cuando estaba por irme a su cama, un llanto fino de mi hija cambió los planes. Entonces pensé lo mucho que se parecen mi abuela y mi niña, sobre todo en uno de los trazos del dibujo de los ojos, que se quieren achinar y no, y en la barbilla. También en la sonrisa, que dice la verdad. Casi siempre con delicadeza. Este en realidad iba a ser un post para hablar de Nuria Espert y el premio a una vida de teatro, y esa voz de libro encuadernado en piel que tiene. Se la pone de cine a 'La edad de la inocencia'. Quizá una y otra cosa sean de fondo la misma historia, que siempre continúa...
Hay un verso de Emily Dickinson que dice: Mi pie está en la marea. Esa es la inestabilidad que siento que yo cuando mi hija viene corriendo hacia mí con las garras por delante. Cuando se irrita, generalmente a causa de la falta de sueño, es tal su excitación que tanto me puede dar un telefonazo en el labio y partírmelo como pegarme un muerdo de pantera en la nariz, arrancarme un pendiente o asfixiarme en un apasionado abrazo de cachorro feliz. Pese a su destreza para coger una a una las migas de pan, con sus dedos como pinzas de depilar, mi hija se comporta la mayoría de las veces como un animal, y no precisamente de compañía. Nada que ver con el plácido gatito ovillado a los pies de una butaca de cuadros con mantita a la sazón. Mi hija es una leoncita en cautividad. Ahora va a casi todas partes con un lince. Es un lince orejudo con peto azul que llegó con un brik de leche bajo el brazo, al que la niña llama papá. Pa Pá, dice en dos golpes húmedos de voz con la boca complicada en una sonrisa de melón. A veces se le cae la baba. Ese lince no es uno más. Es el rey de la selva de un hogar en el que habitan varias especies comunes y otras en peligro de extinción. Como el lince Papá, mismamente. El hábitat en que vive esta familia sin arca de Noé, pero con palacio gore-tex de campaña en el salón (allí se refugia nuestra fauna al acecho del ocaso), es cálido y alegre, como un oasis tropical en la ciudad con capota. Hay hogares sometidos a la dictadura del orden y el silencio, como si estuviesen ahí no para estar, sino solo por estar, solo para ser vistos por terceras personas. Mi hogar dice de mí, de mi gusto por el detalle y mi temperamento caótico, ahora multiplicado por veinte o treinta fieras de peluche. Puede que no sea perfecto. Pero es el único lugar donde siento que he llegado. Y mi pie encuentra su horma en la vieja zapatilla. Es un descubrimiento todos los días.
Soy esa clase de mujer que dice pasar de largo de los signos del zodiaco... pero les echa un vistazo siempre que se tercia la ocasión. Así, como quien no quiere la cosa, como probando a mirar y no mirar con un ojo tras el cojín. Ocurrió esta misma mañana. En una de esas revistas rosa neón con las que me gusta frivolizar el rato, ese que estoy en la cocina esperando que acaben de cocer las verduras para el puré de mi niña, posaba fiero el león. Soy una leo algo avergonzada de su arrogancia astral. No hay nada que hacer, mi ombligo es grande por naturaleza, aunque es cierto que con el tiempo se ha escondido hacia dentro para sobrevivir en el mundo al revés de Sartre y Beauvior, en que el infierno no son los otros, sino nosotros. Mi horóscopo me ve esta semana en plan pantera en el amor (dice: te has atrevido a echarle la garra a todo un Capricornio... ¡qué aterradora concreción!) y algo floja de dinero. Esto último se cuida de advertirlo con delicadeza, lo cual siempre es de agradecer. Reparé en una curiosidad. Esa noche había despertado acuciada precisamente por problemas económicos. Soñé que me metía en un bazar de complementos caros y dependientas rapaces en el que me gastaba la astronómica cifra de 200 euros. Qué queréis. La crisis es la crisis. A cambio de pelar mi bolsillo me llevaba una pulsera de cuero roja con una piedra alargada, enorme y fea en el centro, un bolso de muñeca antigua y no recuerdo qué más. Ninguna de las tres cosas me gustaba, pero me parece que una de las dependientas (sería la jefa) insistía: "Mujer, llevátelo, te lo pondrás con todo". Desperté con un tintineo de monedas finas. Mi hija decidió estrenar temprano un día de sol. Desayunamos, llenamos el cestón con pañales para el agua, crema +50, toallitas húmedas, cubito y pala, dos toallas, un neceser con peine y algunas monedas... y un libro de Amélie Nothomb que llegó allí por despiste. Con el cargamento colgando de un brazo, bajamos a la playa. Una leo de melena encrespada y una pequeña ¿offiuco? (pero qué demonios es esto...) que iba corriendo con el dedo de Colón apuntando hacia el mar: A-guá. A-guá. Allí, cerca del mar, disfrutamos del sabor de la arena, sí, quise decir sabor, y llenamos una y otra vez el mismo cubo de agua para mojarnos algo más que los pies. Jugamos a la pilla con dos niños de cinco y tres años con ganas de guerra limpia, y después al veo-veo en la modalidad colores, y al piedra, papel y tijera. A contar cuentarios (8)
Voy a empezar. No soy una mujer de principios, tampoco de finales. Me van más los desarrollos, las descripciones minuciosas de lugares, personajes y circunstancias que se quedan como el agua en el estanque. Llevo un tiempo pensando en que en vez de pensar tanto para nada debería hacer algo, como, por ejemplo, escribir. Escribir como terapia. Tomo la idea de otro. El otro día, era lunes, entrevisté a Emma Pedreira, poeta coruñesa, ganadora del Premio Novacaixagalicia por "Antítese da ruína". Al hacerle la pregunta menos original del mundo (¿por que escribes?) ella dijo que la escritura era una terapia, y el poema, "unha ferida que se fai para liberar un dano". Me gustó tanto esa explicación, que ella fue matizando en una conversación de una hora, que la escogí como título. Aún estoy empezando a leer la poesía de Emma, que habla de una niña sin infancia que solo trata de mirar cara a cara a todos los fantasmas de la casa familiar. Es una actitud valiente y, como diría Martí, por el puño echa flor. Creo que hay muchos presuntos poemas que no tienen meollo de poesía, van por ahí con su look de snob con causa soltando palabras difíciles sin ninguna importancia, pero también hay poesía donde no se la espera, y no me refiero al cubo de la basura o el submundo que respira con branquias en el patio de atrás de las bonitas ciudades de provincias. Me refiero a lo cotidiano, a lo común, al aspecto de este albaricoque o de esta zapatilla de bebé que ha quedado a punto de caer de mi sofá. Mi hija lleva al menos tres largos días diciendo ma-má, ma-má, ma-má. Lo dice una y otra vez, con la voz redonda y embarazada. No sé si eso tiene que ver con la poesía, pero sí con lo que soy.