Reinas y cuentos
Me encanta la Navidad. A la americana. Con su derroche de lucecitas, papanoeles con renos por doquier, su extra de dulces y sus besos de año nuevo bajo el dintel de una puerta que se abre. Claro que también adoro que la fiesta se acabe... quitarme los palitos que me permiten mantener los ojos abiertos y empezar de nuevo esa rutina que sobrelleva la semana a base de horarios, meigas fritas, macarrones con carne, leche con galletas y breves lecturas antes de dormir. Con la Navidad me ocurre como con aquellos (viejos) viajes con amigos. Eran tan estupendos que parte de su encanto residía en llegar a casa para recordar los mejores momentos bien encogida dentro del arrullo de la manta, en el sofá del salón. Je t'aime... moi non plus, dice Gainsbourg. El placer, qué paradoja. El salón es la estancia favorita de mi hija. Su grito que abre el día cada mañana es un Saloooooon, pronunciado de este modo, un poco a la americana, como una Scarlett Johansson cantando a Tom Waits. Esta noche, al acostarla, le he contado varios de los cuentos que le han traído los Reyes. Al hilo de un relato se me ocurrió preguntarle: ¿Sabes dónde te llevaba mamá antes de nacer, cuando eras pequeñita como una rana? Ella se quitó el chupete de cuajo y dijo con los ojos chispeantes: ¿Al saloooooon? No sé de qué me extraño, cuando toda yo arrastro a esta estancia día a día mis zapatillas de oso, mi pelo en greñas, el sabor de algún sueño o el desconcierto de no saber qué hacer si... También me traigo aquí mis libros, los últimos que se han venido conmigo de regalo. Estoy rodeada de mujeres apasionantes. Me congelo con Mary Cholmondeley (dice "la falsa alegría del verano la rodeaba"), me intereso por Siri Hustvedt y su verano sin hombres, me río y me estremezco con Diane Keaton en sus memorias, que se quitan el sombrero ante una madre, y lloro con Marilyn, tocando suavemente la foto de portada de My Story, como si con ello pudiese reparar el daño que le hicieron o darle consuelo. Jacqueline Kennedy se mantiene gélida en su casa blanca de muñecas de ojos fijos, fuerte en la frivolidad convertida en way of life. No soportaba que hablasen de su peinado, pero sabía que su deber era ocuparse de que no se le moviese un solo pelo. Ahora un libro de conversaciones saca a la luz parte de su vida con JFK. Dice lo esperado, del modo esperado. Hay que saber saborear a los cínicos, sobre todo cuando ya no recuerdan la verdad. Jackie Kennedy no tiene nada que ver con el palpitante ser de la Monroe, con su dolor salvaje y la agresiva belleza de sus formas de mujer. Pero ambas, Jackie y Marilyn, tuvieron una madre atípica y un padre a modo de ídolo de pega. Ambas decían sentirse solas. Ambas sufrían insomnio. Me pregunto si, a fin de cuentas, sería por la misma razón. Felices sueños, reinas sin cuento. Érase una vez una niña que dormía junto al fuego en un salón.